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Se acabó el matrimonio homosexual

Por Osvaldo Bazan – (Critica de los Trabajadores)

¡Se acabó el matrimonio homosexual!

La nueva norma borra las diferencias y todos pasan a ser contrayentes. A pesar de las resistencias se igualan los derechos. Historias de movilización, luchas, esperas y triunfos en todo el país.

Es increíble, pero con el revuelo que se armó, con el espacio mediático que ocupó y con la intensidad de la agenda política desplegada para instalar el tema en los últimos tres meses, habrá que concluir en que el Matrimonio Gay ya no existe.

Ocurrió en el mismo momento en que nació: cuando a las 4.10 de la mañana del jueves 15, 33 senadores ganaron la cinchada a otros 27 y una miraba sin hacer nada y tres salían corriendo, el matrimonio gay en Argentina pasó a ser, simplemente, matrimonio.

Nació como diferencia y complemento del concepto anterior de matrimonio y murió al instante, porque ya no había diferencia. El único punto divergente es que de ahora en más en vez de ser, como decía el viejo código civil, “entre un hombre y una mujer”, pasó a ser entre los “contrayentes”. Y como contrayentes somos todos, ya no tiene sentido esa diferenciación.

Tampoco lo tenía antes, pero eso hubo que explicarlo extensamente a lo largo y a lo ancho del país, en una andanada de audiencias que la senadora Negre de Alonso había previsto como un dique infranqueable y terminó resultando exactamente lo contrario: un río revoltoso y vital que se llevó por delante dos mil años de prejuicios, aunque respetando formas y cierta corrección política más ligada a no avivar fuegos fatuos que a responder a los verdaderos deseos. A cada marcha organizada por “fuerzas vivas” de ciudades feudales le correspondió un encuentro –superior en alegría y vitalidad- de gente que decía “existimos”. Por primera vez hubo encuentros –mínimos y titubeantes algunos, más masivos y organizados otros, todos con miedo y valor- en lugares como Bahía Blanca, Oberá, Chajarí, San Rafael, Azul, Posadas. El valor simbólico de esos encuentros es casi mayor que el triunfo de los 33 en la cinchada legislativa. Y tan contundente como ella. Tanto como el apoyo decidido de las dos centrales sindicales, la academia, la universidad y –fundamentalmente- la perfumada colonia artística en su totalidad. Desde los machotes de Valientes hasta el inspirado Calamaro, desde la oscarizada Norma Aleandro al multifacético Fito Páez, todos estuvieron a favor. Excepto el ex líder de Los Chalchaleros, Juan Carlos Saravia, que convocó para la marcha de los naranjitos, una agrupación de fuerzas tan gaseosa que jamás pudo explicar por qué intentó mancillar el color más energético de la paleta con un reclamo tan poco vistoso.

Por eso es gracioso que Magdalena Ruiz Guiñazú pregunte, una y otra vez “¿Pero es con posibilidad de adopción?”. Sí, Magdalena, es un matrimonio. Por eso es inexplicable que La Nación le dedique una columna entera a responder preguntas del tipo qué pasa con la herencia, si hay adopción, qué marco legal es. Queridos, es un matrimonio. Es raro que a esta altura de la soirée haya que explicar que un matrimonio es un matrimonio. Que todos somos iguales ante la ley y que ahora sí, por primera vez desde su creación, se cumple –en este tema al menos- el principio de igualdad de la Constitución, que en ningún lugar habla de orientación sexual.

Y como la Constitución no habla de orientación sexual, sería un contrasentido que siguiera habiendo “Matrimonio Gay”.

Seguramente eso pensaba Mario, a sus casi setenta años cuando a las cinco de la mañana, con 5 grados bajo cero, me abrazó sin poder parar de llorar y temblar en la esquina de Callao y Rivadavia:

“Hace cuarenta y tres años que espero esto, Osvaldo, cuarenta y tres años”. Mario es uno de los militantes del grupo Nuestro Mundo, que comenzó a trabajar en Argentina en el año 1968, cuyas reuniones eran tan clandestinas que se producían en la casilla del guardabarreras de Gerli: una docena de muchachos que tenían que agacharse cada quince minutos porque pasaba el tren. Eso ocurría aquí mientras no se había producido aún lo que se considera la partida de nacimiento del movimiento por los derechos de las minorías sexuales, la Revuelta de Stonewall, de New York, de 1969.

Con la sanción de la ley, Argentina vuelve a estar en aquel lugar privilegiado de los derechos humanos que se perdió entre dictaduras y homilías. Por historias como las de Mario es que suena tan mezquino el argumento de que esta es una ley que no fue debatida lo suficiente, o que fue prohijada por urgencias partidarias o que el país no estaba preparado para una ley así. Justamente, esta ley era necesaria porque el país no estaba preparado para una ley así.

En la otra punta de la plaza, un grupo de cuatro muchachos catamarqueños daban la idea de cómo cambia la vida de relación de los argentinos de ahora en más.
En noviembre, ninguno de ellos –entre los 20 y los 30 años- había declarado públicamente su condición homosexual. Al anunciarse las audiencias públicas en Catamarca, ante la andanada medieval de iglesia y la absoluta parcialidad eclesiástica y feudal de los medios locales –hecho denunciado en todas las provincias, cuyos militantes por la diversidad sólo veían reflejado a quienes estaban a favor de la ley en medios y cadenas informativas nacionales- los muchachos, con más pasión que valor, salieron a contar su verdad. En poco menos de un mes se convirtieron en militantes y la primera presentación televisiva local terminó con llamados al canal con amenazas de muerte.

Poco tiempo después, ahora, son reconocidos en Catamarca como lo que son, luchadores por los derechos humanos, logrando un lugar social impensable tres meses atrás. Al ubicar el debate donde siempre debería haber estado, en el espacio político, el de dinámica de relación entre mayorías y minorías generalmente sojuzgadas, se descorrieron los velos de la vergüenza y la humillación.

Eso fue lo que se gritó con el frío que no le molestaba a nadie a las cinco y media de la mañanaen el obelisco, lugar fálico de festejo por excelencia.

Hasta el miércoles pasado, matrimonio homosexual terminaron las diferencias con las uniones heterosexuales cualquier mozo, de cualquier bar del país, se sentía con poder para pedirle a la pareja de gays o lesbianas que por favor, todo bien, pero no se besen, que hay niños.

Desde las 4.10 de la mañana del jueves, ya nadie tiene ningún derecho a quejarse porque los niños aprenderán en las escuelas eso que tanto, tanto temía la senadora Negre: que hay gente que es heterosexual y gente que no. Y un beso es un beso. Y matrimonio es matrimonio.

Y no hay nada que explicar. El jueves ganó la igualdad porque ganó la diferencia. Suena complicado, pero como todo, si te relajás, entra más fácil. l

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