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Aniversario de casad@s

Por Fernanda Sandez y Luciana Vázquez – (La Nacion)

El primer aniversario de la ley de matrimonio igualitario en Argentina

Hubo un año que comenzó hace un año. Hubo, antes, un proyecto de ley para que dos personas del mismo sexo pudieran casarse. Hubo dos plazas: una multicolor y otra naranja. Pero hubo, antes y después de eso, debates en el Congreso y en cada casa, conocidos “saliendo del armario”, discusiones, abrazos. Y hubo, el 15 de julio de 2010, una ley aprobada en plena madrugada.

Al otro día, Argentina amanecía siendo uno de los diez países del mundo -junto con Holanda, Bélgica, España, Canadá, Suecia, Sudáfrica, Noruega, Portugal e Islandia– y el primero de Latinoamérica que reconocía el derecho a casarse para todos sus ciudadanos.

Pasó un año desde entonces. Y, en el medio, pasó de todo. Hubo también, en estos doce meses, muchas primeras veces. Hubo un primer casamiento en una cárcel, en una provincia, entre mujeres, entre dos diplomáticos. “Se casaron albañiles, pediatras, jubilados, recolectores de residuos, lo que quieras. Hoy, no hay provincia argentina en donde no se haya celebrado al menos un casamiento igualitario”, agrega Esteban Paulón, presidente de la Federación Argentina de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Trans (FALGBT). Pero hubo, también, muchas otras “primeras veces”, del todo más sutiles. Invisibles consecuencias derivadas directamente de aquella ley que nadie pensaba que se pudiera a aprobar, y se aprobó. ¿Pequeñeces? Pequeñeces, claro, pero de esas que hacen de la vida un sitio más amable. Hubo, por caso, alguien que pudo acceder por primera vez a la obra social de su pareja. Quienes se tomaron licencia matrimonial. Y hubo, también, quienes pudieron asegurarles a sus hijos la protección que hasta entonces no tenían. Pero eso es quizá lo que destaca sobre una superficie socialmente quieta. Porque, como cantó alguna vez Carmen Miranda, “el mundo no se acabó”. La ley fue aprobada, las parejas se casaron y el universo no dejó de girar por eso. En cierto sentido, pasó mucho. Y no pasó nada.

La ley 26.618 -conocida desde entonces como Ley de Matrimonio Igualitario– fue sancionada el 15 de julio de 2010 y promulgada el 21. Nueve días después en Frías, Santiago de Estero, y tras 27 años de convivencia, la primera pareja se casó a las 7.45. Tres horas más tarde, en Palermo, Alejandro Vanelli y Ernesto Larrese se convertían en el primer matrimonio casado en Capital Federal. Al día siguiente, dos mujeres dieron el “sí” en Río Gallegos. Desde entonces, la norma ha sido invocada -según cifras, por 2695 parejas. Más de la mitad (60%) fueron varones y el 40%, mujeres. El promedio de edad de los contrayentes fue de más de 45 años, y con no menos de 10 años de convivencia. “Se casaron sobre todo las parejas de muchos años que estaban esperando este derecho”, explica César Cigliutti, presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA).

El mito -siempre hay un mito- profetizaba hordas corriendo hacia los registros civiles con la única intención de “destruir la familia”. No hubo tal cosa. La tan mentada “avalancha de gays extranjeros” viniendo a casarse también fue otro bluff, por la sencilla razón de que la ley sólo ampara a argentinos o a extranjeros radicados.

Los efectos legales de la ley en materia de derechos civiles de gays y lesbianas son indudables. Pero: ¿logró profundizar el cambio de mentalidad que le dio lugar? ¿Alcanza la sanción del derecho al matrimonio gay como medida suficiente de tolerancia social hacia la diversidad sexual?

No necesariamente. México DF aprobó su ley de matrimonio igualitario pero México sigue siendo un país donde la persecución de la diversidad sexual es moneda corriente. Por el contrario, Estados Unidos tiene una fuerte militancia anti matrimonio gay y, sin embargo, cuenta con políticos gays o lesbianas populares.

