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América latina deja atrás el machismo y acepta la cultura gay

Fuente: Clarín

San Pablo, sede de la mayor celebración del orgullo gay en América latina.

San Pablo, sede de la mayor celebración del orgullo gay en América latina.

 

Por Héctor Carrillo, profesor de Sociología y Estudios de Género y Sexualidad, Northwestern University (EE.UU.)*

Brasil va camino a convertirse en el tercer país latinoamericano en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Argentina fue el primero, en 2010. El parlamento uruguayo siguió sus pasos el mes pasado. Ciudad de México permite las uniones desde 2010, mientras que el estado mexicano de Quintana Roo lo hace desde 2011.

¿Cómo podemos reconciliar eso con el estereotipo de la cultura latina como baluarte de la religiosidad y el machismo? ¿Cómo fue que el continente que la Iglesia Católica considera su futuro (junto con África) es sede de la mayor celebración del orgullo gay del mundo, que se realiza en San Pablo, Brasil?

La presencia de la Iglesia en América latina es innegable, pero su influencia en las políticas sociales no es como la de los cristianos evangélicos en los Estados Unidos, ni la creciente cantidad de pentecostales ha dado muestras de una obsesión por la homosexualidad similar a la de sus pares del norte. México, por ejemplo, hace mucho que enfatiza la separación entre Iglesia y Estado y sólo reconoce el matrimonio civil; vale decir que los sacerdotes pueden oficiar en bodas pero no están facultados para unir parejas legalmente.

La historia política es otro factor. Desde la década de 1970, los movimientos de protesta contribuyeron a poner fin a dictaduras militares o a largos períodos de gobierno de un solo partido. Esa apertura democrática dio impulso a gobiernos que fortalecieron los derechos humanos y la libertad individual. Rafael de la Dehesa, un especialista en ciencias sociales del College of Staten Island, de la City University de Nueva York, ha demostrado que los activistas homosexuales aprovecharon esa ola de democratización.

No son logros inevitables. Durante décadas, la izquierda de raíces ideológicas en la lucha de clases fue tan patriarcal y homofóbica como los capitalistas a los que condenaba. Para entender los motivos del cambio, por lo tanto, también hay que analizar la sociedad.

En los años 90 entrevisté a decenas de mexicanos, homo y heterosexuales, en Guadalajara, la segunda ciudad del país. Señalaron que querían que su vida no fuera como la de sus padres.

Las mujeres querían que se las reconociera como seres sexuales, con deseos legítimos y capacidad para concretarlos. Los hombres sentían que los viejos modelos del machismo los limitaban en lugar de fortalecerlos. Como determinó el antropólogo mexicano Matthew Gutmann en Ciudad de México para la misma época, se trataba de la primera generación de mexicanos para los cuales el machismo era mala palabra.

El deseo de autonomía individual se extendió a gays y lesbianas.

La aparición del SIDA como epidemia global coincidió con un período de enérgica democratización. La mayor visibilidad generó reacciones homofóbicas, pero también llevó a los homosexuales a proclamar su identidad y a organizarse políticamente.

Cuando llegué a Guadalajara en 1993, los boliches gay estaban ocultos a la vista del público. Para 1998, y ya rebosantes de clientes homo y heterosexuales, habían dejado de llamar la atención.

Cuando le comenté a un joven gay que los bares parecían estar llenos de gente heterosexual, contestó: “¿No es maravilloso?” En su opinión, el bar en cuestión era “el más popular de Guadalajara”, debido a que abrazaba la diversidad sexual.

Como destaca el antropólogo mexicano Guillermo Núñez Noriega, se trata de una minoría, pero sus actitudes permean el total de la población. Los medios mexicanos, que llegan hasta las zonas rurales más apartadas, presentan telenovelas que muestran la homosexualidad de forma muy abierta (si bien melodramática) y programas de debate en los cuales la tolerancia es un indicio de modernidad cosmopolita.

Esos acontecimientos no sólo socavan los estereotipos sobre el machismo, sino también la presunción de que la supremacía del catolicismo hace imposible el cambio. El matrimonio entre personas del mismo sexo es legal en Bélgica, Portugal y España, e Irlanda reconoce las uniones civiles. En momentos en que la Suprema Corte de los Estados Unidos debate el matrimonio homosexual, tal vez debería considerar el precedente que sentaron otros países del hemisferio occidental.

*Copyright The New York Times, 2013. Traducción de Joaquín Ibarburu.

 

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