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Consultorios amigables que atienden a los que el sistema sanitario rechaza

Por Soledad Vallejos – Buenos Aires (Pagina 12)

Travestis, lesbianas, hombres que tienen sexo con hombres. Quienes por prejuicios muchas veces quedan afuera del consultorio ahora tienen un espacio propio en hospitales.

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Ir al consultorio médico no es tan fácil como parece. De acuerdo con la geografía, la identidad, el género, la edad, las opciones sexuales, la puerta puede abrirse de par en par o convertirse en un obstáculo imposible de dimensionar a escala humana. Lo saben las personas de la diversidad sexual y lo cuantificó una investigación del Ministerio de Salud de la Nación, cuyos resultados sirvieron para impulsar alianzas con organismos internacionales y ONG locales, mediante un proyecto de Servicios de Salud Amigables. Son consultorios que abren sus puertas de noche, o entre el mediodía y comienzos de la tarde. Atienden a travestis, varones gays, hombres que tienen sexo con hombres pero no se definen como gays, mujeres lesbianas, mujeres heterosexuales que por distintos motivos no concurren a los consultorios regulares de los centros de salud. Realizan chequeos para enfermedades de transmisión sexual y, de ser preciso, prescriben tratamientos, pero también pueden convertirse en la puerta de entrada a la atención clínica generalista para personas que quizá no pisaron un centro de salud en años, aun cuando lo necesitaran.

Porque es un programa piloto del que podría desprenderse la inclusión de consultorios amigables en los servicios de salud, de momento sólo funciona en cinco puntos del país: Mar del Plata, Rosario, San Juan, Salta y provincia de Buenos Aires (ver aparte). Los auspicios de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y agencias de Naciones Unidas permitieron consolidar el comienzo. Pero la experiencia es tan rica que autoridades nacionales y activistas locales creen que no terminará acá. Auguran, de hecho, su próxima transformación en política pública de salud.

El informe tuvo un título tan extenso como profuso fue su contenido: “Condiciones de vulnerabilidad al VIH-sida e ITS y problemas de acceso a la atención de la salud en personas homosexuales, bisexuales y trans en la Argentina”. Relevó, entre otros recortes, la atención de la diversidad en los servicios de salud. “Y lo que vimos fue que había dificultad en el acceso. Sabíamos que hay algunos servicios en el país donde eso no pasa, pero queríamos promocionar ese tipo de servicio en lugares donde no los hay, que son mayoría”, explica Carlos Falistocco, titular de la Dirección de Sida y ETS del Ministerio de Salud nacional. Eso se convirtió en el “Proyecto para mejorar la accesibilidad a la prevención, diagnóstico y atención del VIH e ITS de población gay, trans, bisexual y de trabajadoras sexuales”, que también contó con apoyo de Onusida, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo de Población de Naciones Unidas (Unfpa).

Falistocco explica que, aun cuando “hubo muchas propuestas”, debían darse determinadas condiciones para decidir dónde instalar el consultorio amigable. Por empezar, debía ser en un hospital y no fuera de él, porque “la idea es que quede dentro del funcionamiento habitual, que sea sustentable más allá del proyecto” puntual. Además, el hospital debía tener la posibilidad de “brindar horarios preferenciales, atención en distintos servicios y no sólo en diagnóstico de VIH, porque se trata de salud integral”. El equipo de profesionales que participara debía capacitarse “en temas de discriminación y vulnerabilidad”, y en la jurisdicción debía “haber ONG o referentes de la sociedad civil vinculados con los servicios de salud, y que fueran el nexo con la comunidad”. Sobre esa base, todo fue trabajo en terreno.

El riesgo del ghetto, sin embargo, existía; “caminábamos por esa cornisa”, recuerda Falistocco, porque el consultorio no debía funcionar como espacio discriminatorio pero, a la vez, mantendría un funcionamiento independiente. “Pero funcionó. Creemos que en gran parte porque empezó a diversificarse la población que va a atenderse” (ver aparte).

