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Pasando la pelota

Por Facundo R. Soto – (SentidoG.com)

Monica santino - (Imagen: Sebastián Freire)

Mónica Santino, entrenadora de fútbol femenino, habló con nuestro portal de su trabajo, donde la pelota es un pretexto para hacer lazos sociales, pasarla bien, aprender, jugar, divertirse, y desarrollar el respeto por la identidad y la condición sexual de cada una de las chicas que conforman el equipo.

-¿Cómo surge tu relación con el fútbol y tu condición sexual?
– Milité en la CHA desde ‘89 al ‘96. Fui copresidenta, vice,  después me ocupé de la prensa y fui la cara pública de la institución.

-¿Cómo llegaste a la CHA?
-Llegué a la CHA pensando que me tenía que curar porque sentía deseos sexuales hacia otras chicas, que era la única mujer a la que le pasaba esto. La CHA me giró la vida por completo. Participaba en el equipo de reflexión y ahí fui cambiando la mirada, la autodiscrimincación por la construcción de mi identidad como lesbiana. Fui asumiendo roles y funciones de acuerdo a como las cosas se fueron presentando. No me interesaba hacer carrera política, pero me hacía cargo de las cosas que estaban por hacerse. Cuando dejé de militar me dediqué al futbol, que era lo que más me gustaba, y mamé desde chica, mi familia era muy futbolera. Yo soy de Vélez. Estudié en TEA y el fútbol era mi deuda pendiente. Empecé a jugar fútbol femenino en la escuela de Christian Leubisevich, que era el técnico de Central. Después se armo un grupo de jugadoras que participábamos en All Boy’s, en un campeonato de la AFA. Mi puesto siempre fue el de volante central. Extraño esa época de jugar los fines de semana.

-¿Viviste discriminación por ser lesbiana y jugar al fútbol?
-Como jugadora notaba la discriminación que hay por el fútbol femenino en general. La principal discriminación es que, por ser mujer no podes jugar al fútbol, porque es de varones. Entonces, las chicas que juegan tienen que ser todas lesbianas, por el hecho de querer jugar al futbol. Y esto es tremendo, porque no es así. Parece tonto tener que explicarlo, pero la asociación de la gente es así. Después tuve que enfrentarme a la falta de oportunidades en todos los clubes. No encontraba canchas para jugar, ni lugares donde entrenar, las pocas chicas que nos juntábamos teníamos que hacer todo solas. Sin embargo, lo que nos unía era el vínculo, y eso es fuerte. El fútbol es indispensable para armar grupos de pertenencias. Cuando pasó mi etapa de jugadora y el torneo de la AFA, me pongo a estudiar para directora técnica. Era la única mujer en un curso de 40 varones. Trabajé en clubes de barrio, creando entre ocho y diez escuelas de fútbol femenino, que finalmente ninguna terminó prosperando. En el  2003 empecé a trabajar en el Centro de la Mujer, en  Vicente López. Ahí el fútbol era una excusa para hacer prevención en los derechos de las  mujeres y en las cuestiones sociales. Uno de los principales derechos que tenemos las mujeres, más allá de la trata y el aborto, y de los que no se hablan, es el de jugar. El dominio patriarcal tiene el derecho exclusivo al juego, que en verdad es un derecho a todxs. Todavía tenemos que preguntarnos en cómo usamos el tiempo. Los varones salen a jugar y las mujeres nos tenemos que quedar en la casa. En esta sociedad, el derecho al ocio es masculino, no femenino. El fútbol para mujeres trata de generar un lugar de derecho, de generar pertenencia, vínculos. A partir de eso hablamos de prevención en la salud.