Por eso vale la pregunta: ¿cuál es el mejor termómetro para medir la tolerancia gay de una sociedad? ¿Cuán gay friendly es la Argentina hoy?

Poco si se la compara con algunos países de avanzada al respecto. Se sabe: Islandia bate records con su Primera Ministra Johanna Sigurdardottir, la primera lesbiana en liderar un país. También es lesbiana la alcaldesa de Zurich y gays son los de Berlín y Hamburgo. Lo mismo el de París, Bertrande Delanöe. Hasta Estados Unidos tiene una alcaldesa lesbiana, la demócrata Annise Parker, que gobierna Houston con el 53 por ciento de los votos.

De eso no se habla

Por el momento, en la Argentina, el listado incluye muy pocos casos. Ahí están en Tucumán la concejal travesti Rody Humano y el funcionario Juan Carlos Lizárraga, que se casaron apenas aprobada la ley. Pero su relación no fue un coming out post ley.

La ex diputada nacional por el Partido Socialista, Silvia Augsburger, una de las principales promotoras de la ley, tiene una explicación para tanto silencio político. “Todavía no hemos transformado la experiencia personal de un adulto que quizás lleva veinte años en la política y tuvo su despertar sexual en una sociedad donde el tema era tabú. En las nuevas generaciones va a ser distinto”, argumenta.

El planteo es interesante: el silencio como la quintaesencia de la naturalidad con que se vive una situación. Sin embargo, cabe otra posibilidad: la invisibilidad como represión y, por el contrario, la visibilidad de la diversidad sexual como muestra de tolerancia.

De hecho, en el debate parlamentario que precedió a la sanción de la ley, fue un hombre del espectáculo, Pepe Cibrián, y no un político quien le puso el cuerpo al impulso de la norma. También en primera persona habló, sí, un político, el diputado nacional Ricardo Cuccovillo, del Partido Socialista, que conmovió al auditorio al contar la historia de su hijo. Fuera del ámbito político, en cambio, el clima social que sancionó la ley dio mejores frutos: el diseñador Pablo Ramírez, el director del ballet del San Martín, Mauricio Wainrot, el cantante Pablo Ruiz, Marcelo Costa, un alto ejecutivo regional de Delta Airlines, entre muchos otros, salían del armario a plena luz del sol, ante los medios.

“¿Casado?”. “¿Sí?” . “¿Nombre de su esposa?” “Raúl”. Costa sostuvo ese diálogo más de una vez. Se casó en octubre de 2010, después de 26 años de convivencia. “Al principio fue un shock para mucha gente menos abierta -repasa-. Pero un año después, la ley sirvió para cambiar la cabeza de la gente.”

En el Colegio Nacional Buenos Aires, la tolerancia a la diversidad sexual no es un fenómeno post ley. Hace unos años, el presidente del Centro fue un chico gay. En 2009, el colegio tuvo por primera vez una Comisión de Diversidad. Fue una idea de dos alumnos, una chica lesbiana de 18 y un chico transgénero de 17 que habían sido novios cuando él todavía se sentía mujer. “Con [Horacio] Sanguinetti, estaba prohibido que se tomaran de la mano. Pero hoy ves en la puerta del colegio o en los pasillos chicas o chicos del mismo género que están de la mano o por ahí se dan un beso”, dice Felipe Venancio, del Centro de Estudiantes del Colegio. Según sus propias estimaciones, habría un chico o chica que reconoce abiertamente su condición cada dos divisiones.

Para la ex diputada socialista, otra prueba del progreso del último año es el debate parlamentario, y social, en torno a la ley del nombre y la fertilización asistida, ambas desafiadas por la realidad de las parejas del mismo sexo.

Techos de cristal

El presidente de la Cámara de Comercio Gay Lésbica Argentina creada en diciembre, Pablo De Luca, y organizador de Gnetwork360, la conferencia internacional de marketing y turismo LGBT que se hará entre el 13 y el 15 de julio, ofrece otra prueba del panorama post ley: empresas de primer nivel que se resistían al nicho gay lo contactaron al día siguiente de la aprobación. Si faltaba una legitimación a la minoría gay, ahí estaba la del mercado.

