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Gays cumbieros y wachiturros

Por Ioshua – (SOY)

Gays cumbieros

Desde diversos barrios del conurbano, los miércoles y los sábados, cuando cae la noche, salen en peregrinación chicos y chicas con look deportivo y ansias de cumbia gay. Contra todo pronóstico, la catedral tropical a la que se dirigen está en el centro, en plena calle Cerrito. Moda pasajera o movimiento sexy, la cumbia, sin dudas y desde hace rato, trasciende las fronteras de los géneros.

Desde alguna curva de 2007, la cumbia y toda su carga social, estética y discursiva entraron en la comunidad Glttbi local para hacer sacudir las caderas y algún que otro prejuicio. No había nada más hétero y más homofóbico que la cumbia, parecía. De alguna manera, la banda Kumbia Queers y el comic Cumbiagei fueron la patada inicial que abrieron las puertas a un fenómeno que se impuso no sólo entre los más jóvenes, que rápidamente hicieron propios sus códigos de vestimenta deportiva y vocabulario barrial para darles un giro tropical a sus identidades homosexuales, sino entre muchos otros amantes de esta música.

Prehistoria wachita

Primero esta estética, este código, fue representativo de los pibes y pibas que en los barrios se vestían como los demás en el conurbano: réplicas baratas de marcas como Adidas o Nike, escuchaban cumbia y no tenían otro interés, cada fin de semana, que el de ir a la bailanta con sus amigos. Luego la visibilidad homo aparece en las redes sociales, donde estos chicos y chicas ya empezaban a fotografiarse besándose y declarando relaciones de amor enfundados en sus ropas más cotidianas; así el look callejero barrial empezaba a convertirse sin dudas en el nuevo morbo de un estereotipo gay-lésbico que exigía su lugar entre las fantasías homoeróticas… Y lo demás era sólo ponerle ritmo.

Las primeras juntadas se hacían en el subsuelo de la discoteca gay Angel’s (Viamonte 2168), que pasaba cumbia toda la noche, hace unos años catalogado como el reducto groncho y grasa si los hay, pero luego recuperado como el lugar ideal para conseguir algún machito bien de barrio. Después proliferaron foros y grupos virtuales que ayudaron a comunicar más rápidamente estos encuentros a otros chicos que quizá ya estaban buscando lo mismo. Pero esta movida de liberación Glttbi, como tantas otras, seguía ocurriendo en la Capital, en discos del centro de la Ciudad de Buenos Aires bien lejos de una realidad donde muchos de estos cumbieros gays no tenían dinero para acceder a las discotecas… Paradójicamente, la liberación que ellos mismos estaban delineando se daba bien lejos de una realidad donde muchos de esos cumbieros gays no tenían dinero para acceder a las discotecas. Es llamativo cómo esta cotidianidad de los márgenes fue rápidamente capitalizada (valga la analogía) nuevamente en la urbe, volviendo a dejar afuera a los que ya antes estaban excluidos de las discotecas para chetos. Eso obligó a muchos cumbieritos gays a viajar cada finde hacia la Capital desde sus barrios sólo para encontrar, quizá, algo de eso que buscaban y no encajaba en casi ningún otro lugar, pues se veían demasiado villeros para un boliche gay y demasiado maricas para una bailanta tradicional. Este contexto generó una especie de diáspora en busca del otro semejante, al menos ésa es la promesa de cada noche en la bailanta, pues los ánimos bailanteros son la pura fuerza de estos adolescentes que salen de sus orillas a las luces capitalinas que inflan sus pistas con cumbia, y todo esto look mediante caras perforadas de aritos, celulares con cámara, rapes de peluquería, lentes de contacto celestes y zapatillas ostentosas… Sí, todo bien, pero muy caro. ¡Y todo para lucir lo más barrial posible! Y también para lucir lo más parecidxs entre sí, como cualquier adolescente buscando su pertenencia estética.

El centro de la periferia

Así que el punto de encuentro de los pibes y pibas de barrio, paradójicamente, se dio muy lejos de sus lugares de pertenencia. Un ejemplo de esto hoy está en el microcentro y es el sótano Cerrito Mix. Autodefinido como “la catedral de la cumbia”, este lugar congrega a jóvenes fieles de lo tropical en un marco de tolerancia y descaro marica, pero todo con el look cumbiero de luxe: casacas de fútbol, gorritas, aritos en las caras, cortes de rape y lentes de contacto celestes. Todo tan prefabricado como en cualquier otra discoteca, sólo que aquí se dicen “cumbieros” sin mayores culpas de clase ni pertenencia, pues en este lado del ambiente eso es puro sex appeal. La animadora travesti, la cerveza y los tragos coloridos desinhiben las caderas, y putos y tortas se pasan las horas bailando la misma cumbia que en otra bailanta, pero aquí está la libertad de la identidad que facilita levantes de chicos y chicas en casi todos los rincones de la pista, y los baños por supuesto.

