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No todo lo que brilla, brilla

Por María Maratea (SOY)

Emilia y Luciana cuentan por qué no todo brilla

Son novias desde hace un año y nacieron en la era del respeto a los derechos. Aun así, las expulsaron de su equipo de handball por lesbianas, recibieron bromas pesadas en la escuela y el rechazo de sus padres. Para que no se vaya a pensar que todo ha cambiado completamente, Mili y Luli cuentan su historia.

Emilia (Mili) y Luciana (Luli) son novias desde hace un año. Se conocieron jugando handball en Vélez, hace cinco, cuando Luli tenía 15 y Mili 18, de donde las echaron por ser pareja. Si bien no existe ninguna regla que diga que dos personas del mismo sexo no pueden tener una relación en cualquier equipo de cualquier deporte, el entrenador les dijo que desde ese momento en que eran despedidas, esa regla comenzaba a regir. Hasta los 18 años Mili tuvo romances con varones con los que nunca llegó a tener sexo. A esa edad tuvo su primer romance con una mujer. Después intentó otra relación con otro hombre pero sentía que lo hacía por su familia. Luli había salido con algunos chicos pero nunca llegó a intimar. Cuando se enteraron de su nueva relación, la echaron de la casa.

Les pregunto si tienen ganas de contar un poco cómo es ser lesbiana a los 20 y a los 23, en una sociedad que no se despojó del todo de sus anacronismos y donde a la vez los nuevos vientos las ponen frente a situaciones donde se pueden sentir contenidas y acompañadas, como el caso del colectivo de la línea 105 que va de Constitución a Retiro. Un día, a las seis de la tarde, cuando se dieron un beso y la señora escandalizada le pidió al chofer que las hiciera bajar, que era un asco, que no tenían vergüenza. “Bájese usted, señora si no le gusta lo que ve” dijo el colectivero. Y con la aprobación de los pasajeros, mientras la señora se apuraba a descender, arremetió: “Déjelas tranquilas, si no molestan a nadie. Déjese de joder, quiere”.

Mili: —Ahora que lo pienso, creo que cuando era chica me llamaban la atención algunas mujeres, pero era un sentimiento siempre reprimido. Estaba saliendo con un chico cuando me empezó a confundir una compañera de teatro. Empezaron los roces, eso que yo llamo contacto innecesario: no tengo necesidad de tocarte pero te toco igual porque tengo ganas de tocarte. Lo dejé a él y empecé a estar con ella. Después me contó que estaba comprometida con otra mujer, con alguien del mismo grupo hacía tres años. Y me rompió el corazón. Para mí ella era muy importante, estuve como ocho horas para darle el primer beso. No dormía, escribía para desahogarme y cuando lo leía me daba bronca y rompía todo. No podía creer haber escrito esas cosas, sentía que no estaba bien lo que estaba haciendo. Cuando me contó que estaba comprometida pero que quería dejar a su novia por mí, me fui. Ella me siguió, me pidió perdón, la dejó a su novia y estuvimos un tiempo juntas. Hasta que me dejó para volver con ella, pero después volvimos otra vez. Fui la segunda durante un año. No sé cómo me siguen gustando las mujeres después de lo que sufrí. Con mi novio, con el que había salido antes que ella, fue distinto. Con un hombre todo es distinto. Es inexplicable, ninguno mejor que el otro. Después intenté salir con otro hombre pero sentí que lo estaba haciendo por mi familia. Si yo pudiera elegir y decir que me gustan los hombres estaría buenísimo, porque se me facilitarían un montón de cosas. Sería bárbaro decir elijo un hombre, me enamoro, me caso, tengo hijos y listo. Pero yo me quiero casar con ella, quiero tener hijos con ella, quiero vivir con ella. Estoy enamorada de ella.

¿Como fue en tu casa?

