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Vuelta a clase: Asistencia (heterosexual) obligatoria

Por valeria flores* – (SOY)

Asistencia (heterosexual) obligatoria

De cuántas maneras, sutiles o bestiales, desde los primeros días de clase se va educando a niños y niñas en un modelo único y estricto que si no se repite al pie de la letra recibe su castigo. En nombre de salvaguardar la inocencia, no se habla de muchas cosas, mientras crece como una bola de nieve el pánico hacia las sexualidades “que no encajan”.

Comenzaron las clases. Las librerías exhiben su parafernalia escolar. Es habitual escuchar la pregunta detrás del mostrador ante la solicitud de un cuaderno: ¿es para una nena o un varón?, porque de eso dependerá el color de las tapas, que irá desde el rosado como excluyente para las niñas, pasando por el rojo o amarillo, hasta el azul para los niños. Para ellas, lapiceras con brillitos y las carpetas de tapas estampadas con motivos de barbies, kittys y alguna rubia encaramada como la estrella del momento; para ellos, con dibujos de automovilismo, un equipo de fútbol o el superhéroe de la actualidad.

Las prescripciones del género se escriben prolija y compulsivamente en los renglones trazados sobre la infancia, ese lugar simbólico y material superpoblado de mitos y tutelajes, de los cuales la “inocencia” continúa siendo un poderoso artefacto de heterosexualización de las subjetividades. Las maestras y maestros, días previos al inicio, entre negociaciones salariales por montos irrisorios y edificios que claman una terapéutica urgente, disponen sus aulas para recibir a las “dulces palomitas”, denominación heredada del discurso de la modernidad que, mutación neoliberal mediante, algunas han sido convertidas en pequeños buitres que habría que encerrar en cotos de caza habilitados por leyes que bajan la edad de imputabilidad alentadas por las narrativas neofascistas. Las pretensiones de criminalización de la infancia, especialmente pobre, conviven con el discurso de la salvaguarda de la inocencia que delimita toda acción educativa pública-estatal en torno de la sexualidad de niñas y niños. Ambas políticas de corte conservador alientan el pánico sexual hacia las sexualidades no heteronormativas.

Volviendo a las aulas, niñas y niños se encontrarán con imágenes en afiches y láminas de escolares alegres, con formas redondeadas y colores tenues. La estética de las carteleras, cuadros y ornamentación trasmite sus mensajes de género y sexuales. Las niñas jamás aparecerán mostrando iniciativa o fuerza y a los niños no se los encontrará en posturas pasivas o cariñosas hacia sus compañeros. Representaciones sexistas y heterosexistas inundan el espacio escolar y van conformando las normas del género y la sexualidad dentro de un estrecho y opresivo margen de actuación.

Ciento ochenta días al año, cientos de cuerpos vivirán la imposición de la experiencia de ser divididos en dos filas según el sexo, una entre múltiples vivencias de la poderosa máquina de inscripción de la mitología heterocentrada.

Historizando la invención de la homosexualidad, 1869 marca el momento en que el lenguaje médicojurídico centroeuropeo define por primera vez la oposición entre heterosexualidad y homosexualidad como una lucha moral y orgánica entre la normalidad y la patología. En ese mismo año pero en la Argentina, comienza a funcionar la primera escuela nacional de maestros del país en Paraná, creada a iniciativa de Sarmiento, que sedimentará la cultura pedagógica normalista en la que el positivismo ejerció un papel vertebrador. La pedagogización del cuerpo infantil y la prevención de la homosexualidad estrecharán lazos para nombrar, clasificar, imaginar, transformar al niño/a en objeto de un proceso de sujeción al régimen heterosexual.

En las instituciones educativas, así como en otros espacios disciplinarios, se impone una jerarquía de corrección identitaria. Se estimula el logro del género “correcto” (normativo) para garantizar la dirección adecuada del deseo. No sólo la escuela participa activamente de esta tarea, también le podemos sumar las telenovelas, los stands de las jugueterías, los videojuegos, las películas, las revistas infantiles, los espectáculos teatrales, entre muchas otras de esas pedagogías cotidianas de la heterosexualidad que conforman las subjetividades infantiles. De esta manera, en los cuerpos de la infancia se libran silenciosas batallas de normalización genérica para la producción del deseo heterosexual.

El corte de pelo es un significativo marcador de género, así como cualquier tipo de pilosidad. ¿Cuántas niñas en la escuela primaria o EGB llevan el pelo corto? ¿Qué inflación de temores despierta en la adultez una niña que ose llevar el cabello corto? ¿Podría “confundirse” con un varón? ¿Qué placeres se inhiben con la fiscalización de la burla? ¿Qué ventajas y privilegios le significarían esta “confusión” que declama su estilo corporal? ¿Qué sanciones potenciales arrinconarían su temerario desplazamiento del género normativo?

En las escuelas, el comportamiento desviado de los patrones de la masculinidad y la feminidad normativas siempre se presenta en términos de “exceso”, “deficiencia”, “desequilibrio”.

El teórico queer Michael Warner afirma que la heterosexualidad es una sexualidad privilegiada porque pasa desapercibida como lenguaje básico sobre aspectos sociales y personales. Se aprende cuando la maestra no interviene ante el insulto homofóbico, cuando el papá declara con orgullo que su pequeño hijo le silba a las chicas, cuando las niñas ríen a carcajadas y son reprendidas por falta de delicadeza, cuando la pregunta de la persona adulta interroga si el niño tiene novia como única posibilidad, cuando en las telenovelas las historias de amor son recurrentemente hasta el hartazgo entre un varón y una mujer, cuando se festeja a la embarazada y se acosa sistemática y burlonamente a la joven que no tiene novio, cuando el médico sentencia en la revisación médica que el niño de 12 años tiene el pito corto para su edad, cuando un copioso silencio ocupa el lugar de una identidad como lesbiana. Estas situaciones muestran cómo la heteronormatividad es una sensación de corrección, tácita e invisible, que se crea con manifestaciones contradictorias —a menudo inconscientes—, pero inmanentes en las prácticas y en las instituciones.

*Maestra activista lesbiana feminista queer Neuquén

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