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Cura a favor del matrimonio gay dio misa

Cordoba – (Pagina 12)

Desafiando la prohibición del arzobispo cordobés, Nicolás Alessio dio misa en la calle anoche y la dará hoy otra vez. En pocas semanas piensa dejar la Iglesia que lo reprime.

La parroquia San Cayetano iba a quedar chica. Por eso, desde temprano, la misa concelebrada con representantes del Grupo Curas Casados de la provincia fue organizada sobre la calle Río Paraná. Como le había adelantado a Página/12, el párroco Nicolás Alessio no sólo no pidió perdón ni se retractó de su adhesión militante a la campaña a favor del matrimonio igualitario, sino que ratificó sus dichos y dio la misa. Se la había prohibido el arzobispo de Córdoba, Carlos José Ñañez, como sanción.

Anoche, con “Honrar la vida” en la voz de Mercedes Sosa como fondo, el cura Alessio, vestido de “particular”, con gorro de lana y poncho rojo con vivos negros, dijo que con la sanción de la nueva ley que posibilita el matrimonio entre personas del mismo sexo “hay una patria distinta, inclusiva, diversa y plural”. A la tarde, Alessio había bautizado a un niño –desafiando otra prohibición– y hoy volverá a reunirse con sus fieles, en otra de sus habituales misas del fin de semana. Sabe que lo que está haciendo “va a tener un costo grande y como yo no quiero llevar a mi comunidad a un conflicto sangriento, lo más probable es que me vaya (de la Iglesia) el 7 de agosto”, día del santo patrono del trabajo, que le da nombre a la parroquia.

Con un frío que rozaba los límites del bajo cero, unos quinientos fieles seguidores del cura Alessio lo apoyaron y vivaron durante la misa, que tuvo el tono de una fiesta en la que no faltaron las ironías. Alessio, que dijo ser “amigo personal” de Ñañez, leyó en forma textual el comunicado de la Curia que le prohibió dar misa y hacer casamientos. Puso énfasis, sobre todo, en el párrafo en el cual se sostiene que la sanción contra él obedece a que “últimamente efectuó y continúa efectuando declaraciones públicas en diversos medios de comunicación, a favor del presunto matrimonio entre personas del mismo sexo”.

En la misa, Alessio insistió en que no habría de “enmendarse ni rectificarse” como le exigía su obispo. El que debía rectificarse, opinó, era el propio Ñañez, dado que “lo que él llama presunto matrimonio, ya no es presunto, es matrimonio. Ya son matrimonio, no hay nada que sea presunto”. Sus palabras fueron seguidas por aplausos –y algunas risas–, de parte de una concurrencia heterogénea, que agrupaba a feligreses habituales de todas las edades, a militantes de organizaciones sociales, partidos políticos y a la Multisectorial que agrupa a gays y lesbianas de Córdoba, a representantes de organizaciones feministas.

Algunos de los presentes admitieron que no estaban de acuerdo con la posición del cura Alessio respecto del matrimonio gay. Pero, como explicó Juana, de 24 años, “estamos aquí porque es nuestro padre espiritual, nuestro amigo, nuestro compañero y una persona a la que todos apreciamos, a pesar de las diferencias y desde las diferencias”. Juana reconoció que no suele ir a la iglesia, aunque a veces se mezcla con los religiosos que acompañan a Alessio “porque tienen algo, un ángel, que hace bien”.

La misa se escuchó por un poderoso equipo de sonido instalado sobre la vereda de la parroquia San Cayetano en el barrio Altamira, cercano al popular barrio San Vicente, de la ciudad de Córdoba. “Vamos por la libertad”, cantaba Teresa Parodi. Las letras de las canciones parecían tener el carácter de editoriales que acompañaron a los distintos oradores. “Banderas de libertad, volvemos a soñar”, repetía el estribillo de otra de Víctor Heredia. Y otra vez Teresa Parodi: “Canta compañero, no te quedes sin el fuego”. En varios momentos, jóvenes y viejos se movieron al compás de la música, que se unió sin complejos al rezo tradicional.

Sobre una de las paredes exteriores del templo, un cartel improvisado a mano, decía: “Ay, Dios nuestro, perdónales. No saben lo que hacen”. Sobre la cabeza de los oradores, en lo alto de la capilla, un mensaje decía: “Celebramos al Jesús liberador”. Uno de los primeros en hablar fue Adrián (así se presentó), del grupo Curas Casados. Adrián, que ya no forma parte de la Iglesia Católica, dice que ellos, junto con el Grupo de Sacerdotes Angelelli, al que pertenece Alessio, están transitando “por el camino del pueblo colectivo, plural”, al que definió como “un camino donde no cobran peaje”. Terminó su intervención con dos consignas: “No nos van a quitar el sueño” y “Arriba la pluralidad”.

Néstor, otro “cura casado”, recordó que hace quince años tuvo que dejar los hábitos por haberse enamorado de una mujer. “No nos permitieron seguir ejerciendo nuestro ministerio, aunque nosotros seguíamos teniendo intacta nuestra fe en Dios y nuestra convicción de religiosos.” Néstor habló sobre la persecución que sufrieron los que rompieron con el celibato: “No nos dejaron vivir en nuestro lugar, que era la iglesia. Los que habían sido nuestros compañeros, se apartaban de nosotros”.

Después habló Pepe Ferrari, otro cura casado que hoy vive en Santa Fe con su mujer y sus hijos. “Yo tomé esta decisión hace más de dos décadas y ahora he vuelto a dar una misa, porque Nicolás (por Alessio) me invitó a participar.” La misa se hizo bajo la invocación de San Cayetano, el santo patrono, y del obispo Enrique Angelelli, de quien se leyó un texto en el cual fundamentaba su decisión de adherir a los religiosos que dieron, hasta su vida, por lo que llamaron “la opción por los pobres”.

Alessio cerró reiterando su oposición a someterse al juicio canónico que puso en marcha la Curia local. “Ir a juicio es como bajar al infierno”, pero su tono, lejos de resultar dramático, despertó risas. Calificó al proceso de “antievangélico”. Los abrazos fueron interminables. Antes, a solas con Página/12, Alessio dijo que le dieron “veinte días (de plazo) para nombrar un abogado defensor” pero aclaró que se resiste a seguir los pasos que marca el derecho canónico. “No creo en la burocracia ni en los papeles. No voy a acatar la orden de no dar misa ni de realizar casamientos. No me voy a retractar.” Su postura es ésa, al tiempo que admite que sus días en la Iglesia están contados. “Mis amigos me piden que me quede hasta fin de año, pero lo más lógico es que me vaya después del 7 de agosto, porque para San Cayetano vienen todos los años entre seis y siete mil personas, y a ellos no les puedo fallar.”

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