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Has recorrido un largo camino, mujer

Por Cristian Alarcón – (Debate)

Monica Leon

Mónica León, que fue la primera reina trans de este país en 1999, nació en Salta, donde a los 9 años jugaba a ser Laura Ingalls y donde descubrió otras travestis en las que mirarse como espejo y aprender el camino. Viajó a Buenos Aires y de allí a París. Conoció las cárceles de las dos ciudades. Volvió a buscar su documento de identidad que reconoce su nombre y a esperar, inquieta, la aprobación de una ley que cambia una larga y oscura historia.

La vimos venir hacia nosotros vestida sólo con el papel film con el que se había envuelto como una mercancía recién envasada, con el pelo casi corto, y la piel bronce, desnuda de pies a cabeza, dejando apenas entrever su atributo entre las piernas, como le dice hasta hoy, en un balcón de San Telmo a las diez de la noche, después de la tormenta. Mónica Lyon, hoy Mónica León, concursaba, sobre la pasarela de una terraza de Avenida Entre Ríos, por el reinado de 1999, con altas chances de ganar. Su performance sorprendió al jurado, y terminó de definir los votos, unánimes, a su favor. Yo también la voté.

Completó su performance eligiendo un diseño clásico, recatado, griego, para el desfile con prendas diseñadas por las propias chicas para la ocasión: salió a caminar como una diosa, y llevó una rosa en una mano. Al final, para cerrar toda discusión, la candidata se paseó en un vestido ajustado al cuerpo, laminado en plata, de Aló Martínez. A cada una la conductora, Belén Correa, le preguntaba por su posición ante la discriminación, y ella, Mónica León, fue la mejor. La coronamos pasada la medianoche, fue la primera reina trans de este país. Hoy, en este balcón, once años después, la reina sólo lo puede comparar con la felicidad que hace tres días sintió cuando, en el salón Montevideo de la Legislatura Porteña, le dieron su DNI con identidad trans.  Por eso ahora, dice, sueña con ser candidata no a reina, sino a otra cosa: candidata al sillón de Rivadavia.

A los cuatro años el niño que sería Mónica, en el pueblo de El Bordo, al centro norte de Salta, pegado a Jujuy, jugaba sin prejuicios a ser Laura Ingalls, la pequeña heroína de la serie que veía el mundo entero, y fue descubierto por su padre, un agricultor hijo de bolivianos, que le dio una tunda. A los 9 años ya sabía leer bien y en un diario decía que unas travestis habían roto una comisaría de Salta capital, y en otro leyó que habían asesinado a una. A los 11 fue a un viaje de egresados de séptimo con sus compañeros a la capital. Tenían que dormirse temprano, dijo la maestra, porque frente al hotelito estaba el parque San Martín, donde  se paseaban las travestis. Qué será una travesti, se preguntó. Luego escuchó lo mismo en el pueblo vecino Campo Santo; era una peluquera a la que llamaba Viviana. A la Viviana la había visto con el andar gatuno, la paradita de mano costado, los mohines, el parpadeo desde más allá de todo. Se le paró enfrente y le habló. No se acuerda qué le dijo, pero sí que dio media vuelta y corrió sin  mirar atrás los dos kilómetros que hay entre Campo Santo y El Bordo.  Al día siguiente volvió. Tocó la puerta de la peluquería y quiso saber cómo era pintarse, cómo era tener los cachetes colorados como la Viviana, aunque luego los chicos le dijeran, en la discoteca del pueblo, la Cocoliche.

¿Qué es Campo Santo para vos?
Para mí hasta el día de hoy es el Hollywood de las trans. Ahí viven parejas de lesbianas, de gays, el intendente nos respeta, y eso no ha cambiado. Es tan abierto para un pueblo del norte de la Argentina que me pareció siempre increíble.

Salió de Buenos Aires hacia París embarcada en Ezeiza por una organización que había llevado ya a otras chicas, pero a Italia, donde para saldar la migración debían ponerse con seis mil euros, todo lo que ganaran los primeros meses. Mónica llevaba un as bajo la manga, un contacto en una organización de minorías que le daría ayuda en París. Se lo dijeron en el aeropuerto y  dijo que sí, a sabiendas de que luego no pagaría. Nadie la podía obligar. En la ONG no hubo ayuda, ni trabajo, así que ese mismo día se paró por primera vez bajo los árboles del Bois du Boulogne, en el barrio 16 y se instaló por la noche en un hotel del 17, el Santa Ana, adonde llegaban las latinas. El lugar, cuenta, fue clausurado tres veces por proxenetismo, perseguido en Francia, aunque la prostitución autónoma es “tolerada”. Desde el 2003, cuando el entonces ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, obligó a la policía a aplicar una vieja norma, el recollage active e pasive, las chicas que ofrecen sexo en las calles de París suelen ir presas, aunque sin los golpes bestiales de las policías argentinas.

-La última vez estuve cinco días en el 2008, y casi me mandan para la Argentina. Me expulsaron doce veces y nunca me les fui. Cuando en el 2005 quemaban coches por toda la Banlieve, había control policial permanente y estuve 58 días encerrada en el hotel, sobre la avenida Clichy. No me iba a dejar agarrar.

