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Empresa municipal de higiene urbana suma a dos empleadas trans este mes

Córdoba – (Dia a dia)

Es en el marco de un convenio con el Inadi. Comenzaron a trabajar ayer.

Luciana y Agostina

“El trabajo dignifica”. A esta altura, a la mayoría de los asalariados esta frase les suena desde remanida a irónica. Sin embargo, en la historia de Agostina y Luciana recobra su significado más profundo. Casi desde el arranque de sus vidas, a estas dos chicas de 35 y 25 años les sacaron triple boleto al páramo injusto del sesgo social: nacieron en familias humildes, tienen biología masculina pero género femenino y, merced a esa identidad, debieron sobrevivir de la prostitución. “Pobres, travestis y prostitutas”, tres pecados mortales para una sociedad tan miope que insiste en negar y mutilar uno de sus rasgos más valiosos: su diversidad.

Pero algo está por cambiar en las vidas de Agostina y Luciana, algo que para muchos es sólo una obligación de la vida cotidiana, pero que ellas ven como su real pasaje de regreso a la esfera social: consiguieron un trabajo formal, de lunes a viernes, con un horario y sueldo fijos, que les permitirá mostrar capacidades y volcar todas las ganas que acumulan luego de años de imposibilidad. Desde el 20 de diciembre, van a convertirse en las dos primeras empleadas trans de Crese, la empresa municipal de higiene urbana. Ingresarán al Centro Modelo de Reciclado, el lugar donde dos cooperativas de cartoneros separan y clasifican los residuos secos para su venta. Allí asumirán tareas administrativas, y deberán tratar cotidianamente con los 100 trabajadores que pasan por el complejo.

Su ingreso se da en el marco de un convenio suscripto entre la Municipalidad de Córdoba y el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), con la participación de la Asociación Travestis, Transexuales, Transgéneros de Argentina (Attta); acuerdos que tendrán en estos empleos un primer ejercicio concreto de integración y respeto a la diversidad por parte del Estado. Esta semana serán anunciados oficialmente.

Camiseta puesta.

“Hace 20 días, cuando supe de esta posibilidad, no quería creerla porque me parecía imposible. Ahora estoy como los chicos: esperando a Papá Noel. De trabajar en la calle a tener un empleo y un sueldo hay diferencia, y la diferencia es tener dignididad y tranquilidad”, dice Luciana con un entusiasmo tan genuino que emociona y que, por ahora, eclipsa el válido análisis de sueldo y condiciones contractuales. Para ella, un ingreso fijo ayudará a mantener a sus hermanas de 11 y 17 años, Florencia y Agustina, de quien oficia como mamá (legal y afectiva) desde que sus padres fallecieron. “La más grande saltaba en la cama y lloraba de alegría cuando se enteró”, relata.

“Para mí es como un milagro. Es la posibilidad de salir de la calle, de dejar de vivir al revés: dormir de día y trabajar de noche. De terminar de sufrir el abuso policial, la discriminación y la violencia por estar parada en una esquina”, agrega Agostina, con el ojo en compota por el golpe que le propinaron para asaltarla mientras trabajaba. A diferencia de Luciana, ella sí conoció el mundo del empleo formal años atrás, aunque a costa de esconder su verdadera identidad: “Cuando lucía como varón trabajé en comercios y en Transporte provincial, en la Terminal, hasta que me despidieron porque una persona usó mi condición sexual para hacerme echar”. El precio de asumir y mostrar su género fue el destierro del mundo del trabajo.

Para Luciana, en cambio, el primer gran costo de expresar su opción de género fue la relación con sus padres: “La declaré a los cinco años, pero mis padres nunca pudieron entenderla. Cuando me pintaba las uñas mi papá me decía ‘el hombre es hombre, y la mujer, y mi mamá repetía ‘parí un hombre y vas a ser eso’. Recién a los 18 años pude romper con todo y declarar mi expresión de género femenina”, recuerda sin rencor.

Luciana carga aún con la frustración de no haber podido sacar provecho a su título de profesora y bailarina de danzas. “En el 2009 audicioné y quedé en un casting para el ballet estable del Festival de Cosquín, Camin. Pero cuando comenzó la selección con DNI y vieron que el nombre ‘fulanito’ no coincidía con la bailarina mujer, se me cerraron las puertas. Por un lado me sentí mal, pero por otro fue un orgullo para mi llegar hasta ahí”, confiesa.

Tanto ella como su compañera acumulan anécdotas de discriminación pero, por suerte, nunca se resignaron a que “se les curta el cuero” de tanto latigazo. Al contrario, son luchadoras y se sienten abriendo un camino para pares en esto de ganar espacios que hasta ahora les estaban vedados.

“Las primeras chicas trans salieron a la calle a reclamar eso: poder salir y mostrarse. A nosotras nos toca pelear por nuestra identidad, conseguir un DNI que refleje lo que somos y nos garantice derechos”, declara Luciana.

En ese sentido, tanto las representantes del Inadi como de Atta consideraron el ingreso de ambas a Crese como un avance clave, un primer paso que podrá abrir la puerta de la inserción laboral a más integrantes de ese colectivo.

Primer día.

Agostina y Luciana están impacientes porque llegue el 20, fecha establecida para su debut en Crese. Confían en sus habilidades laborales y en su capacidad de crear un vínculo de respeto y cordialidad con sus futuros compañeros. Habituada al disloque inicial que suele detonar en otros su imagen, Agostina también sabe que apenas se da a conocer puede vencer prejuicios a fuerza de simpatía e inteligencia. Con Luciana pasa lo mismo.“Ellos son los que nos abren la puerta, así que creemos que va a salir todo bien. Lo importante es respetarse”, dice la primera. “Yo sueño con crecer profesionalmente, y poder hacer proyectos en conjunto”, agrega su compañera.

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