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Ellos y nosotros

Por Damián Schwarzstein – (Rosario3)

Ahora que la ley de casamiento gay está cerca de convertirse en realidad, que se empiezan a reconocer los derechos de las minorías sexuales, que se borran diferencias históricas que jamás deberían haber existido, y transitan su camino hacia el archivo o al menos hacia la marginalidad estigmatizaciones que sirvieron para justificar décadas de segregación, descalificaciones y persecuciones, cierta progresía –o mejor dicho, pretendida progresía– busca adaptarse al signo de los tiempos con nuevo discurso: ellos merecen lo mismo que nosotros.

Pero ese discurso encierra una trampa: hay un ellos y un nosotros. Y, en esa dualidad, vuelve a aparecer la discriminación, aunque se proclame todo lo contrario.

Es que “el nosotros” siempre queda asociado a la “normalidad”. “Ellos” ya no son “enfermos”, como tiempo atrás, y hasta pueden ser “buenos trabajadores”, como dijo el titular de la CGT, Hugo Moyano. Pero no son “nosotros”, son distintos. Son menos. Y este es un mundo donde mandan las mayorías, aunque ahora –todavía no, falta el aval del Senado– las minorías pueden casarse y hasta adoptar.

El título de la columna de Luis Majul en La Nación ejemplifica a la perfección esta situación: “Los heterosexuales no somos mejores que los homosexuales”.

¿Por qué no tituló “Los heterosexuales no son mejores que los homosexuales?” Cualquier alumno de periodismo entiende que eso es lo que corresponde en un oficio donde la primera persona debería ser usada sólo excepcionalmente, ya que no se escribe justamente sobre uno.

¿Teme el periodista que los lectores del diario que fundó Mitre crean que es homosexual porque defiende el derecho de gays y lesbianas a casarse?

El escritor y periodista Osvaldo Bazán, autor del esclarecedor libro Historia de la homosexualidad en la Argentina, lo ha repetido hasta el cansancio: la homosexualidad no es nada. Como no es nada la heterosexualidad.

Es decir, para que definitivamente queden en el pasado las estigmatizaciones, la segregación, las diferenciaciones, debería llegar el día en que nadie tenga que explicar que es homosexual, heterosexual, bisexual o lo que sea. Que ni Majul les haga saber a los lectores de La Nación que no es gay, ni que quienes durante décadas sintieron la asfixia y la opresión necesiten gritar a los cuatro vientos “soy lo que soy”, en marchas del orgullo que se convierten en verdadera ceremonias de liberación.

Porque entonces, realmente, todos seríamos iguales, y no sólo ante la ley. La ley es un paso, uno más, en un largo proceso. En el discurso, en la cultura, en la conciencia colectiva, todavía hay mucho por caminar.

Mientras tanto, más digno que el que aclara que no es gay aunque respalde sus derechos, es aquel que sale a decir con todas las letras: “Soy puto”.

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