Uno de los pocos estudios disponibles sobre la percepción social de la minoría gay y lesbiana fue desarrollado desde la Cámara. La encuesta se extendió a nueve países de América latina. En Argentina recogió tendencias posteriores a la ley.

¿Qué porcentaje de la población es homofóbica? Para el 50 por ciento de los gays y lesbianas argentinos, la mitad de la población lo es y el 21 por ciento cree que la mayoría es homofóbica. En Brasil, en cambio, el 41 por ciento cree que la mayoría es homofóbica y el 43 por ciento, cree que la mitad lo es. Otra pregunta plantea los efectos de salir del armario en la carrera profesional. Para el 16,6 por ciento de los gays y lesbianas argentinos, puede afectarla “definitivamente”. El 25 por ciento cree que “sí, probablemente”.

“Sabemos que existe el armario corporativo’ -explica De Luca-. Es como el techo de cristal’ de las mujeres’, que no las deja ascender”.

En Chile el panorama es menos prometedor: el 29,5 por ciento cree que “sí, definitivamente” salir del armario afectará su carrera y el 33,5 por ciento cree que “probablemente”. De Luca no duda: “Las diferencias entre Argentina y Latinoamérica tienen que ver con la promulgación de la ley. Donde no hay ley, hay menos aceptación”.

Y entre los que con más énfasis se opusieron a la ley en el Congreso, ¿hubo algún cambio de perspectiva desde entonces? La diputada Cynthia Hotton, de Valores para Mi País, una de las más firmes opositoras, dice: “Este año me sirvió para tomar conciencia del avance de la comunidad homosexual para instalar su posición frente a todos los debates, más allá de un reclamo por querer casarse”, dice. Al contrario de Augsburger, Hotton ve con alarma que en temas como fertilidad asistida la posición gay y lesbiana empiece a tallar.

Está claro: Hotton sigue firme en sus ideas. Y quizás también en ese tipo de posiciones se pueda percibir qué es ser una sociedad tolerante, en la naturalidad con que se convive con la minoría, la que sea. La que resiste algunos aspectos de los derechos de gay y lesbianas, y la que los celebra plenamente cada vez que se sancionan.

Sí, quiero (o no)

Así y todo, tampoco es que todas las parejas de homosexuales hayan saturado los registros civiles en julio. Según Osvaldo Bazán, autor de la Historia de la homosexualidad en la Argentina (Ed. Marea), de la que se publicó una reedición ampliada después de la ley, eso fue porque “ahora que podemos elegir, sólo se casaron las parejas que querían. En ese sentido, la ley cambió nuestra cabeza, porque ahora podemos pensar en cosas que antes nunca habíamos pensado. Y eso es lo revolucionario”

Hace apenas unas semanas, el pasado 28 de junio -un día de esos en los que el frío es un cristal que se estrella en la cara-, el centro de Buenos Aires se llenó de gritos y banderas multicolores. Y reunida bajo la consigna “Sí, soy”, la comunidad gay se dio cita para marchar por la ciudad de Gardel.

Hay quienes dicen que si para algo sirvió esta ley, fue precisamente para enjuagar cierto pasado violento y reposicionar a Buenos Aires como una ciudad libre de homofobia. Hospitalaria, incluso, a la luz de todo un universo de lugares, servicios y productos embanderados detrás del arco iris, símbolo y bandera de la diversidad sexual. Desde hoteles como el Axel (y más de dos docenas que se declaran “gay welcoming”), pasando por “espacios”, boliches y restaurantes, todo aquí parece estar esperando a los viajeros GLTB. Y si bien algo de esto parecería desvanecerse a medida que nos alejamos del kilómetro cero (“porque acá sos gay, pero en el interior sos puto”, ilustra un activista), la sanción de la ley tuvo, también allí, un efecto profundo.

