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Alex Freyre logró juicio a la Embajada de Estados Unidos por negarle la visa

Por Lucía Álvarez – (El Argentino)

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Alex Freyre, discriminado por ser portador de VIH

Alex Freyre viene contento, acaba de ganar otra batalla: la embajada de los Estados Unidos le dio la visa por diez años. El hecho hubiera sido impensable tiempo atrás, cuando el país del norte no aceptaba el ingreso de personas con VIH. Y si bien hoy la disposición cambió por corrección política, es una práctica que persiste. “Aprovecho su propio error. Preguntan si uno tiene alguna enfermedad. Y yo no estoy enfermo, tengo una infección”, desafía.

La gran paradoja es que Alex Freyre viaja a Nueva York como integrante de la delegación argentina que asistirá a la asamblea especial de la Organización de las Naciones Unidas para debatir estrategias contra el avance del VIH. Su exposición será doble: como director ejecutivo de la Fundación Buenos Aires Sida y como protagonista del primer matrimonio entre personas del mismo sexo de América Latina. “Vamos a contar que la Argentina aprobó el matrimonio igualitario, y como dice la presidenta, no pasó absolutamente nada”, cuenta. Antes de su partida, Alex analizó con qué cambió en estos 30 años desde el descubrimiento de la infección, qué persiste y que desafíos quedan por delante. “La Argentina tiene que salir a militar junto al Mercosur para que se le dé visibilidad a las poblaciones más vulnerables, como las personas trans o los usuarios de drogas, y se hagan compromisos políticos para ellas”, aseguró.

–¿Qué cambió en este tiempo?
–Yo me enteré que tenía VIH hace 20 años, cuando se hablaba de peste rosa, y cuando nadie conocía en su entorno alguien que tuviera la infección. Me dijeron que tenía SIDA, que me iba a morir en tres años y en las peores condiciones. Un discurso paralizante. Hoy hay lugares que son fabulosos, que te dicen cómo usar el preservativo, qué buena calidad de vida vas a tener, que el tratamiento podés empezarlo hasta ocho años después de detectar la infección. Un día sacás el turno y al otro día te haces el examen, y siete días más tarde tenés el resultado. Antes llevaba semanas. Detrás de ese cambio hay una lucha simbólica: demostrar que se puede tener VIH y un proyecto de vida.

–¿Y en la vida cotidiana?
–Va a depender de si estás preso o si estás en situaciones de exclusión, si tenés trabajo, si el Estado reconoce o no tu identidad. Con el VIH tomás conciencia de inequidades muy dolorosas. El riesgo latente siempre está, pero el tratamiento se fue facilitando. Antes tomábamos más de 20 pastillas por día, ahora tomo cuatro. Pero hoy para muchos cargar un pastillero o tomar frente a otros, todavía significa exponerse a una pregunta y elaborar una respuesta.

–¿El estigma permanece?
–Depende del empoderamiento personal de las personas y del contexto. Hay muchos que no se lo quieren decir a la familia, que piensan que si lo plantean en las empresas los van a echar, porque es verdad que se sigue haciendo el test en el preocupacional. Se habla aún desde un lugar políticamente correcto, pero si tu hermana o tu hijo conoce a alguien con VIH, ahí los prejuicios entran por la puerta. Permanece la discriminación para quienes usan drogas, para quienes trabajan en la prostitución, la xenofobia, la transfobia. Y son todas cuestiones que afectan a la posibilidad de tratamiento de esas poblaciones. En el país un 50% de personas están infectadas y no lo saben y eso tiene que ver con la brecha en el acceso a la salud. No es igual asistir al sistema público para alguien a quien el Estado no le reconoce su identidad, como las personas trans, o para las mujeres con niños de sectores populares, para quienes ejercen la prostitución, o para los usuarios de drogas, que ven del hospital un espacio que los acerca a caer detenidos.

–¿El sistema de salud está preparado para esas poblaciones?
–El hospital debe dar una consulta médica de calidad, con alguien que les explique en un lenguaje simple y sin prejuicios. Cuando te dicen “tenés que usar preservativo”, no siempre esa indicación involucra el diálogo sobre si es posible o no para esa persona. Ahí se mezcla la violencia de género, la ignorancia, la falta de acceso a la educación sexual, a preservativos. Es importante disminuir todas las barreras posibles para que quien no sepa si tiene o no se acerque al sistema de salud. Los testeos tienen que ser más amigables, funcionar hasta la noche, que se pueda pedir turno por teléfono. Pero además tiene que aplicarse la ley de educación sexual en todas las provincias y cambiar la ley de drogas, hacer campañas de prevención locales. Y también eliminar las barreras para que la gente que tiene VIH pueda sostener el tratamiento, que es mucho más que recibir medicación.

–¿Cuál es la diferencia?
–Hay múltiples causas que intervienen a la hora de seguir un tratamiento. La adherencia es del usuario al sistema de salud y del sistema de salud al usuario. Porque si hay interrupción en la provisión de medicamentos o el horario de atención no es adecuado para la población a la que el propio Estado quiere llegar, se interrumpe. Tiene que ver con la disponibilidad de un servicio de calidad y multidisciplinario. Hace poco nos llegó a la Red Nacional de Personas Positivas un mail de una mujer a la que el dentista le dijo: “¿Para qué querés ponerle una corona a tu hijo, si total no va a vivir muchos años?” Eso habla de una ignorancia que afecta a la mujer y al niño, no sólo para tener un tratamiento bucal adecuado, sino un espacio que la apoye emocionalmente.  <

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