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Hay equipo

Por Paula Jiménez – (SOY)

Deporte para ellas (Foto Sebastian Freire)

¿Es prejuiciosa o alocada la relación que existe entre las lesbianas y el voley? ¿Hay algo en ese deporte que convoca a las mujeres de un modo más provocativo incluso que el fútbol? Lo cierto es que, aun las que no se reconocen muy amantes del deporte han pasado por la cancha alguna vez, y cada vez hay más equipos lésbicos amantes y amateurs. Hace más de seis años, un grupo fluctuante y creciente de lesbianas se autoconvoca para jugar cada sábado al grito de Lesvoley. Ellas mismas reflexionan con Soy sobre las razones que las llevan allí y sobre lo que pasa dentro y fuera de la cancha.

En cualquier parte del mundo donde estén, cuando los migrantes ecuatorianos se encuentran para jugar al voley, eso tiene un nombre y se llama ecuavoley. La comunidad china de Estados Unidos ha creado una liga de nueve a la que llaman Voley nueve. Además, que sepan los amantes de Vinicius, de Mayssa Matarazo o de la grandiosa Elis Regina, que el Bossaball también existe. Y en un mundo donde todo lo que existe tiene nombre, ¿por qué no pensar en uno como Voley Tort o Lesbivoley para esa práctica que reúne cada sábado a un grupo de chicas de preferencias homónimas? Seguramente, ni los chinos ni los ecuatorianos, por mucho que les guste jugar, se juntan para profesionalizarse, sino para sentirse, como ellas, cobijados por el calor (y la transpiración) de su comunidad. “Me gusta venir a encontrarme con gente amiga, salir de las reglas habituales del mundo y meterme en la realidad de este otro mundo, no sólo el del voley, sino el de las chicas a las que también les gustan las mujeres”, dice Luciana, una de las integrantes más antiguas del equipo.

Sandra Allegro, fundadora y actual organizadora, cuenta que la elección de este deporte fue algo aleatorio, porque bien podría haber sido otro: fútbol, handball, básquet, cualquier cosa que se pudiera hacer al aire libre. Pero la cosa no parece tan casual. Si la consigna era compartir un juego, ¿qué mejor que ese que sabemos todas, el que la mayoría de nosotras aprendió en la escuela secundaria, cuyos criterios indicaban –o indican aún– su enseñanza para las chicas, mientras que el fútbol, su absurda contrapartida, era para los varones? Antes que a la playa, el voley ball queda asociado en la memoria de muchas mujeres a la adolescencia, a ese momento de la vida en que las hormonas explotan y la sexualidad –quieras que no– comienza a definirse. También hoy, acá, con un equipo compuesto mayormente por adultas, hay quienes están a punto de abrir la crisálida de sus deseos por primera vez y dar paso a nuevas experiencias. Y otras que, pese a haber tenido varias relaciones con mujeres, guardan, en determinados ámbitos de su vida, el precioso –y agotador– secreto de un amor prohibido. Hay de todo en la viña de no me acuerdo quién y los múltiples caminos confluyen cada sábado en la cancha y en la parrillita donde cenan después del partido.

