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Leo García, melodia arcoiris

Por Mariano Casas Di Nardo – (Revista Imperio)

Dice que cumplió el “sueño del pibe” al participar de la gira de regreso de la banda liderada por Gustavo Ceratti. Creía que después sobrevendría un bajón de aquellos, pero no. Más inspirado que nunca dio a luz “El milagro del pop”, y promete nuevo disco.

Leo García afianza su carrera solista editando un nuevo disco, El milagro del pop. Aún con la ceja entrecortada pero sin toda esa brillantina púber, el abanderado del pop argentino vuelve a sonar como nunca. Como otrora hiciera con Morrisey y Reírme más, ahora enamora con La única estrella sos vos.

Leo Garcia, estrella pop

 

-Estuve escuchando el disco y son sólo seis temas. Yo quería más…
-En realidad son diez discos con seis temas cada uno. Y no se venden, no se consigue en disquerías. Sólo en mis shows. Desde el escenario voy a ir regalándolos. Si la gente quiere el disco va a tener que venir al show. Averiguar cuándo yo toco y venir. Es muy gracioso porque rompo con los esquemas de las multinacionales. De hecho, el eslogan que sale por la radio es “¡No se consigue en disquerías!”.

-Para los artistas un innovador, para los empresarios un loco total…
-Por ahora la idea es regalar el disco desde el escenario. Es como una comunión con el público, un mano a mano. Me gusta la aproximación que se genera. En esta era cada vez más virtual, un encuentro así es importante. Además, con la piratería e Internet, es más seguro que lo dé yo.

-¿Es tu política de difusión de ahora en más?
-Ni idea, no sé qué pasará. Pero es mucho más sano para mí no saber. Eso no quita que en un futuro pueda haber un paquete con los diez discos en las disquerías, pero por el momento es así.

-A razón de un disco por año, ¡tenemos El milagro del pop para rato!
-No, para nada. Los voy a ir sacando rápido. Ahora tengo el primero, pero para mitad de febrero ya estará el segundo y para marzo, el otro. Este lo veo demasiado alegre, hasta infantil. Tal vez para los próximos haga algo un poco más electrónico y dark.

Pensativo, calmo y hasta nostálgico, Leo García, como nunca, se toma su tiempo para responder de la forma más sintética cada una de las preguntas. Sensación que también se percibe cuando pide su té con tostadas de pan integral, con queso blanco diet; porque -según él- está “en proceso de desintoxicación social”. Confiesa estar yendo al gimnasio pero reconoce que lo que más lo purifica son las clases de Kabbalah que toma desde hace un par de semanas. Algo es cierto: sin una multinacional detrás que le exige crear todos los años un hit absoluto, la actualidad de Leo transcurre en otro frame.

A sus treinta y ocho años cree que es hora de tomar distancia de la locura y sólo hace lo que siente. Y hoy siente regalar sus discos, siente al pop más que a nada en el mundo y siente, como lo dice a cada momento, una necesidad de vivir sólo para ser feliz.

-No hay nada más estresante para un músico que la oleada de promoción. Porque la discográfica apuesta a la salida de tu álbum y todo gira en torno a eso. Tenés no sé cuántos managers diferentes, agendas súper apretadas y una presión de gustar que te enloquece. Los picos y bajones de popularidad tienen que ver con eso, con no poder manejarlo. La vez pasada estuve reflexionando y llegué a la conclusión de que con Morrisey la pegué, Reírme más es un tema que conoce todo el mundo, Tesoro es un tema que en mis show lo cantan todos y eso en definitiva es lo que a un músico lo hace feliz. No vender discos o estar siempre en los medios. Estoy muy contento con lo que tengo, obvio que quiero más, pero hoy por hoy me interesa más cuidar mi lugar como artista, cuidar mi trayectoria.

 

Siempre más

-Muchas figuras reniegan de sus éxitos. Por lo que veo, vos los defendés…
-Por supuesto, son mi tesoro más preciado. Como mis hijos. Por ejemplo, Reírme más es la canción que más satisfacciones me dio en la vida. Me llegaron muchos mails contándome que la escuchaban para no matarse. Sé por mucha gente que esa canción evitó suicidios. Entonces me parece que eso es lo más lindo que le puede pasar a uno.

Sentirse útil con lo que hace.

-¿Ese es tu orgullo como artista?
-Mi orgullo es saber que estoy haciendo algo que ayuda y da alegría a la gente. El éxito es algo que pasa, es una mentira. Pero lo entendí con el tiempo, con los golpes que me dio la profesión. Al principio yo trabajaba para vender mucho, quería siempre más, quería ser el numero uno. Y no siempre lo logré. Y cuando eso sucede te sentís el peor, es una decepción inmensa. Ponés toda tu energía en algo que no funciona por diversos motivos y te empezás a enfermar tratando de buscar un por qué que tal vez no existe. Esa locura ya la viví y no la quiero más. Ahora quiero disfrutar de mi lugar como artista, del espacio que me gané con mucho trabajo. Quiero disfrutar del contacto con mi público y de mi llegada para hacer las cosas con conciencia, con responsabilidad. Saber que ayudo con mi arte, es mi mayor logro.

El mundo dicotómico de Leo García sigue girando a la perfección. A casi ocho años de su éxito Morrisey, continúa coqueteando con la ambigüedad, sonando en los 40 Principales pero dando recitales híper alternativos. De la mesa de Mirtha Legrand pasa al Personal Fest, previo mini recital en la Marcha del Orgullo Gay. El es así, desayuna en el cielo pero cuando el sol se esconde, desciende para cenar en los infiernos. Tiene un free pass sin vencimiento y hace y deshace a su gusto.
Luego de conocer el éxito que le imprimieron sus discos Mar y Vos, se da el lujo de desaparecer por varios años y volver más sofisticado que nunca. Un don que pocos tienen.