Mili: —A mi mamá se lo conté justo el día que mi papá se fue de mi casa. Se estaban separando. Sabía que era una situación difícil pero no aguantaba más. Les estaba mintiendo un montón. Fui a su habitación y riéndome de los nervios, le dije “te tengo que decir algo importante”. “Qué, ¿estás enamorada?”. Sí. “De quién, ¿de una mujer? ¿Estás enamorada de Analía?” Sí, le dije. Ya se había dado cuenta de todo. Lo tomó muy mal. “Te vas, te vas de mi cama, te vas de la habitación.” Yo tenía amigas lesbianas, y estaba todo bien con ellas, siempre fue una persona muy abierta mi mamá, es psicopedagoga, pero a partir de mi confesión estuvimos como un año sin hablarnos. Al tiempo me fui a vivir con mi papá.

¿Y con tu papá cómo fue?

—El, incluso hasta el día de hoy, me dice que le parece bien que me acerque con mujeres pero que nunca diga nunca. Lo toma como una etapa. La que acepta todo es mi abuela, que tiene 82 años. Tiene amigos transexuales, que están en pareja con hombres, y todo bien, van a la casa. Mi abuela fue lo más cuando se lo conté. Ella acepta la condición sexual de cada uno.

Cuando se conocieron, para Luli era curiosidad, intriga más que otra cosa. Había muchos mimos entre las dos, tocarse, abrazarse, típico entre amigas. A pesar de la inquietud que le generaba la condición sexual de Mili, y ante sus dos discretos avances, puso excusas. Mili supuso que bueno, que ya estaba. Que serían amigas. Pero le encantaba desde el primer día que la vio. Fueron los “ufa!” en esos mensajes de texto, un día cuando Mili ya se había ido de su casa. Ufa va, ufa viene, arreglaron para que vuelva a la madrugada cuando salía de trabajar, entonces, de un hostel. Tenía que ser a escondidas. La visita podía resultar sospechosa. ¿Qué hace Mili torta en casa a esta hora? A las dos de la mañana Luli abrió la puerta y Mili entró. Se quedaron en la habitación, ahí. Estaba la tele prendida y una de las dos apagó la luz. Se reían. Se miraban. Juego de manos. Solas, frente a frente. Dura. Dura minutos. Se dieron el primer beso. “Uh, la bardeamos” dijo Luli, pero Mili la volvió a besar.

Luli: —Cuando empezamos a salir con Mili yo me la pasaba todo el tiempo en mi habitación. Mi mamá me notaba rara y un día me preguntó si tenía algo para decirle. Como le dije que no, se fue lloriqueando para la cocina y se puso a secar unos platos protestando que le daba mucha bronca que nunca su hija le contara nada. Bueno, ¿querés que te cuente? Primero me dijo que no, pero enseguida me volvió a preguntar. Estoy saliendo con Mili, le dije justo cuando estaba secando el cuchillo grande. “Ah, me lo imaginaba” contestó. Apoyó el cuchillo sobre la mesada y se fue. Qué, ¿te vas a enojar? “No, no me voy a enojar ¿Hace cuánto?” Nunca le dije exactamente para que no se diera cuenta cuando Mili se quedaba a dormir. Tampoco quieren que el novio de mi hermana se quede. Y empezó también con las preguntas: quiénes lo saben, quiénes no. Ella es directora de un colegio religioso, así que quería que nadie lo supiera. Le dije que lo sabían mis amigas y Alejandro, el entrenador de handball, porque en realidad se lo conté a él antes de contárselo a mis papás. Y bueno, quedó ahi. Esa noche nos habíamos juntado con todas mis amigas en la casa de Mili y al día siguiente me despertó el llamado de mi papá preguntándome dónde estaba, que vaya para mi casa. Yo no pensé que mi mamá se lo iba a contar. Se lo había contado en el Tigre, donde mi papá tiene un velero, esperó a estar bien lejos porque si estaba a diez minutos me iba a venir a buscar de los pelos. Fui a casa y esperé que llegaran. Mamá me mandó un mensaje: “No te olvides que papá te quiere”. Cuando llegó me dijo que saliera, que papá me esperaba en el auto para hablar. ¿Qué? Vos venís conmigo, le pedí. Nos subimos al auto y mi papá manejó hasta un descampado, no sé dónde era, pero pensé que me iban a matar. El se puso a gritar que aceptaba lo que me pasaba si yo tuviera treinta años, si había pasado por miles de hombres, pero que no lo aceptaba a mis 20. A los gritos, me decía que cómo podía cambiar a un hombre por una mujer. ¿Cómo podés cambiar la penetración por unos dedos?, me dijo. Es mi elección, contesté, yo elijo. Les dije que estaban pensando en ellos, no en mí, y le saltó la térmica, me gritaba que yo era una descarada, que cómo podía decir eso. Me prohibió ir a Vélez, y como ya nos habían echado le dije que bueno, que me cambiaba de club. Pero mi mamá, que ya sabía, le cuenta que íbamos a ir las dos, con Mili, a otro club. Entonces vas a dejar de ver a Mili, dijo. El siempre pensó que Mili estaba enferma, decía que ya se iba a curar. Para él era una enfermedad. Terminás de estudiar y después te vas de casa, gritó. No, no termino de estudiar, me voy ahora.

