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Hernán PiQueen

Buenos Aires – (SOY)

Hernan Piquin en la piel de Freddie Mercury

Decidió ser bailarín a los 4 años y sus padres lo mandaron al psicólogo antes de inscribirlo en el Teatro Colón. Fue primer bailarín, protagonista de una película de Favio y hoy encarna a Freddie Mercury en el teatro, mientras baila con Noelia Pompa en el programa de Marcelo Tinelli con la intención clara de arrasar con diversas formas de la discriminación.

¿Cómo fue descubrir la vocación por la danza en el contexto de un barrio chico del conurbano bonaerense?

—Yo tenía cuatro años, así que casi no me acuerdo. Estaba viendo en la televisión Noches de gala, que era un programa que emitía funciones del Colón en ATC, me quedé hipnotizado mirando y pensé: “Quiero hacer eso”. Recuerdo que me ataba una colcha en la espalda y anunciaba “acá llegó el príncipe” a mis viejos, que me miraban con caras raras. Por esa época les dije que quería ser bailarín y, como era chico aún, me mandaron a tenis, natación, gimnasia deportiva y patín.

¿Creés que te enviaron a hacer todas esas actividades para sacarte tus locas ideas?

—No sé por qué lo hicieron. Cuando expresé mis deseos de bailar me llevaron al psicólogo. Lo que me contaron después es que percibían que la carrera era muy sacrificada y cruel, especialmente el ambiente, y querían saber si iba a ser tan fuerte como para soportarlo. Después de la segunda sesión, el terapeuta los llamó porque quería reunirse con los dos. Cuando salieron, yo les pregunté si les había hecho dibujar la casita, la familia, como me hacían a mí, pero el tipo les dejó en claro que yo tenía vocación. Ahí dijeron: “Bueno, listo, si es lo que le gusta, acá estamos”. A los 10 años entré al Colón.

¿Viviste alguna situación desagradable en la escuela por ser bailarín?

—Obviamente tuve muchas cargadas en el colegio. Como siempre supe que quería hacer esto, cuando se me dio lo oportunidad de realizarlo estaba muy enfocado en eso. Recuerdo que en la secundaria cursaba de noche en Los Polvorines, porque llegaba del Colón directamente. En el primer día de clases, cuando volví del recreo tenía la malla, el suspensor y las zapatillas colgadas del pizarrón con inscripciones insultantes. No fui a hablar con ningún profesor y descolgué mis cosas, las puse en la mochila y desde ahí me adoraron. A partir de ese día, si chicos de otros cursos me decían algo, mis compañeros me defendían. Siempre me chupó un huevo lo que pensaran de mí porque soy feliz arriba del escenario, vivo de lo que amo hacer y eso es un privilegio que no muchos tienen.

Existe una especie de estigma gay sobre los bailarines que unifica a todos en una orientación sexual, como si eso viniera automáticamente aparejado por el arte que eligen…

—Yo no sé si hay más homosexuales en la danza que en otras profesiones. Creo que es una elección sexual de cada persona: hay camioneros gay, periodistas, colectiveros, taxistas, en todos los ambientes hay. Quizás exista esa creencia porque el ballet tiene movimientos delicados o expresa mucho con el cuerpo, con movimientos de las manos, ropa ajustada y las chaquetas tan rococó. Yo viví en San Francisco cinco años, que es una ciudad más que gay-friendly, es hetero-friendly, y veías a dos hombres con sus hijos, travestis trabajando en las cajas de los supermercados, el intendente era gay y pensé:
“Esto es aceptar al otro”.

En una entrevista afirmaste que los bailarines clásicos son prejuiciosos; sin embargo, vos hiciste películas, una telenovela y ahora bailás en Showmatch. ¿Por qué decidiste bucear en proyectos tan diversos?

—Luego de trabajar 10 años con Julio Bocca decidí que iba a aceptar todo nuevo proyecto que se presentara, porque lo importante es animarse a hacer lo que uno quiere. Cada nuevo proyecto lo llevo a cabo con el mismo respeto con el que decidí ser bailarín, aunque me cuestionen diciendo “cómo vas a hacer cosas de vedette” o “cómo vas a bailar con una enana”. Mis viejos me enseñaron mucho acerca de la inclusión porque mi mamá cocinaba para los chicos de la villa con sus amigas. Yo capaz regalaba mi remera o las zapatillas y quedaba en patas cuando iba a acompañarla. Con respecto a Showmatch, es muy loco porque creo que le hacés abrir la cabeza a la gente. Ahora me encuentro a ex compañeros de primaria y secundaria en Facebook y muchos de los que me decían maricón o me atosigaban por ser bailarín, hoy pagan por verme en calle Corrientes y me felicitan por la obra.

