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LGBT, más que un acrónimo

Por Álvaro Hernán Plazas

LGBT, más que un acrónimo

El acrónimo LGBT, el cual representa las identidades Lésbica, Gay, Bisexual y Trans (transformistas, travestís, transgéneros y transexuales), surge a partir de un fenómeno de cohesión que tuvo como punto de partida fuertes realidades de discriminación y violencia por prejuicio a nivel de individualidades en cada una de ellas.

(LGBT como categoríade visibilización)
Esquematiza el paso de un momento de discriminación individual, es decir, de particularidades en casos específicos, a otro momento en que dicha discriminación se revela y se manifiesta hacia un colectivo, lo cual congregó para generar procesos de resistencia y empoderamiento.

Este acrónimo tuvo su origen en contextos ajenos a la realidad sociopolítica colombiana y latinoamericana, toda vez que la coyuntura de su génesis se da en los Estados Unidos, país con una estructura política, cultural y social muy distinta, debido a las diferencias  inherentes en contexto de cada realidad . Tal vez por esto no se dé una identidad colectiva, ni a nivel internacional ni a nivel local, presentándose incluso casos de endodiscriminación, tanto entre las identidades como al interior de cada una de ellas.

Los procesos LGBT tienen una clara representatividad política, toda vez que aquellas personas que se leen dentro de cada una de sus identidades forman parte de un sistema político, el cual incide en gran medida en el sistema social y cultural; pero este acrónimo coloca en un mismo nivel las características, realidades, particularidades y singularidades en las respectivas realidades de cada una de estas identidades. Esto último puede resultar inapropiado debido a que al colocarse a un mismo nivel se están desconociendo las identidades y expresiones de género, así como también las identidades sexuales.

Lo anterior es plenamente latente en el caso particular de la identidad trans, pues en otros contextos se maneja singularmente desde ella la transformicidad, puntualmente de lo masculino a lo femenino, donde la identidad del género es transitada, es decir, el ejercicio de transformación desde la expresión del género se da por un corto periodo de tiempo, dejándose a un lado a la transvesticidad, la transgenericidad y a la transexualidad, donde tanto la identidad y expresión de género se dan por un largo periodo o por la totalidad del tiempo.

Son estas tres últimas identidades trans las que en contextos latinoamericanos son ampliamente reducidas y soslayadas socioculturalmente, tanto así que en la inmensa mayoría de los casos estas mujeres deben recurrir al trabajo sexual, y a todas sus implicaciones, como única fuente de ingresos. Además, se hace relación al tránsito en el género de lo masculino hacia lo femenino, ignorando por completo el tránsito en el género de lo femenino a lo masculino. Es por esto que resultaría complejo el circunscribir a las identidades trans dentro del abanico LGBT.

Por su parte la identidad bisexual, la cual, al igual que la anterior, hace referencia a hombres y a mujeres, personas estas que en realidades como la nuestra son prácticamente
invisibles, toda vez que se da un doble prejuicio, tanto desde la dimensión heterosexual,
como desde la dimensión homosexual, desde las que se plantea que son personas indecisas o inseguras, lo cual desde lo LGBT bien podría constituirse en un ejercicio de endodiscriminación.

A pesar de que se puede encontrar algunas personas que se leen como bisexuales, ellas no se asumen desde una posición claramente reivindicatoria, sino más bien desde una posición humana, que iría en contrapartida del ideario político LGBT.
Por su parte las lesbianas, llevan a cuestas una carga sociocultural desde su calidad de género femenino, dado que desde la dimensión patriarcal éste ha sido marginado, siendo condicionado a lo privado y a lo pasivo, involucrando modelos como el de la maternidad como requisito de la realización personal, y sin contar que, por ejemplo, las necesidades en salud de una mujer lesbiana son muy distintas a las de un gay, una persona bisexual y una persona trans.