La pelota por el piso

Este grupo –convocado a través del ex foro Dale en el arco Juana– empezó a reunirse hace seis años en las palmeras del Museo Sívori sólo para pasar la tarde y hacer un poco de actividad recreativa, pero al tiempo formaron equipo y la cosa se fue poniendo seria. En cuestión de semanas se convirtieron en concurrentes de un complejo de canchas de voley ubicado en la avenida Carabobo, cuyos dueños y clientes –supieron ellas después– esperaban que en Flores las chicas se parecieran a las pudorosas del poema de Girondo (que apretaban las piernas para que el sexo no se les cayera en la vereda) y no al linaje tortil de Martina Navratilova. Pero sucedió que una tarde dos de ellas, después de un tanto glorioso, celebraron con un beso en la boca y entonces el mandamás del complejo, una suerte de patriarca de los paj(e)ros, tomó cartas en el asunto y se apersonó para exigirles un poquito de recato, porque los muchachos que jugaban al papi fútbol en las canchas vecinas, arguyó el hombre, iban a alzarse más de la cuenta. Pero era tarde: los muchachos ya estaban requetealzados y propinando a las chicas piro-pitos con aliento a cerveza. “Nos mudamos a esta nueva cancha porque es bastante más linda y no tiene lesbofobia. La anterior era un poco más lumpen y la gente al ser más primitiva se sobreexcitaba. Entonces, por un lado tenías a los tipos re calientes por ver dos minas besándose y, por el otro, a la gente de la administración a la que le molestaba que estas tortas estuvieran jugando. Hubo un par de escenas difíciles. Nos ponían las mesas para tomar cerveza a medio metro de la raya de la cancha y nosotras no teníamos dónde sentarnos, amén de las caras discriminatorias, de rechazo, que ellos no se privaban de ponernos”, cuenta Sandra Allegro.

De amor y otros deportes

Sandra Allegro es la dueña de la pelota, mejor dicho, de una pelota a la que hoy nadie le da bola porque es demasiado dura y queda confinada en el baúl de su auto. “Acá no hay directora ni capitana, acá no hay ninguna dueña de la pelota”, apunta Sandra mientras levanta las dos manos hacia arriba señalándole al equipo de las Martas que la pelota picó afuera. Las Martas es un trío que se bautizó así, que se define como un matrimonio de tres y que rivaliza con las Mirtas, el equipo contrario. Y así, como el de las Martas y las Mirtas, los sobrenombres y los nicks están a la orden del día: Alunai, Luly, Mar: nadie quiere decirme cómo se llama. No deja de hacer ruido esta llamada al anonimato, sobre todo en un grupo que apela a la sílaba “les” para sumar participantes. Si la primera impresión es que se trata de un pudor, no nos atrevemos a usar la palabra armario con alevosía, frente a la mirada de la periodista, la segunda impresión desconcierta aún más. ¿Entre ellas tampoco revelan su identidad? Según Allegro (me puse este apellido por aquello de allegro, ma non troppo, explica), aunque no se trata de la mayoría de los casos, de algunas chicas no se sabe de qué trabajan, de otras sólo que son lesbianas, y de unas pocas, ni siquiera eso. “Cada quien tiene su jugada, laboralmente hablando o familiarmente hablando. Hay ambientes más o menos homofóbicos. Hay chicas que quizás estén casadas con un hombre y participen de un lugar lésbico así, porque es su único espacio posible. Es mucho menos evidente que salir de noche e ir a un boliche. Hay gente que viene acá a la que le llegó el telegrama y no está dispuesta a abrirlo. Hay otra que lo tiene bien guardado. Esa chica es casada, por ejemplo –dice Sandra, señalando a una de las Mirtas– y yo no sé si el marido sabe o no. Yo, por ejemplo, en mi trabajo tengo un perfil absolutamente hétero, con lo cual el único espacio netamente lésbico para mí es éste. Estoy absolutamente cansada, pero el ambiente en el que trabajo es bastante homofóbico, y lo siento plagado de miradas reprobatorias.” Luciana explica que el hecho de compartir identidad con el resto de las chicas es para ella un fuerte estimulante que la impulsa a venir al voley: “El sábado es el único día en el que estoy en contacto con realidades más parecidas a la mía. Historias en conflicto con la realidad social. Este es un grupo de juego pero al mismo tiempo de reflexión, desde el momento en que, durante la cena que le sigue al partido, charlamos sobre cosas nuestras”.

