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Doble vida, doble muerte

San Juan (SOY)

Rumores homofóbicos empañan investigación policial.

Por Sebastián Hacher

Era policía y también era Drag Queen en San Juan.El 12 de diciembre lo mataron, su crimen está impune y la prensa insiste en relacionar la muerte con sus gustos, su “doble vida”.

Mario Vega tenía 52 años y era oficial subinspector, un cargo menor que el que ostentan la mayoría de los policías sanjuaninos de su edad. Desde hacía más de una década, también era una de las Drag Queens más conocidas del ambiente local. Cuando se montaba, le decían Perla Mora. El primer nombre venía de su afición a los brillos. El segundo, de su fanatismo por las esculturas de Lola Mora. Lo asesinaron. Todos miran para otra parte.

Mientras gays, lesbianas y transexuales avanzan en lograr reconocimiento institucional en las fuerzas de seguridad, una energía oscura, profundamente homofóbica, actúa desde las sombras para recordarnos que el mal sigue anidando en sus filas. Las personas trans hoy tienen derecho a vestirse como quieran y a ser llamadxs por su nombre, pero todavía hay personas que se sienten con derecho a depurar las fuerzas por mano propia y con criterios únicos. El 12 de diciembre a las diez y media de la noche, Mario salió de trabajar en la comisaría 24a, en las afueras de San Juan. Nadie lo volvió a ver con vida. Su cuerpo apareció a las dos de la tarde del otro día en el asiento de atrás del Fiat Uno que solía manejar. Le habían dado seis puñaladas: una en el pecho, otra en la nuca y cuatro en el cuello. Estaba desnudo, esposado y tenía quemaduras en los brazos. En el auto no se encontraron restos de sangre. Los investigadores supusieron que no había sido asesinado en el descampado donde apareció. Más tarde, la Justicia conjeturó que el crimen pudo haberse cometido en un hotel alojamiento que fue allanado y donde sí había manchas sangre, aunque todavía no hay certezas: en San Juan no hay laboratorios para hacer análisis de ADN.

Lo que sí hay es una usina de rumores homofóbicos que funciona a la perfección. Las hipótesis alrededor del crimen comenzaron a tejerse al instante: la Justicia actuó rápido, como siguiendo un guión de prejuicios que suenan a melodía repetida. “Los medios locales”, contó al SOY Fernando Baggio, de la organización Glorieta Glttb de San Juan, “hicieron un tratamiento morboso, hablando de una supuesta doble vida entre su condición de Drag Queen y su trabajo de policía. Pero la verdad es que en la policía sabían todo: alguien que se sube a un escenario y hace shows no estaba en el closet. Perla era una de las Drags más antiguas de la provincia”. Presentado en los medios como un ser de dos caras, no escapó a ningún estigma. “Algunas radios —dijo Baggio— llegaron a decir que son cosas raras que le pasa a gente rara. Y que ser gay es peligroso.” Según sus compañeros, en la policía todos sabían que era gay, pero nadie tenía noticias de su costado Drag. “La homosexualidad no marca diferencias. Ellos trabajan como todos, como lo hacía este muchacho”, declaró a la prensa José Luna, el nuevo jefe de la policía local. Sin embargo, Vega estuvo separado de su trabajo durante casi ocho años. Lo acusaban de haber tenido relaciones con un menor dentro de una comisaría. La imputación, se demostró luego, era falsa.

Entre las hipótesis que se difundieron a la ligera se habló de un “crimen pasional”, de una “venganza por drogas o sexo” o de una “fiesta sexual”. Durante la investigación hubo dos demorados, ambos en “calidad de testigos”: la pareja y la ex pareja de Mario. Uno de ellos, de nombre Zacarías, vive en Córdoba y hacía más 16 años que no veía a la víctima. Más tarde, fue detenido un chico de 24 años apodado El Loco Tití, que se presentó a declarar de forma voluntaria. Según los medios, el joven confesó ser taxi boy y tener una “relación clandestina” con el fallecido. Tití, cuyo verdadero nombre es Pedro Renzo Zamora, también dijo que era portador de VIH. El dato sumó una nueva conjetura: que él era el asesino, y que había matado a Vega para vengarse por haberlo infectado. Ese tipo de teorías no son nuevas. Lo mismo se dijo cuando fue asesinada Pelusa Liendro en Salta, en noviembre de 2006. Sus asesinos —que el año pasado fueron condenados a perpetua— fueron presentados como víctimas de una travesti que transmitía el virus como parte de una supuesta perversión. Algo que, se demostró enseguida, era apenas una fantasía. Casi diez días después del crimen, un llamado anónimo al 911 —similar al que había alertado del crimen— dio los datos para encontrar el arma reglamentaria de Vega, el cuchillo con el que en teoría lo mataron y los restos quemados del celular y la notebook de la víctima.

“El caso está resuelto”, se apresuró a decir el jefe de policía Orlando Luna. Pero desde la Justicia lo desmintieron: lo que hay hasta el momento son indicios, y todavía falta conocer los resultados de las pericias. El juez Atenágoras Vega adjudicó los retrasos a la “falta de tecnología” que hay en la provincia.

Mientras los medios de prensa locales cambiaron los titulares morbosos por el silencio, el periodista Ernesto Simón escribió una semblanza de Mario que termina narrando su participación en la Marcha del Orgullo Gay local. “Ese sábado —escribió Simón— él se vistió con ropa común y fue uno de los que encabezaba la manifestación abriendo paso a quienes venían detrás por avenida Libertador. Era un convencido, un militante, en fin; un artista inmiscuido en sus cosas. Le tocó vivir en un mundo que no siempre nos comprende a todos. Suele suceder.”

Octavio Romero: la pista falsa del ceviche

Ya van siete meses del asesinato de Octavio Romero, el suboficial de Prefectura que apareció en la costa del Río de la Plata en junio del año pasado. En el caso de Octavio todavía no hay sospechosos. A pesar de que la víctima había recibido aprietes de sus compañeros, la Justicia parece haber desechado toda línea de investigación que roce a sus camaradas de armas y se concentró en la vida sentimental de la víctima. Uno de los últimos testigos en declarar en la causa por el crimen de Octavio vive en el interior del país. La fiscalía 40 lo rastreó hasta dar con él. Cuando se presentó, pensó que le iban a preguntar por las cosas que la víctima solía confiarle. Pero no: los investigadores querían saber quién era el peruano. El testigo tuvo que hacer memoria. Finalmente entendió: en sus últimas conversaciones telefónicas con Gabriel Gersbach, el viudo de Octavio, había dicho cosas como “nos vemos en el peruano” o, “tengo ganas de ir al peruano”. El peruano era Status, un restaurante del barrio de Congreso al que solían ir cuando Octavio vivía. La conclusión: alguien sigue escuchando los teléfonos del entorno de la víctima. Y lo hacen con pericia dispar.

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