Hasta que creyó enamorarse de un cliente polaco que rondaba todas las noches los bosques de Boulogne; hasta que la mujer lo dejó y ella se instaló en el departamento de Neuilly-sur-Seine junto al hombre, Mónica fue chica de hotel. A un hotel llegó en Salta cuando dejó El Bordo, pegada a la falda de Andrea, una “mai” travesti con fama de dura por los saltos que puede dar hacia un enemigo en la calle para asestar en medio de la frente con una cabeza portentosa.

Andrea la protegió, le pagó un cuarto, le prestó ropa y le dijo: “nena, yo te presto ropa, pero no te puedo mantener. Vos tenés que trabajar”.
-Ahí me inserto yo en la prostitución, hasta el día de hoy.
A ese hotel, el Colón,  frente a la estación de trenes, llegaba la policía a sacarlas, y llevárselas a la rastra a la comisaría: conoció la 1ra, la 2da, la 3ra, la 4ta y la 9na. En fila venían, y en fila ellas debían atenderlos, gratis. Si no, iban presas. Así se volvió portadora de HIV. ¿Cómo puede ser, se pregunta, que habiendo dejado su pueblo a los 15 años, cuando se hizo el primer control en el Fernández, en el 93,  ya estaba infectada? Fueron ellos, dice. Fueron ellos.

Llegó a Buenos Aires junto a su amiga Fabiana, que ahora también vive en París. En Salta habían pasado de edictos que las condenaban a 60 días de arresto, a 31 días. En Buenos Aires, les habían dicho, eran sólo 24 horas, y se salía pagando una multa de 15 pesos. Tardaron cuatro días porque tomaron rutas que no eran, pasaron por La Rioja, por Tucumán y subieron hasta Santiago del Estero. Llegó exhausta a Constitución. Tenía 30 pesos. Con 20 pagó el hotel Cirus, en la calle Salta y Humberto Primo. Con diez compró pan y fiambre. Con siete más, prestados, se tomó un taxi a la zona roja.
-Esa noche dije “eureka”. Hice 243 pesos.
Pero a los pocos días conoció la obsesión de los patrulleros por pararlas apenas salían del taxi, y llevarlas a la 16. Cuando no caía en su esquina, Costa Rica y Godoy Cruz, y la llevaban a la 25. Y luego conoció la cocaína y pasó una temporada en el infierno de trabajar para pagar lo que se consume, para trabajar. Ese círculo vicioso había quedado atrás cuando se presentó de candidata a reina porque desde el 93 se acercó a la militancia GLTTB. En el 96 estuvo en la puerta de la Legislatura cuando se hizo la estatuyente porteña y al fin se derogaron los edictos. Se acuerda de María José Lubertino y de Raúl Zaffaroni como de los pocos que las apoyaron. Luego vino el código contravencional, y el artículo 71. Volvieron a llevarlas presas. Para el 2003, cuando al fin decidió irse, la policía entró al hotel Gondolín, donde vivió el último año, sobre la calle Godoy Cruz. Allanaron buscando a una tal Negra que tenía un tatuaje de boca en la panza. Nadie tenía un escudo de un equipo de fútbol en el cuerpo, y probablemente, dice, todo era un invento para entrar. Les robaron los ahorros: en diciembre todas tienen el dinero listo para viajar a Salta o para mandar a las familias. Y desapareció, así que hubo batalla campal, y a ella, por reclamar en la vereda, le dieron ocho tiros de balas de goma en las piernas y en el pecho. Después de esas marcas se puso a buscar salida a París.

Cuando vino en el 2010 Mónica inició una demanda, asesorada por la Federación de Gays, Lesbianas y Transexuales, para que le den el derecho a su identidad de género. Demoró, lo consiguió. Este viaje a Buenos Aires fue pensado para recibir el DNI. Me buscó por Facebook y me contó hace algunas semanas: “voy a Buenos Aires porque me dan el documento de conchi sin operarme”. Me hizo gracia la manera de plantearlo, pero ahora, cuando la escucho hablar en el balcón, con su vestido negro corte Chanel, sus zapatos de charol, el cinturón grueso, el collar de perlas, en franco estilo CFK, entiendo que el planteo tiene un asidero político: su convicción de reivindicarse como trans con lo que insiste en llamar “atributo”. Y una reivindicación sindical del trabajo sexual. En su Face lo dice al señalar su oficio: “trabajadora sexual autónoma e independiente”.
-Yo no quiero estar trucada, ocultar mi atributo. Y al mismo tiempo quiero ser Mónica León, la candidata.

El sueño político de Mónica León comienza con ese DNI.

-La lucha de las trans es algo que me ha marcado, pero no es lo único que quiero hacer, porque yo tengo mis puertas abiertas como ciudadana. Es por eso que no fui al colegio, podría haber ido como varón. Ahora tengo el documento como mujer. Antes no tenía derechos ciudadanos. Ahora, como soy yo, puedo decir que quiero también algún día pensar en el sillón de Rivadavia.

En el Congreso espera el debate de una ley que consagra este derecho, el que Mónica vino a buscar desde París. Parte mañana a El Bordo, a Campo Santo y a Salta Capital. Le dijeron que la policía está reprimiendo fuerte allá. No saben de lo que ella es capaz.

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