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Malvinas: La historia del soldado gay que luchó en la guerra

Por Osvaldo Bazán  – (SentidoG.com)

El 2 de abril de 1982 la dictadura argentina entró en Puerto Argentino, Malvinas. (Los militares) habían metido al país en una guerra y la sociedad, que días antes había llenado la Plaza de Mayo pidiendo el fin del régimen, volvió a llenarla pero esta vez para apoyar la decisión del presidente de turno, el etílico general Leopoldo Fortunato Galtieri.

Malvinas marcó la vida del Cabo Dumas y otros homosexuales que combatieron en la guerra

 

Edgardo Esteban era un pibe de 18 años, de haedo. Estaba haciendo el servicio militar obligatorio en el Grupo de Artillería Aerotransportada de Córdoba cuando lo convocaron para ir a Malvinas. Podría haberse negado, por ser sostén de madre viuda, pero “tenia esa fiebre colectiva de luchar por lo que nos pertenece”. Con sus prejuicios de barrio, el 25 de abril fue embarcado para Malvinas en un Boeing de Aerolíneas. En las tensas horas previas a la lucha real fue que conoció al cabo Dumas:

-Miren quien viene ahí- dijo Sergio en un momento y me pegó una patada en los pies.

-¡Cuidado, cuidado! – gritaba German, mientras afectaba la voz – ¡Cuidado, chicas! – advertía – ‘¡Ponerse contra la pared!

-¿Se salvó el puto ese?- preguntó Piccolo con seriedad.

El que venia era el cabo Dumas. Volvía del frente con una cara de destrucción impresionante; rengueaba y tenía toda la ropa embarrada. Volvía desarmado y destruido. Pasó por donde estábamos nosotros y algunos se reían o hacían chistes referidos a sus inclinaciones.

A Edgardo el cabo le caía decididamente mal. Dumas era de esos militares que, según el general Rosendo Fraga, “ni siquiera ingresa en los institutos militares”. Cien años de represión no pudieron impedir que el cabo Dumas se florease en Malvinas repartiendo el rancho a los congelados soldados. Inscripto en la tradición de “Clarinete con bombete” y la Queca, nadie sabe como habría tomado Dumas, de haberse enterado, las declaraciones que en ese tiempo hacia el coronel Esteban Solís, quien en abril de 1982 decía “que los soldados británicos de la Royal Marine leían revistas pornográficas, consumían drogas y tenían ciertos artefactos que nos hicieron especular en la practica de la homosexualidad”.

Solís, como todos los argentinos, sabía que la homosexualidad estaba del lado de los ingleses. Así lo contó Néstor Perlongher, asombrado por el nivel de obsesión que el tema homosexual había adquirido en el país en los primeros 80: “Tomo un taxi y el chofer me comenta: ´seguro que los oficiales de las Malvinas se los pasaron a todos los gurkas´”. El fantasma gurka es reflotado por Pablo Macharowsky, uno de los chicos de la guerra en una entrevista en la revista El Porteño de septiembre del 83: “Un compañero mío me habló de los gurkas, llevaban una perla en la oreja izquierda o en la derecha, y la ubicación representaba al homosexual pasivo o activo”.

Por eso se sorprendió Edgardo al ver la cantidad de compañeros suyos dispuestos a pasar la noche con el cabo Dumas. Y se indignó: “Era una aberración para mi saber que había entre nosotros un cabo con esa clase de vicios y que los ejerciera impunemente en medio de la guerra. El estaba aprovechándose de la situación y eso para mi era inadmisible, así que tenia mucha bronca. Tampoco me gustaba que mis propios compañeros considerasen eso como normal. A los 19 años yo era típico pibe de barrio que aun no había vivido muchas experiencias sexuales. (…) Sabía que existían los rolos, pero nunca pensé que me iba a encontrar en plena guerra con uno de ellos y que para colmo sería mi superior. Que el cabo Dumas pudiera moverse y hacer de las suyas sin que nadie lo reprendiera también me desmoralizaba”. En su libro, Edgardo cuenta que Dumas no cesó, en las semanas previas al combate, de proponerle encuentros íntimos. Ante la resistencia de este, el cabo aprovechaba su poder para humillarlo. Una noche que Edgard estaba haciendo guardia con el soldado Sánchez, Dumas se llevó a su compañero a “su calido hogar”. Edgardo explotó de bronca. Las guardias estaban diseñadas para ser hechas de a dos, por el frío y la soledad. Y a él estos trolos lo dejaban solo.

Pero algo cambio a lo largo de la guerra: “Él carecía de misión de combate; toda su misión se restringía al rancho, pero cuando en las primeras líneas los combates sembraron el mayor dramatismo, el cabo se puso en situación de guerra y arriesgando su propia vida a la par de cualquiera, cruzaba en medio del fuego enemigo, cargando sin vacilar los cilindros de la comida o el mate cocido. Él preparaba la comida en la zona del rancho de campaña, que no era otra cosa que in camión ubicado en un lugar seguro y acondicionado para ese fin. Desde ahí el cabo se internaba en las fortificaciones y las visitaba, una por una, con el bienvenido regalo de sus guisos y locros suculentos. Hacia el final esa rutina no fue posible, primero porque no había comida y segundo porque el frente se volvió impenetrable; pero al cabo no lo acobardaban las bombas. Lo vi manejando un obús y colaborando con los tiradores; se jugaba todo; corría a buscar los cajones con las municiones, atravesando áreas peligrosas. Realmente demostraba que tenía valor y que estaba en la guerra tamben para pelear. Su actitud contrastó con la de ciertos oficiales como Gilbert, que se hacían los machitos con los soldados pero cuando hubo que ´poner huevos´ no se les vio la cara”.

Y siguió Esteban con su reconocimiento: “Dumas estuvo llenando municiones y colaborando con el ultimo obús de nuestra unidad y no se había movido de ahí hasta que se acabaron las municiones. Parecía dispuesto a morir por eso, así que yo estaba sorprendido del coraje que demostró cuando verdaderamente hacia falta. El cabo peleo con bronca. Daba la impresión de que se hubiera transformado y que quisiera hacer algo para ayudar a que esta guerra resultara triunfante. Por la forma en se había quedado en el frente hasta el final, en momentos en que la mayoría se replegaba, él parecía dispuesto a dejar a su vida en Malvinas. El cabo Dumas, como nosotros, sobrevivió y nade podría decir que la sacó barata”.

(Extraido del libro “Historia de la Homosexualidad en Aegentina”. Ed. Marea)

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