Todos los sábados, después de jugar, la mayoría va a comer a una parrillita que queda cerca de la cancha y es ahí donde profundizan, porque las charlas se extienden hasta altas horas de la noche. “Es un espacio interesante. En un boliche es poco lo que podés intercambiar, en cambio acá tenés más horas de vuelo. No es sólo un encuentro por lo que ves superficialmente, acá, en las charlas, alcanzás otro grado de conocimiento. Generalmente, a la hora de comer, nos juntamos por edades. Están las más jovencitas, que tienen alrededor de 20, y las mayores, que promediamos los 40. Cuando vas a comer te das cuenta de cómo se arman pequeños grupos dentro de este gran grupo. Pero lo cierto es que es un momento de encuentro no tan fácil de lograr en lo cotidiano. En la vida en general, en la calle, en nuestros trabajos, la pregunta es cómo nos damos cuenta de que la otra es lesbiana. La que veo que es muy tortona no me gusta, entonces, ¿dónde puedo encontrar una chica que yo sepa que es gay y que no sea un boliche? Ya sabemos que la que viene acá es lesbiana. Y al haber un juego en el medio no hay tanta histeria”, cuenta Myriam, otra de las jugadoras. Luly, después de una larga vida dentro de la heterosexualidad, comenzó a asistir al voley para conocer a una chica y hacerse de un grupo de pertenencia: “Más allá de que hay un equipo que gana y otro que pierde, la pasamos lindo. Yo, particularmente, me siento medio tensa porque hace poco que entré en el ambiente. Y me cuesta. Quiero conocer alguna chica o tener un grupo para salir y por eso vengo. Para mí es nuevo todo esto. Será cuestión de soltarme un poco más”, cuenta. Sin embargo, y pese a la tensión que Luly experimenta, la cosa pinta relajada en serio y para ir a la parrillita nadie se viste con brillos ni se maquilla ni se plancha los rulos, porque según Myriam: “Nosotras estamos más cerca de las zapatillas que de los tacos”. Es un chiste, pero es también una verdad: hay una gran cantidad de lesbianas identificadas con un look más deportivo o sport, y acá lo deportivo sport, garpa. Remeras sueltas, musculosas, calzas y bermudas visten a estas muchachas cuyas expresiones se ven despejadas, sonrientes, atentas tan sólo al movimiento incesante del partido. Muchachas a las que durante todos estos años no les hizo falta demasiado acicalamiento para que en el campo de juego las afinidades electivas y las pasiones amorosas despertaran en sus vidas. Myriam, por ejemplo, desde hace un par de meses y tras un noviazgo de diez años con una mujer, terminado hace uno, conoció aquí a Valeria, psicóloga (heterosexual en su ambiente de trabajo) y ex basquetbolista, con quien está actualmente saliendo. “Se formaron muchas parejas acá y también otras se han separado –cuenta Sandra–. De hecho hay una pareja separada que hoy mismo está acá, las dos jugando en bandos contrarios. Después de separarse, hay algunas que siguen viniendo y otras que dejan de venir.” Sandra no aclara si esas que siguen viniendo post divorcio se han convertido o no en buenas amigas, pero convengamos que no sería nada raro que así fuera: en la vida lésbica, en tantísimos casos, el pasaje del romance a la amistad se produce de modo casi inmediato. En algunas ocasiones el amor, y no el espanto, es lo que nos aleja de las actividades que llevamos adelante en nuestros tiempos de soltería, del voley en este caso: “A veces las que empiezan a salir, abandonan –continúa Sandra–. ¿Querés una broma que me hacen a mí?: No traigas chicas nuevas al voley si las querés conocer vos. Es una frase típica. Es riesgoso, pero la verdad de la milanesa está en cuánto atraés vos a la persona. Si alguien piensa que su pareja corre riesgos por llevarla a una actividad de estas características, es porque su relación está funcionando mal. Es un chiste que me hacen, nada más, una pseudoverdad en tal caso”. Para Luciana el espíritu grupal es muy fuerte y ella no recuerda –o tal vez no quiere recordar, porque su mirada parece siempre posarse en las situaciones armoniosas– haber visto correr sangre por las cosas del amor: “Hay mucha empatía entre nosotras. No conozco conflictos, prima el cariño y la solidaridad. Por lo general, vienen chicas que buscan experiencias con mujeres. Acá te relajás, y lo lúdico tiene que ver con compartir algo común”.