Y hasta aquí todo parece sólo casi una réplica homosexual de una bailanta común y corriente: animador del baile y figuras de dudosa calidad mediática como Zulma Lobato o Los Wachiturros… Y eso de algún modo es así, pues la única travesti aquí es la animadora. Y las identidades trans, ¿qué lugar tienen aquí? ¿Acaso no hay trans cumbierxs? ¿Irán a otro lugar? Luego, de más está decir que ser o parecer un chonguito viril (activo) es lo más cotizado entre los gays de este club… Pero hablándolo con un chico de lo más masculino, me confeso: “Pasa que acá faltan activos” (sic). De lo que entendí que ni siquiera aquí era menos importante la superficialidad de ser UN VARON, en los términos más tradicionales. Esto de la cumbia y la homosexualidad aún sigue expandiendo su revuelo original y como para balancear la escena homomachista este año nace TROPITORTI, una fiesta tropical lesbiana para chicas en la zona de Abasto (www.tropitorti.blogs pot.com) y esto recién empieza…

Tomo una cerveza más y me voy cruzando miradas con algún pibe en la barra y pensando que aun la movida tropical más purista parece distante de esta nueva realidad queer, ya que sólo las míticas Lía Crucet y Gladys la Bomba Tucumana (y sus idealizaciones casi travestis) frecuentan los escenarios de estas fiestas teniendo alguna cercanía con el público gay cumbiero, en lo que por ahora sólo es bailar el mismo playlist que en cualquier bailanta. Pero, ¿será posible imaginar a MC Caco, El Dipy o El Re Tu Tu tocando pronto en alguna fiesta gay o en la Marcha del Orgullo Glttbi? Suficiente para mí. Me vuelvo al barrio, donde los pibes en la calle siguen siendo mi fascinación.

No sos vos, soy yo

Alrededor de este cruce de música tropical y homosexualidad, quizás, y lamentablemente, el registro que más fuerte haya quedado sea el de Los Sultanes con su “Estoy saliendo con un chabón”, una canción aun menos graciosa que los personajes que la interpretaban. Amanerada al ridículo e intrínsecamente homofóbica, este hit mediático sostenía a unas maricas cumbieras que se protegían en el beneficio de la duda desde el título de su disco, ¿Son o se hacen?, y lejos de aportar diversión y naturalidad a ese nuevo movimiento que se avecinaba, Los Sultanes potenciaban todos los prejuicios que se tenían sobre los gays en la cotidianidad de los ámbitos cumbieros más heterosexistas. En las letras de estas cumbias straight, los gays son como las viejas maricas de las comedias de la televisión y el cine, hoy tan anticuadas; en sus letras los gays son afeminados pícaros que apenas pueden tratan de atraer a algún pobre hétero; en general están ávidos y deseantes, pero no van mucho más allá de sólo desear el acercamiento a algún “chabón” que les haga la gracia de mirarlos al menos, insistiendo y sosteniendo una supuesta incapacidad de una relación homosexual con un hombre hétero. Todo eso llevado a escena con malos playbacks televisivos decorados con strippers disfrazados de policías.

Esta experiencia quedó aún en los oídos del gran promedio de nuestro país y ciudades limítrofes, y así Los Sultanes, un producto real o no, fueron el centro de una explosión tropical heteronormativizada con sus ficciones y recursos de caricatura sobre la identidad homo, que muy afortunadamente no hicieron mayor contribución a la nueva cultura de la cumbia gay que empezaba a surgir desde los adolescentes en los barrios.

En un lugar completamente opuesto de la pista, valorando la honestidad y el coraje como medida de autenticidad, allí está la preciosa Dalila, pionera low profile, que en 2001 ya enamoraba a todas con sus cumbias santafesinas sin mayor artificio que su voz y su imagen de lesbiana frontal. Chequear especialmente su tema “Amor entre mujeres”, donde va calentando la temperatura mientras remarca varias veces “que eso está mal”, “que eso no es normal”: “Ese amor es diferente a los demás, / está prohibido / ese amor entre mujeres está mal”. Sólo que por el modo en que están dispuestos los versos, y lo ardiente que se va poniendo la cosa con su voz y con el ritmo, de pronto no entendemos muy bien qué es eso que está mal, ya que enseguida agrega: “Dios ha querido / que a las dos no les importe nada / que otros las vean así”. ¿Será que Dalila se ríe de todos los normales mientras dice abiertamente que Dios ha querido que a ellas no les importe nada? La letra con su ambigüedad continúa en la segunda estrofa: “Y sé que no está bien / amor entre mujeres / que no es algo normal / lo mucho que se quieren / y sé que no está bien / que las juzguen de locas / tenerse que esconder / para rozar su piel”.

A ritmo de cumbia, podríamos decir, para no quedar fuera de tono, que Dalila logra dar vuelta la tortilla.

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