– ¿Cómo surgió el proyecto de la Villa 31?
– A finales del 2007 en la villa 31 hacemos una especie de réplica del programa del Centro de la Mujer en la villa.
Lo que nosotras buscamos es que una piba que quiera jugar al fútbol pueda hacerlo. Mi sueño es que el fútbol femenino, para las chicas que nacieron con vocación para este deporte, tengan un espacio importante para jugar, divertirse, y que no que sigan sufriendo por la falta.
Siendo lesbiana, y ocupando un lugar de liderazgo en un equipo diverso: entrenando a chicas héteros y gays, ¿cómo es la relación con ellas, con su entorno familiar?
Como entrenadora doy examen permanentemente con las púberes, porque el imaginario social es que las mujeres no saben nada de fútbol, solo los hombres entienden. Este es otro prejuicio que tengo que derribar todos los días, porque si me descuido me empiezan a comparar, me buscan  el error, la falta y no me perdonan. Ahí es como volver a empezar de cero. Pero cuando me va bien, me reconocen, eso me levanta la autoestima y me hace seguir creciendo.
En cuanto a mi condición sexual, no sé si todas las chicas lo tienen muy en claro. Cuando me preguntan si tengo novio, naturalmente les digo que vivo con mi compañera. Yo pongo el acento en ellas, las pibas son lo principal, yo como entrenadora soy una especie de trabajadora social de la diversidad, no yo o hablar de mí.
Las pibas que tienen una orientación sexual distinta a la de la mayoría se me acercan más, me preguntan cosas, y yo hablo con ellas desde otro lugar. Pero no dejan de verme como lo que soy para ellas: la entrenadora de fútbol, y me respetan por eso.
El otro día hablando con un entrenador gay, me decía que en determinados ámbitos no tenía problemas de su condición sexual, pero en las escuelitas de fútbol para chicos de 5 a 7 años se le complicaba porque muchos padres sacaron a sus hijos por temor, a que “les contagiara la homosexualidad” o “abusara de ellos”, como si ser gay es igual a ser pedófilo. ¿Cómo vivís el hecho de trabajar con chicas, que en un alto porcentaje son menores de edad, y cómo es el apoyo de sus padres?
No me pasó eso porque tomo resguardo y soy muy cuidadosa al trabajar con chicas. Las pibas tienen desde 12 hasta más de 30 años, un promedio entre 15 y 22 años. Nunca tuve problemas de que quieran cambiarme por otra entrenadora por mi orientación sexual. Yo creo que estamos avanzando como sociedad, y que nos va a llevar un tiempo más, porque todavía nos falta mucho por hacer. Por ejemplo, lleva trabajo desasociar la orientación sexual  con la garantía del abuso. Esto va más allá de la orientación de cada uno, y sino hay que mirar a la Iglesia que supuestamente ellos no tienen orientación sexual y son los que abusan a los pibes por excelencia.

– ¿Cómo es la orientación sexual de las chicas de los equipos que dirigís?
– En mis equipos hay jugadores lesbianas, madres, mujeres grandes, pibas, de todo. Me hace un poco de ruido eso de armar un equipo solo de lesbianas, porque por un lado esta bueno, pero por otro es un poco autodiscriminativo. A mí me interesa seguir abriendo puertas y no cerrarlas. De todas formas, el trabajo de los equipos gays que conozco, sirve para dar un mensaje sobre las minorías sexuales.

– ¿Cómo es la relación entre las chicas héteros y las lesbianas?
– Hay de todo. Depende de lo que se diga y pase en sus casas. Si en la casa hay un discurso discriminatorio, ellas repiten ese discurso. A diferencia de mi generación, las pibas de ahora tienen otras herramientas para enfrentar estas situaciones. Tenemos un espacio para resolver estas cosas, instrumentando que ellas hablen y se contesten entre sí, en lo posible sin que yo tenga que intervenir mucho. Las estimulo para que ellas busquen un acuerdo desde la sinceridad.
Una vez hubo escaramuza, de una piba que le dijo a otra que era una tortillera. Pusimos esa situación en la reunión, después del partido, y tuvimos que explicarles sobre el tema. Hablamos de la agresión, la discriminación, la orientación sexual de cada una. Es algo que les quedó muy claro a todas. Los temas para trabajar socialmente siguen siendo el respeto, la información y el entendimiento. Cuando se abordan, y no se los deja pasar, la cosa cambia. No es tan difícil, estas cosas tienen solución. Otra vez usamos el ejemplo de Osvaldo Bazán que decía que, si a un chico lo discriminaban  porque es judío vuelve a su casa y se encuentra con su familia que es judía, lo mismo pasa con los negros, y los villeros.

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