-Puede que sea cierto lo que decís, pero es inconciente. Tal vez sea porque mucha gente de diferentes estilos y perfiles se siente identificada con mi música. Tengo un público muy diverso que va desde gente muy joven hasta gente grande. Yo creo que es la magia que tiene la música, y dentro de la música, el pop en sí.

-¿El pop te permite hablar de cosas que tal vez no podrías desde el rock o desde la electrónica?
-Sí, es cierto. Yo me armé un palacio llamado pop y desde ahí propongo lo que siento. Es un tutti fruti. Como un licuado de todo lo que me gusta decir.

-¿La dupla Leo García-Pablo Schanton está cada vez más afilada?
-Sí, totalmente. Con Pablo sigo como siempre. De hecho, armamos una especie de sociedad compositiva. Es con la única persona que puedo componer letra y música (NdR: Schanton es periodista de Clarín y desde hace años es el co-autor de la mayoría de los temas de Leo). Él es tan correcto para escribir, un genio literal, y un periodista de alma. El suple toda la falta de estudio y de cultura que tengo yo; además de ser un gran amigo de camino.

-¿En qué etapa narrativa los encuentra este disco?
-Seguimos hablando de lo mismo: del amor, del engaño, de la felicidad que tiene que ser la vida. Yo creo en la autoayuda como función de la canción. Pasa que “autoayuda” es una palabra tan vapuleada que suena hasta cursi. Suena a libro de supermercado. Pero es mucho más profundo el tema. Y con la música se puede ayudar. En nuestra cultura, y sobre todo en el rock, la música durante mucho tiempo llevó a nuestra juventud a la destrucción. Se fomentó el odio, el consumo de drogas, la depresión… Todas cosas que derivaron en la autodestrucción adolescente. El rockero argentino de los ´70 y ´80 era un canto a la degradación humana. Para mí, el pop lo que hace es limpiar eso, tomar conciencia. Si la autodestrucción ya existe sin música dentro del ser humano, contrarrestémoslo, ayudemos a cambiar eso. Creo que el pop es ideal para ese cometido.

-De tu nuevo disco, temas como El secreto y Es el amor se ajustan a esos parámetros…
-Sí, es la intención. Seguir con lo que una vez descubrí con Reírme más.

¿Y hay alguna canción que genere ese sentimiento en vos?
-Imagine, que es la mejor canción del mundo, provoca eso en mí. Te hace vivir el presente: “Imagina que está todo bien…” A través de una visualización así creo que todo cambiaría. Virus también me genera eso, sobre todo en el disco Relax. Todas sus canciones me hacen sentir así. Virus es una banda de autoayuda y de hecho, a mí, me ayudó un montón.

Leo Stéreo

Intimo admirador de Gustavo Cerati, no sólo grabó una versión de Amor amarillo para su nuevo disco, sino que cuando se enteró que Soda Stéreo volvía, lo llamó para formar parte del regreso. Consumada la gira que lo tuvo durante ocho meses en la cima del Olimpo, Leo se propuso un retiro espiritual que lo nutrió de inspiración y talento.

-Se me ocurrió llamar a Gustavo para decirle que quería participar. Me había enterado por una persona en común que volvían, pero yo no quería ver a Soda desde abajo del escenario. Yo quería estar arriba, con ellos. Por suerte a Gustavo le gustó la idea.

Cumpliste el sueño del pibe…
-El sueño de mi vida está cumplido. Yo estaba por sacar un disco pero cuando arreglamos mi inclusión en la gira, dejé todo. Fueron cuatro meses de ensayos y cuatro meses de gira, pero para mí fueron como mil años. Si bien Gustavo es un amigo, tocar con Soda fue una escuela enorme, porque no fue sólo tocar por toda Latinoamérica con mi banda favorita, sino trabajar con mucho profesionalismo. Supe lo que es estar en un estadio lleno y siempre arriba. Fueron todas vivencias enriquecedoras que no muchos músicos tienen la suerte de vivir.

-¿Eso te hizo crecer como artista?
-Hasta te diría que crecí como persona. Fue integral, porque también pude darme cuenta de lo que soy capaz; de cómo trabajo en el escenario. Igualmente, siempre tuve bien en claro cuál era mi lugar. Sabía que de las sesenta mil personas que había por concierto, ninguna iba a verme a mí. Pero de una manera u otra formé parte de esa historia. Y eso no me lo quita nadie. Más de uno hubiese querido estar donde estuve yo.

-Después de una experiencia así queda un vacío enorme, ¿no?
-Después de los altos tan altos, vienen los bajos muy bajos, pero por suerte no fue mi caso. Por suerte, quedé con muchas pilas, sobre todo artísticamente. Y de ese estado surgió El milagro del pop. No bien me bajé del avión, me fui a la casa de mi hermana en Moreno y me recluí. En otra época hubiese caído en un infierno difícil de sobrellevar, pero ya no. Todo eso me inspiró y tuve como un ataque de hiperactividad: de trabajar, componer y escribir. Las claves fueron mi terapeuta y mis clases de Kabbalah.

El agua del té calmó su vapor, de las tostadas sólo quedan las migas, y de mi cortado, el último sorbo, mezcla de la borra del café y del azúcar que nunca se llegó a disolver. Casi una hora de charla, un repaso por sus últimos años de carrera y más de una mirada inquisidora tratando de confirmar si debajo de esa gorrita primaveral se encontraba el cantante de la ceja cortada. Un encuentro que quedó eternizado en esta nota.

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