Vos hablabas de la importancia de la inclusión y, a pesar de las críticas de tu entorno, decidiste bailar con Noelia en Showmatch; sin embargo, ¿no sentís que desde la producción se presentó a la pareja con cierto morbo?

—Cuando nos convocaron, la gente en general esperaba ver algo bizarro y lo que logramos con Noelia es que el público espere que salgamos no para ver si nos equivocamos, si se cae ella o me caigo yo, sino porque realmente les gusta lo que hacemos. No tenemos que mostrar el culo, ni salir con nada extra o pelearnos con nadie. Yo me propuse que se la llame Noelia y no “la enana Noelia”, y ahora la gente, que antes se sacaba fotos con ella porque era extraña, lo hace porque es buena bailando. Los ensayos son muy sacrificados y me duele la espalda por estar agachado mucho tiempo, pero bailar con ella me encanta porque le hemos tapado la boca a mucha gente. Los chicos del Colón que me cuestionaban por “bailar con la enana”, me llamaron después del primer programa para pedir perdón con lágrimas en los ojos. Para Noelia es súper importante sacarse ese mote, en el verano volanteaba por todo Mar del Plata para llevar adelante a su familia y hoy puede hacer lo que ama con muchísimo empeño y la quieren mucho en la calle.

En Showmatch también se generó un cambio, mientras unos años atrás se hacían chistes fáciles sobre el gay, este año se mostró a una pareja compuesta por dos hombres que incluía a José María Muscari y se realizaron juegos homoeróticos entre Flavio Mendoza y Marcelo Tinelli. ¿Cómo analizás estos cambios?

—Creo que la Argentina abrió mucho la cabeza, especialmente con el matrimonio igualitario. Somos animalitos a los que se educa y esto es una buena educación, que se muestre que la vida del gay es normal, que la gente sigue siendo la misma persona, pero con distinta orientación sexual. Está bueno que este cambio se vea reflejado en un lugar público tan mirado como es Showmatch.

¿Y vos cómo te manejás con tu vida privada?

—A mi intimidad la cuido muchísimo y no hablo de ella. Protejo mucho mi parte emocional y sentimental. A mi casa sólo entran las personas que yo quiero. No soy de escupir todo porque tengo valores distintos a los de aquellas personas que disfrutan contando su vida. Yo puedo hablar de cualquier cosa, pero a mi parte íntima me la reservo.

El año pasado se difundió que estabas trabajando para realizar Besos al aire, una miniserie sobre el costado sentimental del mundo gay. ¿Qué pasó?

—La mujer con la que lo escribimos se fue a vivir a Italia y es difícil contactarnos. Había productores interesados, pero no tuve más tiempo y quedó en stand by después de un grave accidente de auto que tuve. Iba a ser una miniserie con amigos heterosexuales y homosexuales: una pareja hétero que tenía una hija que se enamoraba de su compañera del colegio, una relación de chicos gay, una amiga que se quería casar con uno de ellos y una travesti que abría una peluquería para no prostituirse más. Iba a contar la vida de estas personas, no el sexo o el reviente sino la vida común y corriente. Creo que la idea es que la gente acepte al otro como es.

Piel de Freddie

Personificado como Freddie Mercury, Hernán Piquín protagoniza una representación libre de 18 temas de Queen en el teatro Astros, en donde se cuentan, a través de la danza, los momentos más destacados en la vida del mítico cantante.

En la obra, que recorre los principales temas de la banda, se encontrará el ascenso de Freddie, pero también el despertar de su atracción por otros hombres, su lucha y sentimiento de culpa en un principio, pero el voltaje erótico irá subiendo hasta terminar en una sensual escena homoerótica de alto voltaje con uno de los bailarines. La relación con el VIH aparece en un emotivo cuadro de baile. Las entradas cuestan entre 140 y 170 pesos y hay funciones de jueves a domingos.

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