En esa diversificación de población que acude a los consultorios amigables con la diversidad navegan, también, realidades poco visibles. Pasa con los HSH, “Hombres que tienen sexo con hombres”, una categoría que conceptualiza “las prácticas y no las identidades sexuales”, explica Marcelo Vila, coordinador subregional en VIH/Sida para el Cono Sur de OPS/OMS. Se trata de varones que, amén de esas prácticas habitualmente mantenidas en secreto, sostienen parejas heterosexuales. La de HSH es una población “con alta prevalencia de VIH en la región de las Américas”. “Se estima que uno de cada diez, es decir, diez de cada cien HSH, están infectados con VIH. En la población general, en América latina, la prevalencia es de entre 0,4 y 0,6 por ciento, es decir, entre cuatro y seis personas cada mil.” Los estudios que relevan la prevalencia de VIH entre población trans aún son escasos. “Pero la prevalencia de VIH entre trans, según lo que tenemos, es bastante más elevada: oscila entre el 20 y el 34 por ciento.”

El caso de Salta

Aunque el trato pareciera políticamente correcto y formalmente cortés, en Salta la discriminación se imprimía en gestos contundentes. “En la historia clínica de una persona con VIH, por ejemplo, el diagnóstico señalaba la homosexualidad como enfermedad”, cuenta Matías Hessling, del Observatorio de la Diversidad, a la hora de graficar la experiencia de ser juzgado y señalado como outsider en el terreno de la salud. Otra historia clínica, también referida a una persona infectada con VIH, “ponía como ‘fundamento’ del contagio ‘prácticas promiscuas, homosexualidad’. Y son casos de los dos últimos años”. Con ese trasfondo, la provincia presenta también otra particularidad: “el VIH está invisibilizado”, a tal punto que los servicios especializados apenas cuentan con “dos personas para una población total de un millón y medio de habitantes”, de los cuales no todos se han realizado los testeos. Cuando se trata de población LGBT, “eso empeora”, y en la capital provincial el estigma puede fortalecerse porque sólo un hospital, Señor del Milagro, atendía a personas infectadas con VIH, “y entonces si ibas al Milagro, era porque tenías sida”.

Por ello el primer paso para instalar el Consultorio Amigable, en este caso, fue “sacarlo del hospital de referencia en VIH para llevarlo al San Bernardo, que es de referencia en clínica generalista”. Desde entonces pasaron nueve meses, al principio de los cuales el trabajo consistió, fundamentalmente, en “instalar el testeo voluntario y confidencial, vinculado con ETS” y garantizando la privacidad. Desde entonces, también, persiste el asombro ante algo que no estaba en los planes: la alta concurrencia de mujeres heterosexuales. “La hipótesis es que esto pasa porque las políticas de salud reproductiva en Salta cuesta mucho que se respeten, no están instaladas, no son demasiado promovidas. Sí se habla de violencia de género, pero el abordaje de la salud reproductiva todavía es marginal. Entonces vemos que una población heterosexual, que en realidad no tiene dificultades para acceder a servicios de salud, sí las tiene para plantear a su médico asuntos relacionados con prácticas sexuales o salud reproductiva. Entonces vienen al consultorio amigable y piden consulta ginecológica.”

Lunes y miércoles, entre las 7 de la tarde y las 9 de la noche, en el Hospital San Bernardo esperan un clínico, infectólogos y psicólogos que “ya venían trabajando, ya estaban sensibilizados”, y el dato no es menor porque a nivel local ello “es un cambio cultural”. Hessling refiere, para explicarlo, que en talleres de prevención de enfermedades de transmisión sexual con adolescentes, en colegios, “muchas veces los profesionales a cargo terminan mostrando imágenes de genitales infectados, por ejemplo. O sea que para hablar de prevención se instala un discurso de miedo, asustan a los pibes. No se habla de preservativo, se refuerza la discriminación a personas infectadas con VIH”.

Al principio, la decisión de un consultorio especial, orientado a la diversidad sexual, llamó la atención. “Nos decían si no estábamos instalando un ghetto. Pero no, porque acá se trata de garantizar el acceso a un derecho, porque por ser travesti no te atienden, por ser gay no te atienden…”. Hacer que se note la diferencia entre esos rechazos y estos tratamientos amigables, dice Hessling, no es fácil, porque “en realidad es un doble trabajo: por un lado, con la población para que conozca sus derechos; por otro, con los efectores, para que no exista esto sino que todos los servicios sean amigables”. En ese sentido, el consultorio de hoy tiene una meta clara: ser “una puerta del sistema sanitario para que los efectores se sensibilicen y esto cambie”.

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