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La revolución del tratamiento ARV y el comienzo del fin de la crisis del VIH

Por Anuar Luna* – (Notiese)

La revolución del tratamiento ARV y el comienzo del fin de la crisis del VIH

El tono optimista de la recién concluida XIX Conferencia Internacional sobre el Sida celebrada del 22 al 27 de julio en Washington DC, debe saludarse y celebrarse. Sin embargo, también es necesario tomar con cautela y un toque de escepticismo los mensajes que estamos recibiendo.

Si bien, es reconocido que contamos con los recursos que las ciencias clínicas han puesto a nuestra disposición para enfrentar exitosamente la crisis del VIH, problema que es parte de los grandes desafíos de salud de la humanidad en las tres últimas décadas, también es cierto que es tiempo de hacer un alto para analizar los múltiples desafíos que este nuevo escenario nos plantea en términos de la respuesta a la epidemia.

Durante el último lustro hemos venido escuchando -con mucha precaución al inicio- el impacto positivo del tratamiento antirretroviral de alta eficiencia en las estrategias de prevención. En esta historia es imposible olvidar el revuelo que causó la Declaración Suiza que sostiene que cualquier persona VIH positiva en tratamiento antirretroviral (ARV), carga viral indetectable y sin presentar alguna infección de transmisión sexual (ITS) durante los últimos 6 meses, es incapaz de transmitir el VIH a sus compañeros sexuales. Esta declaración nos sorprendió a muchos y muchas y generó las más diversas reacciones, desde un completo optimismo hasta el total rechazo.

Por aquellos tiempos, el concepto de profilaxis pre exposición (PrEP)[1] también se asomaba tímidamente, algunos microbicidas[2] a base de ARV ya estaban en pleno desarrollo y la profilaxis post exposición se suministraba rutinariamente en casos de exposición laboral y abuso sexual.

En un mundo dominado por la verdad basada en los datos y en evidencias científicas, no hay lugar para hipótesis. Esto explica que desde 2010 la Revolución del Tratamiento se haya consolidado a partir de los múltiples estudios que han demostrado con datos confiables que, efectivamente, el tratamiento a base de ARV no sólo salva vidas, también contribuye a evitar nuevas infecciones. Hoy en día ya no es necesario citar complejos estudios para demostrarlo: la evidencia ha triunfado. El resultado es un enfoque integral que finalmente logra consolidar la fusión de la atención y la prevención como un continuo –por cierto, una idea nada novedosa.

La prevención combinada reconoce la importancia de mezclar estratégicamente herramientas del campo del cambio de comportamiento y más métodos de barrera (condones masculinos y femeninos, acompañados de lubricante a base de agua), así como el uso de ARV para generar la ecuación perfecta que nos permitirá alcanzar las metas de cero nuevas infecciones, cero muertes por sida. El tema de alcanzar cero estigma y discriminación se cuece aparte.

Estigma y discriminación

El estigma y la discriminación representan aún la gran barrera para el acceso al tratamiento, la atención, los cuidados y la aplicación exitosa del enfoque de prevención combinada.

En primer lugar, para lograr que el tratamiento ARV en la población VIH positiva sea efectivo como herramienta de prevención, es necesario que las personas con VIH conozcan su estatus serológico. Es sabido que en la mayoría de los países del mundo el porcentaje de personas que conocen su estatus no es mayor a 40 por ciento.

En términos de desafíos, lograr que un mayor número de personas conozcan su estatus y lograr que permanezcan dentro de los servicios de salud es enorme. En este sentido está bien documentado que el estigma y la discriminación juegan un rol relevante: el temor al señalamiento, la incomprensión, la injusticia, y la falta de dignidad que implica un resultado positivo, sigue siendo una barrera para que más personas conozcan su estatus y logren adherirse a los servicios de salud.

En países donde existe la penalización de la transmisión y la criminalización de grupos clave para la epidemia como los hombres gay y los que tienen sexo con otros hombres, personas transgénero, hombres y mujeres dedicados al trabajo sexual, así como usuarios y usuarias de drogas inyectables continúa siendo una barrera enorme para que estas poblaciones –en alto riesgo de adquirir el VIH- logren acceder a los servicios de salud, y en última instancia al tratamiento que necesitan para satisfacer sus necesidades.

En este escenario, alcanzar la meta de cero estigma y discriminación parece ser el gran desafío para los países, los gobiernos, las comunidades y los individuos.

Pero volviendo al tema de la revolución de los medicamentos como la llave que nos permitirá acceder al último tramo del túnel donde encontraremos la luz, vale la pena reflexionar sobre el enorme costo financiero que implicará la medicalización de la respuesta.

En este sentido, todos los involucrados en la respuesta al VIH debemos analizar nuestro rol futuro para garantizar que el acceso a los medicamentos ARV esté disponible para todas las personas justo en el momento que los necesiten, ni antes, ni después.

En primer lugar vale la pena recordar que el tratamiento ARV tiene como principal propósito para una persona que vive con VIH salvaguardar su propia salud. Los beneficios para la prevención –o bien la salud pública- son importantes, pero secundarios con respecto a los beneficios individuales. En este sentido,  la autonomía y poder de decisiones de las personas que viven con VIH tendrá que ser la pauta que guíe las políticas en relación a la utilización de ARV en personas seropositivas.

Las personas VIH positivas deben tener información clara que les ayude a tomar decisiones informadas sobre sus necesidades médicas, lo cual implica iniciar el tratamiento ARV en el momento en que las personas lo decidan, de acuerdo a su condición de salud. Para que esto sea posible, es imperante contar con información sobre carga viral, linfocitos CD4, resistencia a medicamentos, efectos secundarios potenciales, así como adherencia al tratamiento.

Toda iniciativa para prevenir nuevas infecciones basada en el uso de tratamiento ARV deben ser acompañada por sólidas estrategias de cambio de comportamiento y utilización de métodos de barrera, enfoques de reducción del daño, servicio para evitar la transmisión vertical, e incluso, cuando sea culturalmente aplicable el uso de métodos basados en la circuncisión. Esto quiere decir que el uso de los ARV de ninguna manera es la “píldora mágica” que vendrá a solucionar todos los problemas. La píldora será “mágica” en la medida en que sea combinada con todos los recursos ya disponibles.

En regiones del mundo donde la sostenibilidad del acceso universal a tratamiento ARV aún es un desafío -como el caso de México-, la voluntad política de tomadores de decisiones para garantizar que los recursos financieros para la compra de medicamento, constituye el centro de las discusiones.

*Experto en derechos humanos, sexuales y reproductivos, así como en estigma y discriminación. Actualmente es Vicepresidente de la Red Mundial de Personas que Viven con VIH/sida.

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