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Celeste Carballo, Piedra libre, mujer

Buenos Aires – (SOY)

Con otro nuevo look y arengando al público a que se reservara las molestas cámaras y celulares para sacarles fotos a los animalitos del zoológico, Celeste Carballo volvió hecha un fuego a los escenarios porteños para presentar su nuevo disco, Mujer de piedra. Lux estuvo y ardió entre los brazos del público.

Celeste presentó su nuevo disco

“¿No sentís como un olor a papas fritas?”, escuché que unx le preguntaba a otrx mientras me acomodaba plácidamente en mi asiento, dispuestx a ver el show. El olor a papas fritas era mío, pero pensé que nadie se iba a dar cuenta. Había estado comiendo una milanesita con guarnición en Pippo antes de que la noche se pusiera pletórica de tortas y tanta dulzura me empalagara el espíritu. Juro que lo intenté: mi amiga Jorgelina tenía una loción budista de coco y sándalo con la que me roció enterx: la calza, la camperita de cuero, los taquetes y nada, la papa frita seguía como si me hubiera rociado Fritanga Eau de Toilette, perfume que usaba en los ‘80. Minutos antes había tenido bastante movimiento como para que ese olor cediera ante otros humores más picantes. Cuando llegué a la esquina de Paraguay y Suipacha, la cola para entrar a ver a Celeste no llegaba a la esquina todavía. “Espero que a Celeste no le cueste y que esta manga de tortas desagradecidas sean capaces de hacerle el aguante”, pensé en voz alta cuando una bomberaza me tapó la boca con que “faltan dos horas todavía, si estamos acá es para vivir la previa, no para tirar mala onda, lechiguana”. Efectivamente, lo poco que había ahí en fila ya era una mesa de dulces de lo más completa. Para ir mojando el bizcochuelo, mientras hacía un touch de rostro, saqué del carterón un champagne de 350 cm3 que agarré con mis guantes sin dedos y descorché, más cancherx que Sofía Gala. Pero lo mío nunca fue la habilidad y le pegué sin querer en la cabeza a una señorita que llevaba una camisa que decía “La pesada de CC”. Me asusté un poquito cuando ella se dio vuelta buscando al culpable del corchazo con cara de pocxs amigxs y el músculo despierto. Si ésta ya venía loca, me dije, cuando se vuelva cada día más loca quién se salva… Para evitar mayores trastornos me metí el champancito debajo de la campera y aprovechando que daban puerta me mandé rapídisimx al interior del teatro, que esa noche no era un teatro sino una auténtica casa de repostería. Delante mío, una rubia despampanante se daba vuelta a cada rato para mirarme. Esta es la mía, dije. Y ella: “¿Lux?”. “Sí”, contesté, y ya fuera de la zona de peligro saqué la botellita de la campera y la invité con un trago. “Gracias”, me respondió, y la empinó sobre sus labios, pero la cola arrancaba sin miramientos, que las tortas cuando ven el horno, ya se sabe que se arrebatan. Así fue que perdí a mi bizcochita con botellita incluida en medio del despiporre de tartas, tortas y tarteletas que no se veía en la vieja sala de ND Ateneo desde el recital de Ana Prada. Esa noche, me acuerdo, Sandra Mihanovich estaba entre el público, pero esta vez no. Los tiempos han cambiado y nadie es quien era, mucho menos yo, o Celeste, que al levantarse el telón mostró su nuevo look pelicortísimo, sus Rayban plateados a lo Marta Minujín y su traje gris plomo hecho con bolsas de residuos. Sí, todxs dicen que es por la ecología, será por la logia ego más que eco, porque aquí entre nosotrxs, y por más que no soy ejemplo verde para ninguno, a mí nadie me puede negar que algo más contaminante que el plástico no existe sobre la tierra. Lux acepta, aunque no entienda. No entendí tampoco las letras de las primeras canciones que sonaron y que eran los hits de Mujer de piedra, el nuevo disco, pero lo acepté. No escuchaba la voz de la Carballo, sofocada por una instrumentación rockerísima, pero lo acepté. Es que Celeste me puede, me dije, mientras le miraba los ojos homónimos desde la segunda fila –ya se había sacado los lentes– y me acordaba de ella 25 años atrás, volviéndose cada día más loca. Cuando terminó de cantar “Quema tóxica”, le ordenó a una chica que apagara la cámara y después nos mandó a todxs a sacar fotos a los animalitos del zoológico. Esta es mi chica, me dije, tan brava como siempre. Después rajó a lxs músicxs de un plumazo y se quedó solita en el escenario haciendo en el teclado las canciones que canturrea en su casa, dijo. Entonces salieron de su garganta “Porque cantamos”, “Chocolate inglés”, y unos temas más que entre el efecto del champagne y la melancolía que me trajeron, lograron arrancarme un par de lagrimones. Tenía la voz mejor que nunca y cuando hizo a capella El día que me quieras, el teatro aplaudió de pie. “¡Sos un ángel, sos un ángel!”, le gritaba una voz. Me di vuelta y la vi: era ella, la rubia. Estaba parada con los brazos abiertos como un Cristx. Su mano derecha sostenía el cáliz de champagne con que esa noche, al final, tomamos lxs dos la comunión. “El amor, ajá ajá ajá – ajá ajá ajá – ajaaá”, cantamos juntxs en un hotel del centro.

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