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Lo que nadie te contará del acto de Cristina

Por Pepa Palau – (SentidoG.com)

Y Cristina le puso la firma

En el salón de los Patriotas Latinoamericanos del Bicentenario, y ante 500 personas, la Presidenta promulgó los derechos del matrimonio igualitario en el código civil.

¡Y yo estaba ahí! Bueno, a media cuadra, más o menos, porque en el preciso instante en que ella firmaba, yo hacía una fila para entrar a la Rosada (más larga que la de los viejos tiempos de Bunker), refrescándome por de más con la brisa del atardecer porteño. Y, ojo, que había otras más fastidiadas que yo. “¡Cómo puede ser que en la Casa de Gobierno no haya un sistema más eficiente para ingresar!”, decía una, totalmente sacada, mientras observaba a través de las rejas cómo varios empleados nacionales verificaban el documento de los ingresantes, contra un listado parecido a un padrón electoral.

Ya se sabe: a la gente no hay p… que le venga bien. ¡Imaginate, entonces, a una fila de gays! Por suerte, teníamos enfrente al mástil de la Plaza de Mayo, y nos entretuvimos unos minutos con los granaderos que bajaban la bandera. Sí, un embole. Pero ante la ansiedad de entrar y el fresquete, cualquier cosa era un pasatiempo aceptable.

Finalmente crucé la valla principal. Pero eso no era nada. Como les dije, había que chequear documento contra un listado. Ahí se registraron varios escándalos. Porque había distintas mesas y no todos estábamos en todos los listados. ¡Imaginate!  “¡A mí me invitaron de la CHA!”, se escuchó. “¡Yo vengo por la Federación, fijate de nuevo, tengo que estar!”, alguien gritó.  Y así sucesivamente. Hubo varias heridas de ego en este trámite…

Eso no es todo, mis queridos. Antes de entrar al salón teníamos que pasar por los detectores. ¡Ahora sé lo que significa que te pite esa porquería! Entrando sobre la hora, con cincuenta gays atrás, más ansiosos que si fueran a entrar a un túnel, ¡a mí me pita el detector! “¿Tiene algo de metal?”, me preguntó el guardia. “¡El alambre del corpiño!”, pensé. Pero no, era una moneda de 10 centavos, lo que me vino a joder mi entrada triunfal. Olvidable.

“¿Y ahora?”, me pregunté una vez adentro, “¿Cuántas escaleras tendré que subir?, ¿Me palparán?, ¿A cuántos metros estará el salón del acto…?”  ¿Quieren saberlo? ¡A dos metros! ¡Ahí nomás! ¿Entienden? ¡Nos citó en la galería, prácticamente! ¡En el porche de la Rosada! El salón de los Patriotas Latinoamericanos del Bicentenario (¿?)  Cristina contó algo sobre esto. Dijo que primero había pensado hacer este acto en el salón de los científicos del premio Nobel, por los atroces argumentos que sobre este tema se plantearon en función de la ciencia, la naturaleza, etc.  Que después, había pensado hacerlo en el salón de la mujer, porque entre otras cosas las mujeres tuvimos mucho que ver en este proyecto, y nombró a la diputada Vilma Ibarra, autora del proyecto.  Hasta que finalmente se vino a decidir por este salón. “Cric, cric…”  Yo esperaba el porqué de este salón. Pero nada. Yo creo que estaba más a la mano de la puerta de calle, ¡qué querés que te diga!

Como sea, la Cris estaba impecable, fiel a su estilo. En realidad, más que de costumbre. Pensá en esos momentos previos de make-up, produciéndose y preguntándose: “¿qué me pongo para recibir a estos putos?” Porque seguramente ella ya se imaginaba que íbamos a estar todas pendientes de qué se puso y qué no. Y, ya se sabe, siempre hay alguna que después desparrama la verborragia criticona por ahí. Por eso, ahí voy: demasiado rosa, Cristina, demasiado. No sé si nos quisiste mandar algún mensaje semiótico con el look, pero para rosa, ya estábamos nosotras, además de la Casa. Saquito de lana rosa pastel, por encima de una remerita texturada, gris perla, y pollerita al tono en tres capas con volados. Cristina: no es la primera vez que te veo con esas polleritas y no te quedan bien. Están más cerca del tutú que de la falda de una presidenta. ¡Te lo dije!

Y que conste que esta descripción está hecha a pulmón, desde el lugar que pude conseguir: el fondo del salón, al lado de la puerta de entrada, muy cerca del detector que me cagó la entrada. Porque yo no me encontraba al lado de Néstor, Pepito, Florencia Peña o Pinti. No, no. Tenía adelante a las 500 locas que gritaban ¡Cristina, Cristina!, paradas sobre las sillas, alborotadas hasta la histeria. ¡Qué las parió!

“Esta semana, la Argentina es un poco más igualitaria que la semana pasada”, expresó Cris, en un estilo informal e íntimo, que mantuvo durante todo su discurso. Y, para estar a tono con la audiencia, matizó con el siguiente detalle: “Cuando se debatía la Ley, yo estaba en China, eran las 3 de la tarde…” (para nada imprescindible, ¡totalmente gay!, ¡bravo!). Pero lo realmente importante y destacable vino a continuación:

“Cuando me levanté al otro día de la sanción pensé que yo estaba con los mismos derechos y había cientos de miles que habían conquistado los mismos derechos que yo tenía. A mí nadie me había sacado nada y yo no le había sacado nada a nadie; al contrario, les habíamos dado a otros cosas que les faltaban y que nosotros teníamos”.

Esos otros venimos a ser nosotros, que ahora somos un poco menos “otros” y un poco más “ciudadanos”. ¡Celebremos, chicas, que esto está muy bueno!

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