Y es la latente desventaja para las mujeres lesbianas la que se constituye en una ventaja
para la identidad gay, toda vez que los hombres que se asumen y visibilizan como tal bien
gozan de las ventajas que el sistema patriarcal otorga, fenómeno que podría ser causa de la endodiscriminación entre los hombres gay, donde aquellos que elaboran su expresión de género con “elementos” que desde el género como construcción cultural han sido otorgados a las mujeres, son marginados por la gran mayoría de hombres gay que elaboran su expresión de género con “elementos” que desde el género se le han otorgado a los hombres. Nada más representativo de la ventaja patriarcal gay, como su cuasi monopolio en procesos en vih y sida, aun por encima de surgir estos por esquemas de estigmatización y discriminación.

Sumado a lo anterior se encuentran los imaginarios colectivos que ya estandarizan procesos bajo el acrónimo LGBT, hablándose, por ejemplo, de espacios de esparcimiento para LGBT y políticas públicas para LGBT. Con respecto al primer planteamiento, se tiene la idea de que todas las discotecas y bares son espacios LGBT, donde en realidad prima la presencia de lesbianas y gais, no dándose esto por ser “una gran cantidad” dentro de la “minoría”, sino por la discriminación que hacia personas trans se da desde los propietarios de estos espacios y, en no pocos casos, desde su asidua concurrencia.

También se hace mención a los saunas como espacios LGBT, cuando ni en realidad son espacios gay, toda vez que ellos, desde un modelo foráneo también, surgen como lugares
a los cuales asisten hombres con conductas y/o prácticas homosexuales, constituyéndose
en espacios reduccionistas y microzonas de tolerancia en lo que a la expresión sexual y a
la genitalidad, desde el deber ser heterosexual se refiere, y que en tiempos más “postmodernos” algunos se han convertido en lugares para encuentros e intercambios de parejas, mejor conocidas como “parejas swinger”, constituyéndose esto en una forma de desplazamiento geográfico.

Con respecto a las políticas públicas para LGBT, si no se toman en cuenta las diferencias
entre las identidades que la conforman, el sesgo que desde el origen mismo de este acrónimo se plantea permanecerá inmanente en su resultado, sin mencionar que al momento de convocar a las personas LGBT para las actividades de construcción de una política de este tipo, asistirán las identidades hegemónicas de la sigla, es decir, lesbianas y gais en mayor medida, y en menor medida personas bisexuales y personas trans -las primeras discriminadas por su sexualidad y las segundas por su género-,sin contar que son estas últimas las que a pesar de tener las mayores necesidades políticas, culturales y sociales, son las que menores competencias tienen en la participación de este ejercicio como resultado de la discriminación histórica y sistemática de las que son objeto.

Resulta sano entonces el reflexionar si el acrónimo LGBT está siendo manejado de manera adecuada, si resulta pertinente el pensar en incluir a otras identidades dentro de ella o si en realidad vale la pena el generar un término acorde con la actual realidad social en este tiempo, para Colombia y para su población, término este que deberá surgir de esquemas propios y no de esquemas que bien pueden ser vistos como globalizantes.

LGBT, más que un acrónimo

En la actualidad algunos procesos, a nivel internacional, regional, nacional y local, incluyen o quieren incluir la Intersexualidad como quinta identidad de esta sigla, sin haber realizado un claro acercamiento a la misma que permita responder las siguientes preguntas: ¿Las personas y procesos que se identifican como Intersexuales en nuestra ciudad desean visibilizarse? De querer hacerlo: ¿Desean realizarlo en conjunto con las Identidades LGBT? De ser así: ¿Estarían de acuerdo con el estado de logros y avances realizados por las Identidades LGBT? Es un ejercicio que se debe realizar como respeto hacia la Intersexualidad y el mismo proceso LGBT.

Son esas latentes diferencias las que vienen entonces a alterar en negativo las osibilidades
de avance de una ‘figura’, que si bien parece cubrir un colectivo, no lo hace desde una estructura homogénea que permita el propender por avances comunes, integraciones de
proceso ni estructuración de discursos unificados, limitando las posibilidades de incidencia colectiva aunque sí ampliando las opciones de visibilización, pero con la vulnerabilidad de ser asumido como objeto y no como sujeto de su propia evolución.

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