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SIDA: Hace ya 30 años

Por Carmen Contreras

Se cumplen 30 años de la aparición del SIDA

Exactamente, será el próximo 5 de junio. Porque aquel día, del año 1981, el centro de control de enfermedades de Atlanta, Estados Unidos, descubrió en cinco jóvenes homosexuales una extraña neumonía que hasta entonces solo afectaba a personas inmunodepresivas en un alto grado. Se comenzó a hablar, poco tiempo después, de cáncer gay. Al año siguiente la enfermedad fue bautizada con el nombre de síndrome de inmunodeficiencia adquirida. El mundo se enfrentaba a una nueva epidemia conocida con el nombre de SIDA.

La estigmatización no tardó en hacer mella en este grupo poblacional, así como en los drogadictos. Esos hallazgos iniciales acabaron ligando el mal a la “vida desordenada”, tanto que el gobierno del entonces presidente Ronald Reagan enfocó la lucha hacia la abstinencia sexual.

La falsa sensación de tranquilidad entre los ciudadanos que no clasificaban en el grupo de riesgo llegó a su fin cuando Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier aislaron, en el Instituto Pasteur de París, a mediados de 1983, al agente responsable de la enfermedad: el virus de inmunodeficiencia humana (VIH).

Treinta años de SIDA que contabilizan millones de muertos en todo el mundo. Hay una generación pérdida en África por la misma causa. Treinta años de importantes éxitos frente al virus. Podemos muy bien decir que se ha pasado de una enfermedad mortal a una enfermedad crónica. Una enfermedad cuyo nombre sigue provocando miedo e incluso rechazo. Aunque la enfermedad no mata, se ha avanzado mucho en ese sentido, lo cierto es que tampoco desaparece. Con la particularidad de que, lejos de decrecer, el número de personas infectadas sigue en aumento.

El sida, la fase final de la infección causada por él, había matado a cerca de 35.000 personas hacia fines de 1984. Y no todos eran hombres, homosexuales, negros o adictos. La alarma cundió, así como la discriminación contra los enfermos. La necesidad de encontrar un tratamiento pasó a ser prioritaria, incluso por encima de las campañas de prevención de transmisión del virus. En 1987 se utilizó el primer medicamento específico, la azidotimidina (AZT), todo un hito en el desarrollo de los antivirales. Solo en 1989 empezó a promoverse fuertemente la prevención y se pusieron en marcha campañas globales, gracias a las cuales el mundo comenzó a entender la dimensión del problema. Pese a eso, hoy 33,2 millones de personas viven con VIH.

El descubrimiento de que la administración, durante el embarazo, de medicación a las madres infectadas y luego a los recién nacidos por un corto periodo disminuía la transmisión del virus marcó, en 1994, un punto de inflexión en la lucha contra el mal. Se entendió que podía controlarse con la aplicación de medidas de salud pública, cuyo éxito dependía del compromiso de los gobiernos.

Así que, en otro momento histórico, la Asamblea de las Naciones Unidas dedicó, en junio del 2001, un periodo de sesiones extraordinarias, en las que todos los países se comprometieron, con acciones y recursos, a cambiar el curso de la enfermedad. Una poderosa combinación de ciencia médica, activismo global y política exterior puso el combate contra esta epidemia en los primeros lugares de la agenda exterior. Hoy es claro que cualquier persona, sin importar su orientación sexual, está en riesgo de infectarse. También es evidente que el virus dejó de ser sinónimo de muerte y se convirtió en una condición crónica, gracias a tratamientos más efectivos.

No obstante, su elevado costo hace que sigan siendo inaccesibles a los más pobres. Lo anterior explica en parte la tragedia de África, el continente donde más enfermos y muertos cobra esta plaga. El sida es una enfermedad derrotable con el respaldo de los países ricos, cambios en los hábitos sexuales y la inyección de mayores recursos para investigar mejores tratamientos, promover la prevención y alcanzar la anhelada cura.

A día de hoy los afectados pueden llevar, si cabe, una vida normal. Es más, los prejuicios que rodeaban esta enfermedad se van rompiendo poco a poco. En las décadas de los 80 y 90, padecer SIDA suponía estar sentenciado a muerte. Era una enfermedad de «apestados» que se debía llevar prácticamente en secreto, que no se podía contar a nadie, casi ni a los médicos. Menos mal que la mentalidad de la sociedad y la enfermedad han ido evolucionando. Gracias a la llegada del tratamiento antirretroviral se dio el definitivo salto de la muerte a la vida. Es verdad que quedan muchos y muy importantes retos por delante, pero la medicina, la ciencia en definitiva, se ha apuntado un importante éxito.

El virus de la inmunodeficiencia humana se ha llevado por delante a más de treinta millones de seres humanos. Un poco más de un millón por año. La enfermedad que transformó el mundo sigue contando con demasiados enfermos. Según la Organización de Naciones Unidas son más de treinta y tres millones de ciudadanos en todo el mundo los que padecen esta enfermedad. Los países más afectados, como siempre, los del África subsahariana, donde el sida es la principal causa de mortandad. Según la misma fuente, en 2007 se produjeron 2,1 millones de muertes por sida y 2,5 millones de nuevas infecciones. La cosa, treinta años después, no es como para tomársela a broma, pero sí con esperanza. Y con gratitud hacia todos cuantos han trabajado en la concienciación social y la difusión del sida, combatiendo a la enfermedad y sus estigmas.

Quienes viven con VIH deben adaptar su vida a este, al que le tomó menos tiempo tocar las puertas de todos que el que se necesitó para que el mundo entendiera el permanente riesgo de contraerlo.

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