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¡Ay, Néstor!

Por Osvaldo Bazán – (Critica)

perlongher

El poeta, sociólogo y antropólogo de Avellaneda, uno de los mayores poetas del país, Néstor Perlongher, a los siete años escribió un poema sobre la provincia de Buenos Aires, pero, en la adolescencia, los compañeros del Comercial de Avellaneda lo miraban con desconfianza: cualquier adolescente argentino sabe que la poesía es cosa de maricones. Y más vale que lo aprenda.

Néstor entró a comienzos de los 70 en el Frente de Liberación Homosexual, a través del grupo Eros.

En 1972, Néstor pretendió que la fracción Política Obrera, en la Facultad de Derecho, donde estudiaba, reconociera su condición de homosexual. Para protestar porque no lo hicieron, presentó su renuncia y se fue a la esquina de Corrientes y Callao “vestido de blanco y con capelina”, según contó María Moreno en Página/12. Mucho más tarde diría: “Hablar de homosexualidad en la Argentina no es sólo hablar de goce sino también de terror. Esos secuestros, torturas, robos, prisiones, escarnios, bochornos, que los sujetos tenidos por ‘homosexuales’ padecen tradicionalmente en la Argentina –donde agredir putos es un deporte popular– anteceden y tal vez ayuden a explicar el genocidio de la dictadura. Dice Carlos Franqui que en la Cuba castrista la lucha no era de revolucionarios versus contrarrevolucionar ios, eran machos contra maricones. Acá los machos no han precisado de una revolución para matar putos. Y hay que decirlo: muchos de esos normales, con sus modales bien educados, blanduzcos, genuflexos, han sido cómplices de esa pesadilla cotidiana, con sus prejuicios, su hipocresía, su recusa a hablar del tema. Recordemos lo que Evita le dice a Paco Jamandreu (quien lo cuenta en sus memorias) cuando éste le pide ayuda desde una comisaría: ‘Jódase por puto’”. (Néstor Perlongher, ‘El sexo de las locas’ conferencia dictada en el Centro de Estudios y Asistencia Sexual –CEAS–, publicada en Cerdos y Peces del número 28 de la revista El Porteño, mayo de 1984).

Las posiciones de la izquierda peronista fueron interesando cada vez más a gran parte de los integrantes del Frente, que vislumbraron, con Néstor a la cabeza, que una unión entre ese peronismo y el Frente era deseable y posible.

Por eso el Frente estuvo presente en dos momentos fundacionales del peronismo de los 70: la asunción de Cámpora el 25 de mayo de 1973, con un enorme cartel que tenía impresa la frase sacada de la marcha peronista: “Para que reine en el pueblo el amor y la igualdad–Libertad a los presos políticos. FLH”; y la llegada de Perón el 20 de junio de ese año, donde repartieron volantes con el texto: “Para los que resisten la evidencia de un proceso o calumnian lo que no comprenden o prefieren callar… son los que no recorren sino caminos conocidos; los inventores de la palabra prudencia; los que nunca quieren comprometerse, los cobardes, que nunca se juegan por una causa ni por nadie; los que no aman porque para ellos el amor es una exageración y una ridiculez. María Eva Duarte de Perón. ¡Queremos vivir y amar libremente en un país liberado! FLH en Acción. Grupo Eros”.

En ninguna de las dos oportunidades los jóvenes del FLH consiguieron integrarse verdaderamente con las columnas. Hasta hablaban en broma sobre el “vacío de poder”, ya que a izquierda y derecha, adelante y atrás de los carteles del FLH, se abría un espacio de unos cuántos metros. Los heterosexuales militantes no querían compartir ni la calle. Tenían miedo de que alguno se confundiese. O entusiasmarse.

Una fría mañana de julio del 73, las paredes de algunos barrios porteños aparecieron gritando odio: “Contra el ERP, los homosexuales y los drogadictos”, amenazaban las pintadas.

Al mismo tiempo, el teniente coronel Jorge Osinde, uno de los responsables de la matanza de Ezeiza del 20 de junio de 1973, tomándose del mínimo espacio que la Juventud Peronista había dado al Frente en sus dos apariciones públicas, calificó a los miembros de la JP y a Montoneros como “homosexuales y drogadictos”.

