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Una trans en la Policía Federal

Por Sebastián Hacher – (Miradas al Sur)

Cabo Bayer. Micaela estrena credencial.

El padre también era policía. Se llamaba Marcos Bayer y lo mataron en 1977, en una emboscada que estaba dirigida a uno de sus compañeros. Marcos llegó a buscar a su amigo en medio de la balacera y le dieron once tiros. Estuvo veintiún días agonizando y murió. Micaela todavía no había nacido: la madre, que quería una niña, estaba embarazada de cuatro meses y además de quedar viuda pensó que su deseo no se iba a cumplir: cinco meses después, cuando nació Micaela, la partera dijo varón.

Le pusieron un nombre masculino que la acompañó varios años, y que ahora representa una identidad caduca. Las credenciales de policía que la cabo Bayer usaba hasta hace una semana corrieron la misma suerte. Micaela es una de las primeras mujeres trans que trabaja en la Policía Federal y deberá ser llamada por su nombre de género: ese que adoptó cuando asumió su identidad.

Mientras a los hermanos le gustaba la mecánica, ella prefería la oficina. Se sentía más delicada que los hermanos.

–A la policía –cuenta– entré en 1997. Tenía 19 años y lo hice porque necesitaba trabajar. Por el apellido entrás más fácil, pero igual tuve que esperar un año.

La madre tenía miedo: no quería que Micaela tuviese el mismo destino que el padre. Pero ella no fue por el lado de la calle. Las prácticas de tiro fueron apenas una formalidad: la llevaron a un polígono y disparó cinco veces, siempre con los ojos cerrados. Cuatro dio en el blanco.

En la oficina siempre usaba un ingrediente femenino: al principio era el pelo largo. Pero ni bien entró se lo hicieron cortar y la mandaron a hacer el trabajo administrativo reservado para los cabos varones: cargar bolsas, llevar peso. Hasta empezó el gimnasio para marcar los músculos. Desistió enseguida: en los boliches gays se encontró con chicas trans: quiso mirarse en el espejo de esa identidad. Se juntó con otras en Lanús y decidió que se iba a empezar a montar los fines de semana. La primera vez lo hizo lejos, en un boliche en Suipacha, a 126 kilómetros de la capital. Le daba terror que la vieran, que alguien en su trabajo la descubriera subiendo su deseo a un par de tacos.
Después se animó a ir más cerca. Y empezó una transformación tan consciente como paulatina. Se hizo la depilación definitiva, se hormonó y le empezaron a crecer los pechos. Hasta que un día fue a trabajar y la encerraron en una oficina.

–Te vieron en una esquina –le dijo un oficial superior–. Con pollera blanca. Prostituyéndote.

Sabía como era la cosa: lo había vivido en la calle, y lo vivía ahí, cuando las mujeres se escandalizaban cada vez que entraba al baño de ellas y cuando los hombres hacían lo mismo si usaba el de varones. Ella, que había provocado el llanto de una sargento el día que apareció con aritos, que despertó insultos y protestas de sus compañeras cuando se puso su primer corpiño, lo sabía: en algún momento la iban a acusar de prostituirse. Esa es la etiqueta que la sociedad le pone por default a las mujeres trans.
Si ser gay en una fuerza de seguridad es duro, ser trans es un desafío que parecía imposible. Cada detalle fue una guerra. El nombre propio, una batalla: todavía hoy, algunos se resisten a llamarla Micaela, y usan su nombre anterior como un insulto. Con los años, Micaela se volvió una referente para sus compañeros. Conoció gays, conoció lesbianas adentro de la fuerza: supo lo mal que la pasaban y con su ejemplo los alentó a seguir adelante. “Si ella puede –decian algunos– yo también voy a poder.”

Salir del closet en una fuerza de seguridad es abrir las puertas del infierno: se dejan de tener beneficios, se reciben todo tipo de insultos y presiones. Micaela no se detuvo. Después de unas vacaciones volvió con pechos nuevos. Durante otra, corrigió un pequeño detalle en el frente.

Pero todo tiene un fin: cuando por orden del Ministerio de Seguridad la policía dejó de hacer documentos, la mayoría de la gente de su oficina fue trasladada. A ella le tocó el Comando Radioeléctrico. Llegó al destino nuevo, estuvo tres horas y la devolvieron a su lugar de origen. Para ese entonces, Micaela sabía como manejarse:

–Los denuncio al Inadi, a la CHA y si hace falta a los medios –amenazó.

Pero eligió un caminó alternativo: llamó al Ministerio de Seguridad. Poco después, la ministra Nilda Garré, ordenó a los jefes de la Policía, Gendarmería, Prefectura y Policía Aeroportuaria “reconocer y respetar a las personas de acuerdo a la identidad adoptada”. La resolución apunta tanto a los ciudadanos comunes detenidos o que van a hacer trámites, como a los agentes de cualquier fuerza e incluye “la ropa, el uniforme y el uso de baños y vestuarios”. En otra resolución, la ministra ordenó crear un “Centro Integral de Género” para atender, entre otras cosas, casos como el de Micaela en cada una de las fuerzas.

La propia Micaela va a trabajar en una de esas oficinas. Está contenta: desde allí, dice, va a poder ayudar a sus compañeros y compañeras para que su camino no sea tan tortuoso como el de ella.

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