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Tu esqueleto en el clóset

Por: Carolina Sanín

Lobos fuera del closet

 

Em el segundo capitulo de La tercera temporada de True Blood, ante la revelación de que los hombres lobo existen, el hermano medio tonto de la protagonista le pregunta entusiasmado a su hermana si también existe Santa Claus.

La trama principal de la serie, el difícil romance entre una aparente humana y un vampiro, tiene como antecedente la “Gran Revelación”, el evento a través del cual los vampiros “salieron de sus ataúdes” y le contaron al mundo que existían. El destape de los seres fantásticos subsume en la esfera de lo natural el imaginario de lo sospechado y lo negado, e indica que el área de la normalidad es infinitamente ampliable.

En la última semana he estado viendo la serie (por vía pirata, cómo no) a razón de cuatro horas diarias. Además de confirmarme la inagotable fertilidad de la figura del vampiro, que suscita reflexiones sobre la memoria histórica, la inmigración, la raza, el amor y el sida, y además de ratificarme en mi inagotable capacidad para ver televisión, la serie me ha llevado a pensar en la acción —o el acto— de salir del clóset, un leitmotif de nuestro tiempo.

Coincidencialmente, el New York Times publicó la semana pasada, en días consecutivos, dos piezas sobre salir del clóset. Una está escrita por Benedict Carey y cuenta la historia de Marsha M. Linehan, una psicoterapeuta que reveló su propia enfermedad mental después de haber desarrollado un exitoso tratamiento para pacientes con tendencias suicidas. En la otra, el periodista de origen filipino José Antonio Vargas, ex reportero del Washington Post y ganador de un premio Pulitzer, se arriesga a la deportación al revelar que desde los doce años ha vivido como inmigrante ilegal en Estados Unidos y al describir en gran detalle los fraudes que ha cometido para ocultar su condición.

La salida del clóset es una afirmación política, una hazaña personal, una crítica social y un subgénero literario que se distancia del de la confesión. Quien sale del clóset no cuenta qué ha hecho sino qué es. A través de su discurso no rinde un testimonio sobre la superación de su carácter previo; no se convierte en quien quiere o debe ser, sino que se identifica; define un ser propio que antes no había definido, y se distancia, a través de la revelación, de quien aparentaba ser. No está contrito sino jubiloso, o al menos aliviado. No sólo no busca la absolución o el castigo (o sea, el perdón en ambos casos) como el reo confeso o el político gringo adúltero, sino que tampoco busca ayuda. El que dice “soy homosexual” o “tengo una enfermedad mental” o “soy un inmigrante ilegal” no quiere tampoco presentarse como víctima; no pide que lo acepten entre los normales sino que amplía el concepto de lo normal. No dice que tiene un esqueleto en el clóset sino que nos muestra que él es nuestro esqueleto en el clóset. Y más que decir “yo soy otro” dice “yo, que soy uno más, soy yo”.

A través de su manifiesta inscripción en una categoría (homosexual, bisexual, extranjero, enfermo mental), quien sale del clóset está poniendo en evidencia no sólo las falacias en los prejuicios ajenos sino también la inadecuación de las categorías. El secreto que quien sale del clóset revela no es otro que la existencia del individuo —ese ser fantástico, literario, con historia, vida y detalles— detrás del mito de la minoría étnica o social —mitológica— en la cual se inscribe.

La atención que estamos prestando a las salidas del clóset, que decretan nuevas exigencias de honestidad, valentía y solidaridad, revela una transformación en nuestra actitud con respecto a la autoridad, la ley, los códigos morales y las barreras impuestas por las mayorías. Es también indicio de un cambio en nuestra concepción de la vida privada y en nuestra recepción del arte que se sustenta en ella, a saber, la literatura.

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