La gloriosa JP decidió entonces que no iban a ofrecer un flanco por un tema que no sólo no les importaba en lo más mínimo, sino que era un punto en común con sus enemigos de la ortodoxia peronista: ellos también podían ser mataputos. En un tiempo en que todo se resumía en consignas, crearon una que cortaría para siempre la posibilidad del entendimiento con el FLH: “No somos putos/no somos faloperos/ somos soldados de Evita y Montoneros” (hay otra versión: “No somos putos/no somos faloperos/ somos FAL, FAR y Montoneros”).

La derecha redobló la apuesta. En febrero del 75, la revista El Caudillo publicó una nota con el sugestivo título “Acabar con los homosexuales”, donde se leía: “Proponemos que se los interne en campos de reducción y trabajo, para que de esa manera cumplan con dos objetivos: estar lejos de la ciudad y compensarle a la Nación trabajando por la pérdida de un hombre útil. Hay que acabar con los homosexuales. Tenemos que crear brigadas callejeras que salgan a recorrer los barrios de las ciudades, que den caza a esos sujetos vestidos como mujeres, hablando como mujeres. Cortarles el pelo en la calle o raparlos y dejarlos atados a los árboles con leyendas explicatorias y didácticas”. Algunos hicieron chistes con el título de la nota, pero el miedo se instaló sin bromas.

Como señalan Rapisardi y Modarelli en su imprescindible libro Fiestas, baños y exilios, la Juventud Sindical Peronista (peronismo ortodoxo) de Prensa, Radio y Televisión denunció “una campaña de la sinarquía internacional contra la Argentina” y, entre los organizadores, nombraban al “homosexual físico e intelectual Julio Cortázar”.

El fin estaba próximo.

Federico, un chico del FLH del que nunca nadie supo su apellido pero que todos recuerdan como un pibe de barrio, casi un adolescente marginal y bravío, ducho en gritarle a la policía en las marchas, apareció muerto en el Río de la Plata.

Los militantes del frente ya no se contaban por centenas como en el 74. Cuando la policía interrumpió una reunión donde estaban planeando una respuesta a uno de esos habituales ataques del Papa de turno contra la dignidad humana y se llevó a una decena de muchachos, el fin estaba próximo. En los primeros meses de la dictadura, hubo unas últimas reuniones. Sólo quedaba huir o morir. O desaparecer.

El PRO –del que no se podía esperar nada hasta el momento– más los radicales y, especialmente, el mayoritario bloque oficialista K, no dieron quórum para empezar a debatir una ley que pone a los homosexuales en un nivel de igualdad con los heterosexuales. Ni piensan en una ley por el derecho a la identidad de género y la derogación de los códigos de Faltas y Contravencional represivos. A pesar de que individualmente algunos de sus integrantes –en especial, del mundo académico– se expresaron a favor, Carta Abierta, como entidad progresista, compuesta por muchos de los que hacían aquel “vacío de poder” en las marchas setentistas, volvió a correrse y a dejar solos a los militantes por la diversidad sexual. Siguen teniendo miedo de contagiarse. No aprendieron nada. Es grave, aunque, generacionalmente, más grave aún es que los jóvenes intelectuales, poetas y artistas afines al Gobierno, siempre prestos a firmar cartas funcionales al proyecto, se desentendieran de esta cuestión. Parece que si no es funcional al gobierno progresista, no es funcional a su proyectito de garroneo de viajes, charlas auspiciadas por alguna dependencia estatal o a la simple sensación de sentirse progre y pertenecer al mundo intelectual vernáculo –pertenecer tiene sus privilegios–. No exigen la igualdad de los grupos humillados por la Iglesia, la ciencia y el Estado; se limitan a aplaudir para conseguir los sabrosos choripanes del reconocimiento intelectual.

Paquito Jamandreu sigue solo en su celda.

El Papa recibió a Cristina Kirchner el próximo 28 de noviembre.

La carta está en orden.

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