¿Y te fuiste?

—Sí, me fui a lo de Mili.Yo estaba por rendir en el profesorado de Educación Física para poder pasar de año. Estaba en segundo. Fue el año pasado, ya había cumplido los 20. Ahora estoy rindiendo las materias que no pude rendir entonces al pasar por todo este lío. A los pocos días mi papá me empieza a mandar mensajes diciendo que yo le hablaba de amor y que el amor no tiene género. De pronto, como que estaba todo bien. No entendía nada. Ni le contesté.

A la semana volví a mi casa. Era: todos nos amamos, somos refelices y al otro día estaban todos enojados. Yo nombraba a Mili por cualquier cosa y me trataban mal. Hasta que les dije que no quería estar más ahí y me fui. Mi mamá no lo aceptó, recién ahora es como que sí, pero en realidad no. Lo que cambió muchísimo es la relación con mi papá. Nos invita a pasear en el velero.

Un día, en el facebook del colegio, de donde la mamá de Luli es directora y donde Luli fue desde salita de cuatro, alguien escribió “la directora no acepta tortas en el recreo porque su hija menor es lesbiana”.

“Respetame diez cuadras a la redonda” gritó la madre. Ahora, bastante más que diez cuadras hay que caminar para llegar a Vélez. El entrenador de handball siempre les había dicho que había que charlarlo todo. Por eso Mili y Luli optaron, por unos problemas que habían surgido en el equipo con otra compañera, contarle al entrenador las buenas nuevas de la relación.

Mili: —Todo surgió por una situación con una compañera del equipo. Yo era la arquera y ella la central del equipo, la que arma las jugadas. Muy heterosexual ella, pero con la que nos habíamos cruzado cada tanto a escondidas. No fuimos novias, pero tuvimos situaciones muy fuertes. Cuando yo me pongo de novia con Luli, ella se pone como loca y empieza a no pasarle la pelota, a esquivarla, y como era líder el resto del equipo la sigue. Decidimos hablar con Alejandro, el entrenador, Alejandro Palacio. Al principio no entendía bien de qué le hablaba, hasta que en un momento dice “¿cómo que estás con Luli?”. Sí, que estamos de novias. Quedó petrificado. Y descaradamente, adelante mío, le dijo “¿vos estás segura de lo que estás haciendo?”. Sí, le dijo ella. “No, no, no, esto necesito procesarlo, necesito pensarlo, es mucha información, es muy fuerte para mí.” A los pocos días le preguntamos qué había pensado y dijo que no iba a permitir que dos personas del mismo equipo tuvieran relaciones sentimentales. Que había hablado con Susana Losada, la supervisora del área deportiva de handball, y que ella avalaba su decisión. Así que la determinación era que nos iba a echar a mí y a la otra chica que había tenido onda conmigo. A Luli no, la quiere mucho a ella, por eso se puso tan mal cuando supo que estaba de novia conmigo.

Luli: —Conmigo tenía muy buena relación, no quería que me fuera. Pero él no entiende que nosotras somos novias y que si no permite a dos personas del mismo equipo estar juntas yo no puedo estar ahí. Le dije, yo me quedo en la B y que Mili vaya a la A, pero tampoco quiso. Entonces decidimos irnos las dos. l

Hoy, Mili y Luli juegan juntas en el equipo de San Antonio de Flores. Viven juntas. Y juntas llevan adelante SoGay Industry, microemprendimiento de colección de ropa y accesorios. Tienen un facebook  y un blog.

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