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Fiestas clandestinas en la calle Uriburu

Buenos Aires (SentidoG.com)

Aquellos lejanos y clandestinos tiempos...

Por Facundo R. Soto

La zona de la Facultad de Medicina es uno de los lugares de encuentro gay. Se trata de un circuito rodeado por departamentos y casonas antiguas, pocas de ellas se conservan. A principio del siglo pasado las casas contaban con muchas habitaciones y sobre todo: secretos. Todavía quedan algunas, pero no secretos.

En 1931 el Príncipe de Gales y Anatole France se alojaron en un petit-hotel de la calle Uriburu. ¿El motivo de viaje del príncipe? Encontrarse a escondidas con su amante, en Buenos Aires. ¿Por qué en el petit-hotel de la calle Uriburu? Porque ese alojamiento era del juez Patricio (nunca se develó el nombre). Por las noches daba descontroladas fiestas para la alta sociedad. Los hombres iban con una valija de mano. Pasaban al baño. La abrían. Sacaban la ropa y se vestían de mujer. Una vez travestidos, bailaban el minué, y con los nocturnos de Chopin daban por comenzada la fiesta, que terminaba en “festichola”.

Hay documentación de estas reuniones, entre ellas, las memorias del aristócrata Rodolfo Aráoz Alfaro, que tenía una fortuna considerable, donde cuenta que el juez llevaba una doble vida: de día era intachable, reconocido por la high society; y de noche se transformaba en una mujer entregada a los vicios y placeres que la noche le generaba. Por otro lado, corroboramos que las fiestas del juez “eran famosas por su abundancia en champagne, y la participación de las más variadas parejas de la época (incluyendo próceres, pintores, escritores y políticos).

Un magistrado, altamente reconocido, fue una noche a una de esas fiestas. Se sorprendió al reconocer a X (tampoco contamos con este dato, ya que fue censurado en la escritura) vestido de mujer. El juez Patricio, y dueño de casa, le abrió la puerta, como excelente anfitrión que era. Después, se entregó a satisfacer los pedidos que los hombres y “mujeres” le hacían, sin perder su alta educación, a pesar de tomar Don Perignon desde que empezaba la noche. Al anfitrión, nunca se le pudo reprochar nada, quizás era el exceso de alcohol que lo ponía más exagerado en sus modales, servicial y educado que durante el día, permitiéndose así llevar hasta al extremo su servidumbre de complacencia.

Uno de los concurrentes que no faltaba nunca, era José Evaristo Uriburu Tezanos Pinto, nieto del presidente que le dio nombre a la calle donde él mismo dejaba una vida en la puerta para crearse otra (de mujer) apenas cruzaba el zaguán de mármol. Su padre, en ese momento era el embajador de Gran Bretaña, moreno y descendiente de salteños. Los delicados y sugerentes escritos de la época dan a entender que Uriburu nieto, nacido ocasionalmente en el Perú, “estaba provisto de muy buenos dotes” que lo hacían ser uno de los más codiciados por “las otras mujeres”. Muchas le llevaban regalos y le hacían continuas adulaciones, con tal de ganarse un suspiro a solas con él.

El padre de Evaristo, fue notificado del tipo de fiestas a las que concurría su hijo. Después de pasar la negación que se impuso en él, tomó valor y disfrazado lo esperó en la esquina de la casa del juez Patricio. Lo vio salir a la madrugada con el sol detrás, y el príncipe al lado, apoyándose en su hombro. ¿Que pasó después? Lamentablemente, todavía no lo sabemos, de todas formas algo podemos imaginarnos. El juez falleció pero las fiestas continuaron, y el desfile de personalidades de la aristocracia porteña también.

Otro de los habitúes a las fiestas fue Arturo Jacinto Alvarez, hijo de un militar y famoso terrateniente de la época, que se dedicó a disfrutar de la herencia de su padre hasta dilapidar la fortuna: una cantidad importante de campos y estancias. Sobre todo en extravagancias como la majestuosa fiesta que dio en el Hotel Crillón, donde el centro del espectáculo fue la danza de perros afeminados, vestidos con polleritas y cintas rosas. Esa noche hubo champagne y caviar para todo el mundo. En cada mesa se encontraba un objeto, considerado una valiosa antigüedad, que servía de adorno y souvenir. Algunos se llevaron dos o tres, y con su venta vivieron un par de años. Un año más tarde, Arturo Jacinto Alvarez le compró a Picasso el telón que hizo en 1917 para el Ballet Parade Russes de Serge Diaghilev, del que se había enamorado por su tamaño: 10,50 por 17 metros.

En la última época de su vida seguía vistiendo, como siempre, de blanco. Se trasladaba en suntuosos carruajes de un lado para el otro, pero no tenía plata para pagar los impuestos de la última propiedad que le quedaba. Decía que estaba enamorado de la belleza. Después de ver ballet en el Colón y de cenar en Edelweiss solía llevar a su quinta de Ituzaingó a los amantes de turno, que conocía por la calle Uriburu. Muchos de ellos de su desmantelada mansión se robaron los pocos objetos de valor que quedaban, sin saber del todo el valor que tenían.

En 1961 publicó la novela Esvén donde hay descripciones de los ambientes más elegantes de París, de las fiestas del conde Etienne de Beaumont, y por supuesto del caserón de Uriburu. Escribió un capítulo sobre perros en celo, considerado por la crítica literaria del momento como delirante. Terminó durmiendo en las plazas, con los auténticos dibujos de Jean Cocteau que había adquirido cuando compró un auténtico Rendir en París, en su atado de papeles. Seguía hablando en francés, incluso con los mendigos con los que compartía la noche. “Lo último que se pierde es el status”, le decía a todo el mundo con el que se cruzaba, después de haber participado en el levantamiento contra Perón el en ’51.

 

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