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Ricky Martin salió del closet, pero ¿esta solo ahí afuera?

Por Mariana Enriquez – (SOY)

Ricky Martin salió del closet

A fines del año pasado, el actor inglés Rupert Everett le dio una entrevista a The Guardian que debió haber causado más revuelo. El periodista se preguntaba, promediando la nota, por qué Everett –hermoso, amigo de celebridades, inteligente, carismático, bastante más talentoso que muchos actorzuelos de Hollywood– no era famosísimo, por qué no era una estrella. Y decía que esa falta de brillo era “un misterio”. Afirmación ante la que Everett reaccionó con fuerza y seguridad: “Dije que era gay desde el principio. Por eso no soy una estrella. No se puede tener 25 años en Hollywood, ser gay y triunfar; en Hollywood o en la industria del cine británico o en la del cine italiano. Sencillamente no funciona”. Y agregaba, sin miedo a las acusaciones: “Yo les recomiendo a los actores jóvenes que están en el closet que se queden ahí, si les interesa su carrera. Es probable que yo sea más feliz y vagamente libre que ellos; pero si quieren fama y dinero, no les conviene salir”.

La sinceridad de Everett merecía más repercusiones porque estaba diciendo la verdad. La industria del entretenimiento es gay-friendly, estado que está mucho más alejado de lo que parece de la apertura real a la diversidad. Es decir: Lady Gaga, Madonna, Britney, Beyoncé, Justin, todos tienen una base de fans gays importantísima, pero ninguno de ellos es gay o lesbiana o bisexual siquiera. O no lo dicen. Y si lo hubieran dicho en su momento, al comienzo de sus carreras, probablemente no hubieran tenido una carrera. Se trata de una simple observación: no hay ninguna superestrella abiertamente gay o lesbiana. Mejor dicho: no hay ninguna superestrella que haya comenzado su carrera diciendo que es abiertamente gay o lesbiana. Elton John, Jodie Foster, George Michael, Michael Stipe, Ellen DeGeneres, Rosie O’Donnell y algunos (muy pocos) otros estuvieron en el closet hasta que no pudieron más. Y salieron cuando ya eran artistas famosos. Entonces fueron aplaudidos y “apoyados” por una industria que no les habría permitido ser tan grandes si hubieran dicho la verdad desde el principio. Desde que se mostró con su novia Samantha Ronson, la ex estrella infanto-adolescente Lindsay Lohan no tiene demasiado trabajo (o quedó relegada a películas independientes donde, claro, se puede ser gay y relativamente famoso: después de todo, se trata de un circuito alternativo). Adam Lambert, el cantante que salió segundo en la competencia de American Idol del año pasado, encuentra que gran parte de sus presentaciones en la televisión de Estados Unidos se cancelan, la mayoría de las veces porque su show “no es apropiado para el horario diurno”. Su show es bastante camp, pero ese no es el problema. Era igual de camp cuando todavía estaba en American Idol… sólo que entonces no había dicho que era gay. Es un límite difuso, pero determinante, que probablemente deje a Lambert del lado de Broadway, el refugio gay por excelencia.

El cine, mientras tanto, florece de personajes gays, lésbicos y transexuales interpretados por heterosexuales (¿o estarán en el closet?): Heath Ledger y Jake Gyllenhaal en Brokeback Mountain, Sean Penn en Milk (con Oscar), Angelina Jolie (que jugó con su sexualidad hasta que encarnó en supermadre y esposa de Brad) en Gia, Felicity Huffman (de Amas de casa desesperadas) en Transamerica, Kristen Stewart y Dakota Fanning en la reciente The Runaways. La gran estrella masculina, George Clooney, es de una sexualidad especialmente ambigua, y el celo con el que resguarda su sexualidad recuerda el cuidado que tenían los estudios con sus estrellas gays en los años ’40 y ’50. Los actores gays y lesbianas (muy pocos: basta un simple ejercicio de memoria) siguen teniendo papeles secundarios y, como si no hubiera pasado el tiempo, con frecuencia siguen siendo el chiste o el chistoso, el comediante -–papeles que suelen ser muy serios, pero que rara vez son tomados en serio–. No existió, ni existe todavía, alguien que haya empezado su carrera fuera del closet y se haya convertido en una megaestrella.

Y en este contexto, que la estrella latina más famosa internacionalmente salga del closet es importante y es sintomático. Importante por lo obvio: Ricky Martin se hizo famoso en una cultura homofóbica y machista (con matices, según los países, como sea, pero América latina es profundamente reactiva a la diversidad sexual) y hay que tener coraje para enfrentar lo que se viene, que será una carrera distinta. Sintomático porque Ricky Martin sale del closet cuando ya casi no le quedaba espacio para quedarse adentro (sobre todo después de tener a sus hijos), y porque lo hace cuando su pico de fama ya pasó, cuando es tremendamente millonario y todavía espectacularmente lindo y sexy y atractivo. Mientras tanto, sus colegas lo saludan por Twitter como si estuviera enfermo y necesitara apoyo, como si acabara de empezar una quimioterapia: le mandaron afecto, besos y respeto. Residente Pérez de Calle 13, Juanes, Eva Longoria, Shakira, Thalía, Miguel Bosé, Daddy Yankee, Alejandro Sanz… una lista que resume al superestrellato musical latino y que revela la absoluta soledad de Ricky Martin porque ninguno de los que lo congratulan es gay o, de serlo, ninguno está dispuesto a hacerlo público. Una soledad que engrandece su decisión y ayuda a ponerla en perspectiva para quienes se burlan de él porque “ya era obvio”. Es obvio en muchos, pero casi ninguno lo dice, y no es –solamente– porque quieran cuidar su privacidad.

¿Se verá afectada su carrera? Probablemente no. Ahora ya no. Pero si lo hubiera hecho a mediados de los ’90, cuando hacía esos videos apasionados con bellas mujeres, tal vez nunca habría llegado a “Livin’ la vida loca”. Para “Livin’ la vida loca” tenía que ser el objeto erótico latino que cachondeaba a las chicas. Porque a pesar de que la industria del entretenimiento se alimenta del talento, la sangre y la estética gay, todavía necesita del silencio para alimentar las fantasías de un público que también está protegido y atrapado en el closet que le diseña esa industria.

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