De hecho, basta con recorrer la página electrónica de la Federación para advertir que varias de las organizaciones que la integran datan justamente de hace un año. ¿Y qué sucedió hace un año? Para muchos, un hecho histórico: la diversidad sexual dejó en cierta medida de ser lo nefando (eso que no se puede siquiera poner en palabras, lo innombrable) para volverse sonido y argumento. “El 4 de mayo de 2010, por primera vez, en 127 períodos parlamentarios, se escuchó en el recinto la palabra “homosexual”. Y, de repente, se habló de diversidad sin eufemismos”, ilustra Paulón.

Diversos , iguales. Y no tanto

Sin embargo, es evidente que la ley no vino tanto a fundar un nuevo estado de cosas como a reconocer -y a legitimar- situaciones preexistentes. Las denominadas familias diversas, en cualquiera de sus versiones, ya estaban allí cuando la ley llegó para decirles que también tenían derechos.

Veamos: cuando, en 1996, la pareja con la que Afredo Pascale había convivido por 47 años falleció, él inició el trámite necesario para recibir una pensión. Pero, ¿cómo hablar de “viudez” cuando no había habido casamiento? Sin embargo, tras diez años de reclamos y una resolución de la Anses de agosto de 2008, Alfredo Pascale fue el primero a quien se le reconoció ese beneficio. Hace algunos días, y por un fallo de la Corte Suprema, ese beneficio se hizo retroactivo. “Estoy orgulloso de la decisión de la Corte Suprema, que servirá de precedente para todos”, declaró entonces Pascale. A Adriana y Florencia, una pareja de rosarinas que se casó en febrero de este año, la ley les permitió una partida de nacimiento (la de sus mellizas, nacidas el 5 de junio) en donde figura el nombre de las dos madres. Claro que antes hubo que explicarle a la funcionaria del registro civil -quien quería anotar a las nenas sólo con el apellido de la madre biológica- que había una ley, y decía otra cosa. “Somos la primera pareja casada legalmente en tener hijos en la ciudad. Cuando llegué al registro civil, la jueza se negó a anotarlas, negando a nuestra familia, negando que yo también soy madre junto a Flor”, se quejó entonces Adriana. Y si todo terminó bien fue porque la CHA tomó cartas en el asunto y llamó al gobernador de la provincia Hermes Binner para comunicarle el episodio, luego de lo cual las dos niñas pudieron ser inscriptas como lo establece la ley.

En este sentido, Paulón es rotundo: “A veces, lo que la ley garantiza lo quita la ignorancia o la resistencia burocrática. Mientras no se termine con la homofobia profunda, el matrimonio no será más que una declaración jurada de homosexualidad”, alerta. Y cita los casos de quienes, tras el casamiento, pierden “misteriosamente” sus empleos. Con todo, hay una palabra desde el poder que nombra lo que antes no podía siquiera mencionarse. Y, a cuentagotas, comienza a modificar algunas cosas. Pequeñas cosas. Hace cuatro semanas, en el CGP de Culpina y Avenida Rivadavia, en Flores, dos chicas al sol en medio de aplausos y un gran revoleo de arroces se dieron un abrazo. Y fue un abrazo tan abrazo, que era verlo y saber todo lo que cabía ahí dentro. Cuántos años, cuántos silencios, cuántos terrores y cuántas soledades juntas. Después, la escena se recompuso y las dos, con un ramo de flores cada una, posaron para la foto. Pasó entonces por la vereda una viejita con la bolsa de las compras en la mano. “¡Que vivan las novias!”, gritó. Y también ahí, en ese deseo, estuvo todo lo demás.

Notas complementarias a este informe pueden encontrarse en la edición de este domingo 10 de julio del diario Miradas al Sur, cuyos links dejamos a continuación:

El largo camino de la bandera arco iris hasta el Congreso (Por Exequiel Siddig)

Los proyectos que esperan luego del matrimonio homosexual (Por Diego Long)

Tensiones y confusiones dentro de la escuela (Por Claudio Rodríguez, coordinador del Grupo de Docentes de la Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina (Sigla))

De parejas a famílias, el fin de um apartheid (Por Gabriel Oviedo, Director SentidoG.com)

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