Las reglas del juego

Sandra, sentada en el banco donde las jugadoras apoyan bolsos y abrigos, se sonríe y se admira de los pases que hace Gabriela –socia fundadora al igual que ella–, quien momentáneamente ocupa la posición tres. “Tiene la rodilla hecha pomada, pero está decidida a no dejar caer la pelota al piso. Mirá ahora: la pasó con una grácil tijerita de piernas”, dice. Es que las reglas han cambiado, me explica, y ya el voley no es aquel que era, esa práctica de nuestros años de secundaria restringida a los golpes con las manos, los dedos o las muñecas. Hoy una pierna, un pie y hasta un rodillazo se enmarcan también en la ley del juego. Esto es lo que se llama “poner el cuerpo”.

“Ese es el momento más lindo”, dice Sandra Allegro cuando el equipo compuesto por dos de las Martas hace un tantazo que –augura la organizadora– será inolvidable. Y ese momento es el del grito. Y el grito es seco y grave, y no sale de una sola garganta sino de seis al mismo tiempo. La cancha está bajo la autopista 25 de Mayo y por encima de nuestras cabezas circulan los autos. La potencia de los motores y la de los pelotazos comparten, en esencia, algo semejante. Eso semejante son la fuerza y la velocidad combinadas, ese vigor que la cultura asigna puramente a los muchachos. Pero está claro que no, que las mujeres también corremos y pegamos fuerte y rápido, y que en el voley podemos hacer durísimos remates. Es el caso de Alunai, la ex voleibolista de Independiente que, tras saltar pegada a la red, golpea la pelota con su palma derecha y la hace picar del otro lado de la cancha ahuyentando a las integrantes del otro equipo que se esparcen hacia la periferia dejando un vacío en el centro, como por el efecto de una onda expansiva. “En general, nosotras tratamos de no ser muy rigurosas con las reglas, pero a esta chica no le perdonamos una –dice Sandra refiriéndose a Alunai, la mejor de todas–. Nosotras hacemos doble golpe y está todo más que bien. Nunca pensamos en profesionalizarnos, es netamente recreativo lo nuestro y acá viene la que jugó en la secundaria veinte años atrás, tanto como esta que jugó en Independiente.” Y todas coinciden. Nadie espera del voley de los sábados nada más que lo que es y cuando se le pregunta a Sandra Allegro si nunca pensaron en participar de la Olimpíadas gays, contesta que jamás se les hubiera ocurrido. En la memoria grupal quedó grabado el recuerdo de dos chicas que sí aspiraban a más y trajeron al equipo una tensión para la que las otras no estaban preparadas. Esto fue hace muchos años, y según Luciana nada parecido se repitió después. “Tenían un nivel muy alto y trataron de instalar una cosa muy competitiva, que nunca fue nuestra finalidad. Eso obstaculizó algo entre nosotras que después se relajó. Finalmente ellas tuvieron que dejar de venir porque se ve que se dieron cuenta de que no encuadraban.” Valeria, la ex federada de basquet, es señalada por Sandra como una de las que más se destacan, porque aun sin haberse profesionalizado en el voley, tiene una fuerte formación deportiva. Su recorrido por las distintas disciplinas le dio no sólo experiencia en los diversos juegos, sino también un conocimiento más amplio del mundo lésbico: “El básquet está lleno de lesbianas –dice por experiencia–, igual que el hockey. No sé por qué es así, pero sin duda el deporte es algo que nos pertenece”. Sandra, que ha formado parte de la ACCP, Asociación Civil Clubes de Paddle, cuenta que ese deporte es jugado mayormente por lesbianas y que el Paddle friendly, que algunas de las chicas del equipo de voley están tratando de armar, no le parece necesario: “El paddle –dice– es naturalmente lésbico”. En Perú, cuenta Mar –una limeña que vino a estudiar a Buenos Aires y de paso a jugarse unos partiditos y de paso también a conocer alguna chica– este tipo de cosas no pasan: sólo hay grupos muy cerrados que juegan al fulbito. Paciencia, Mar: ya llegará el voleytort al país inca. ¿O lesbivoley les parece mejor?

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