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Oscar Wilde, el usurero

Por María Moreno – (Debate)

Desde la cárcel, Oscar Wilde escribe De profundis, una larga carta envilecida en la que construye una imagen degradada de Bosie, su joven amante, que la posteridad compró sin hacer preguntas. El arte como coartada para reírse último o ejercicio de la usura.

Oscar Wilde

Nada más pequeño que un gran hombre atrapado en una pasión oscura e impermeable a cualquier infamia de su objeto de amor  (“oscura e impermeable a cualquier infamia del otro” tal vez sea una frase que está de más cuando se pronunció la palabra “pasión”). Nada más ruin que una celebrity dotada de todas las ventajas del talento para el arte de decir y del prestigio social por haberlo ejercido, cuando finge ignorar cuánto de esa misma infamia le atañe a él mismo. Por ejemplo, el gran Oscar Wilde, que bien podría convertirse en el pequeño oscar wilde cuando le escribe a su Bosie el De profundis. Desde el principio, a pesar de su cacareado dandismo, afirma que lo escribe para que, mientras él está en la cárcel, “en donde el día no menos que la noche está hecho para llorar”, también Bosie llore. Comprensible gesto de resentimiento de un hombre que ha sufrido el escarnio y la condena si no lo expresara en un largo escrache en donde se muestra como el alma bella hegeliana, persuadida de su perfección moral y que bien podría traducirse en “yo, argentino”. El De profundis sorprende porque allí un ensalzador de la belleza en su gratuidad clama con las maneras de un usurero del arte que recuenta una y otra vez cómo cuando Bosie, en el que gastaba fortunas, era retirado fuera de Inglaterra, él podía redondear un acto de Un marido ideal, una “tragedia florentina” o algo como La Sainte Courtisane, mientras que en su presencia casi no podía trabajar, en cambio con su amigo Robbie, por tres francos y medio invertidos en un cafecito del Soho rindieron el “primero y mejor de todos mis diálogos”; como un capitalista sin beneficios, dice que ha hecho el cálculo de que entre la fecha en que conoció a Bosie y la cárcel gastó en él 5.000 libras. Desde su superioridad intelectual ganada y sin ninguna disposición generosa que equilibre la desigualdad que lo separa de su amante, le reprocha su traducción de Salomé (“sabía muy bien que ninguna traducción, a menos que la hiciera un poeta, podía reproducir adecuadamente el color y la cadencia de mi obra”) aunque confiesa que su debilidad es la devoción que aquél siente por él, devoción que le parecía “y me sigue pareciendo, una cosa maravillosa, que no hay que 
desechar a la ligera” (Vanidad de vanidades). Veladamente le echa en cara cómo tuvo que cuidarlo cuando padeció la influenza: con todo lujo de regalos (se vio obligado a salir a conseguir uvas porque las del hotel eran feas) y no le ahorra la acusación de que le haya contagiado la enfermedad. A todo lo largo del texto sólo hay autosatisfacción como las de esas actrices que dicen “mi defecto es ser demasiado buena” y, entonces, justifica su debilidad por su cariño “profundo y equivocado”, “por una gran compasión de tus defectos de modo de ser y temperamento; por mi proverbial buen carácter y mi pereza celta (…) por esa incapacidad para el rencor de cualquier clase que en aquel tiempo me caracterizaba.” ¡Alma Bella con cara de Humpy Dumpy! ¡Y el satanizado Bosie fue un pelele entre Wilde y el marqués de Queenberry!: en los fantasmas del autor de El alma del hombre en el socialismo, el marqués representaba tanto una clase a eliminar como a la que, solapadamente, aspirar, reformulando por el arte la idea de nobleza. La madre de Bosie fue la “socia” de Wilde para alejarlo en los momentos en que él y su carrera fetiche lo necesitaban.

Si el chongo suele ser una mezcla de hijo, oveja negra y barrabrava, Bosie era un chongo vip que tuvo que soportar el vivir largos períodos con una gloria que hablaba en rápidos epigramas ingeniosos y llevaba una lista de reproches más larga que toda su obra junta (¿cómo no ir a derramar fichas al casino de Argel, exigir comer en el Savoy, hacerse o deshacerse racista, enfurecerse con un genio que se hace la víctima en parrafadas arrítmicas?) y, sin embargo, lo amó a su manera con una pasmosa fidelidad que arrastró hasta su propia muerte: no desprovisto de talento -memorable por la frase acerca del amor que no osa decir su nombre-, fue un hombre marcado que oscilaba entre la diatriba escrita y una melancolía con iniciales: OW. Los besos de rouge en la tumba de Oscar Wilde en Père Lachaise son de Bosies plebeyos, de militantes GLTTBI que saben que la causa necesitó de su sacrificio, de “tapados” que le echan un rezo antes de cerrar tras de sí un closet de provincias, de mujeres que aman a los desdichados que a su vez aman la belleza y no a las mujeres, de lectores a secas. Sólo que él reposa bajo un monumento aberrante en el que una alimaña pesada encoge las piernas en posición de vuelo. Podría ser Sísifo pero simula (dice Wikipedia) un toro asirio sagrado. Intenta representar a un ser aéreo pero parece tener el peso del Cañón del Colorado y las aristas cortantes de una ventana a la que le acaban de saltar todos los vidrios. Podría decirse que si Oscar Wilde, al morir, había dicho “muero muy por encima de mis posibilidades”, ya bajo esa piedra podría imaginarse que hubiera continuado: “y fui enterrado muy por debajo de mi gusto”. La última noticia es que los herederos de Oscar Wilde han hecho rodear con un corral de vidrio la escultura de Jacob Epstein cientos de veces besada para evitar el desgaste en la piedra. El hecho generó en los medios un relato hétero; todos daban por sentado que las marcas de rouge sólo podían ser femeninas. Se habló alocadamente de “admiradoras”. Yo, que fui una de las besadoras (con una risita histérica y luego de pintarme la boca por fuera de sus límites), casi chupé la piedra clara. Lo hacía en representación de amigos gays a los que enviaría la fotografía, hasta que descubrí que mi rouge quedaba débilmente impreso en la piedra. Un amigo me había hecho observar que el resto de las boquitas eran impresas, producto de un sistema de sellado semejante al que los admiradores de Jim Morrison habían aplicado a la tumba en la que se sentaban a fumar un porro. (¡Hasta la victoria stencil!, como se titula un libro de Guido Indij). Los hombres pueden ofrendar con rouge, cualquiera puede usar un stencil.  Al pobre  Oscar se lo quiere blanquear atribuyéndole sólo homenajes de muchachas. Pero los besos han vuelto, ahora al cerco de vidrio: si Oscar pudiera verlos vería a los Bosies del mundo dejándole un chupón de tinta, a los barrio bajeros extorsivos pero deliciosos, a los accattones peligrosos y sentimentales, a los viejos perseguidos a los que la  posibilidad del matrimonio les llega 
tarde o a los que lo contrajeron pero igual necesitan la bendición de su obispo sacrificado, 
a los cualquiera que saben que allí yace un infeliz que luchó, no sólo por la felicidad de un hombre con otro hombre, sino para todos los hombres y sólo consiguió libros y películas de cuyos beneficios no llegó a gozar.

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