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¿¿¿Un shopping gay???

Por Bruno Bimbi – (Tod@s)

¿¿¿Un shopping gay???

Como si no tuviéramos bastante con los espías soviéticos, los tuiteros truchos, las medias “Clarín miente” de los amigos de Guillermo Moreno para los chicos descalzos de Angola y el nuevo programa de televisión de Ricardo Fort, los dueños de Harrods Argentina quieren reabrir el histórico centro comercial de Av. Córdoba y Florida como un “shopping gay”.

Sí, eso: un shopping gay.

Por las dudas, aclaran que será “hétero-friendly”. O sea, un shopping para putos que abre sus puertas a los chongos que quieran visitarlo ya que, seamos francos, sin chongos perdería su atractivo. Como dice el periodista y escritor Osvaldo Bazán, una redundancia: ¡los shoppings ya son gays!

No es la primera vez que a algún genio del marketing se le ocurre pintar algún producto de rosa para vendérselo a un imaginario ejército de gays llenos de plata. Ya hace un tiempo que distintas marcas promocionan sus “vinos gay” —siempre me pregunté qué característica del sabor, el color o el aroma de un vino puede ser capaz de otorgarle una identidad homosexual— y, aunque parezca mentira, hay productos aún más desopilantes. Hace unos días, en un shopping de la zona sur de Río de Janeiro, vi un local de comida rápida que vendía empanadas fritas gays de ricota con perejil. No quise preguntar más, me dio vergüenza ajena. De cierta forma, también podríamos encontrar un paralelo entre estos delirios y aquel mediático proyecto de ley del diputado ultrahomofóbico Alfredo Olmedo, quien, después de hacer todas las payasadas posibles para ganar minutos de televisión oponiéndose al matrimonio igualitario con su campera amarilla, ahora propone que haya un cupo para gays y lesbianas en las listas de candidatos a legisladores.

Gente que quiere mostrar que por fin llegó al siglo XXI y no le sale.

Volviendo a las palabras de Bazán, “un shopping gay es un atraso enorme”. Parece que los craneotecas que pensaron esta brillante idea no se enteraron que la Argentina aprobó hace ya casi dos años una ley de matrimonio igualitario que garantiza a las parejas del mismo sexo los mismos derechos con los mismos nombres y acaba de aprobar con una votación unánime en el Senado la ley de identidad de género más avanzada del mundo. Justo cuando el país avanza a pasos agigantados hacia la plena igualdad de derechos y, como consecuencia del debate político, mediático y social que esos avances producen, aniquila día a día sus más arraigados prejuicios, estos genios nos proponen encerrarnos en un armario de lujo donde esperan vendernos productos pensados especialmente para nosotros. Como si ese “nosotros” pudiera definirse de algún modo que permitiera ser asociado a un determinado tipo de productos. Vinos y empanadas fritas gays, por ejemplo.

No entendieron nada.

¿De dónde sacaron que los gays queremos un shopping para gays? ¿Qué viene después? ¿Un shopping para judíos? ¿Otro para negros? ¿En qué siglo viven?

Hago mías otras preguntas, formuladas por el periodista Gustavo Pecoraro: “¿Qué es el “público gay”?, ¿los hombres que tienen sexo con hombres?, ¿los que tienen siempre o los que sólo tienen a veces?, ¿los activos?, ¿los pasivos?, ¿los activos participativos?, ¿los pasivos participativos? ¿Qué pasa con las mujeres lesbianas o bisexuales?, ¿serán consideradas parte del “público gay” para los promotores de este shopping? ¿Cuál será la parte que les corresponda a los varones transexuales, o a los intersexuales?, ¿si te hormonás estás dentro de este segmento comercial? ¿Las dress cross se incluyen en este “target” de la gaytud?, ¿travestis, transexuales, transgéneros e intersexuales, en qué lugar están contempladas?”.

“Esta propuesta, como la de cualquier fest puti mega marica dance, me produce una picazón horrible en el medio de la uretra”, dice Pecoraro. “Es como si, de repente, descubrieran que de la mano de Visa o American Express, el ‘público gay’ sólo ansía en este país ir a Harrods a gastarse su altísimo sueldo”.

Y sí, es eso. Los genios del marketing han inventado una categoría de consumidores maricones: DINK, que significa double income, no kids, o sea, “doble ingreso, sin hijos”. Parten de algo cierto: buena parte de las parejas de varones gays —no así las de lesbianas— no tienen hijos, por lo cual tienen menos gastos, y suman sus sueldos de varones que, en este mundo machista, son más altos, en promedio, que los de las mujeres. Pero ese dato estadístico se distorsiona y generaliza al punto de transformarse en una enorme mentira: que todos los gays son de clase media alta y tienen buenos trabajos. Hay una fantasía, extendida entre los especialistas en putez y negocios, que reza que los gays son mayoritariamente ricos y andan por el mundo con sus billeteras dispuestas a abrirse en cualquier negocio que tenga una bandera con los colores del arcoiris. Una soberana estupidez.

Que se entienda: hay gays ricos, pobres, de clase media, media alta, media baja, con trabajo, sin trabajo, morochos, rubios, pelirrojos, de Boca, de River, de Rosario Central, chongos, locas, nada que ver, tapados, orgullosos, profesionales, analfabetos, porteños, cordobeses, jujeños, gordos, flacos, leather, osos, musculocas, fanáticos del rock, tangueros, bailanteros, jóvenes, viejos, cortos de vista, boludos, genios, peronistas, comunistas, despolitizados, fachos, taxistas, abogados, empresarios, almaceneros, botelleros, jueces, políticos, futbolistas (sí, futbolistas), ministros, e inclusive marketineros. Y también hay heterosexuales, bisexuales, lesbianas, travestis, transexuales y todo lo que se te ocurra que son cada una o varias de esas cosas y muchas otras también. Acá y en la China.

Ahora bien, volvamos. ¿Por qué sí un boliche gay, un hotel gay-friendly o una agencia de turismo especializada para personas LGBT y no, por ejemplo, un vino gay, una empanada gay o un shopping gay? Lo ideal sería que, en algún momento, no existan —porque no hagan falta— ninguna de esas cosas.

Ni siquiera este blog.

Pero es innegable que algunas aún son necesarias. Si una pareja de dos hombres o dos mujeres decide tomarse sus vacaciones en un lugar del país o del mundo que no conoce, es lógico que quiera saber que va a hospedarse en un hotel donde no va a ser humillada, maltratada o mirada de esa forma que tanto jode. Es lógico que quiera la seguridad de que va a ir a un lugar donde será bien recibida. Lo mismo puede pasar con una salida de levante o en pareja. Poder encarar a alguien sin arriesgarte a terminar en una pelea, poder darle un beso a tu novio sin que las miradas ajenas se burlen de vos. No es que los gays necesitemos, por alguna cuestión “natural”, espacios sociales diferenciados, sino que los fuimos creando para protegernos de la hostilidad de los lugares que supuestamente deberían ser para todos. Eso, por suerte, está cambiando. Ojalá un día le coloquemos la faja de clausura al último lugar para gays. Falta cada vez menos.

¿Y los barrios como Chueca, en Madrid, o Castro, en  San Francisco? Idem. Esos lugares fueron estableciéndose en épocas mucho más difíciles porque muchos gays, maltratados en sus lugares de origen, buscaron dónde vivir en paz y ser felices. A esta altura,  ya tienen una identidad y una historia que merece ser preservada y seguramente irá actualizándose.

Pero, en serio: ¿un shopping? ¿Qué necesidad?

Desde este humilde blog, les recomendamos a los dueños de Harrods que piensen en otra cosa.

No hace falta un shopping gay. Ni vinos ni empanadas fritas gays.

Ahora que caminamos cada vez más rápido hacia la igualdad, no nos quieran empujar de nuevo al gueto.

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