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Cambio social: avanza en el país la aceptación del amor gay

“Farsantes” es el segundo programa más visto de la TV. La ley del matrimonio gay y la salida del closet de famosos, las claves.

Un amor gay es el nudo central de la ficción “Farsantes”. (Imagen: Clarín)

Un amor gay es el nudo central de la ficción “Farsantes”. (Imagen: Clarín)

 

Por Gisele Sousa Dias (Clarín)

Las relaciones entre personas del mismo sexo no siempre tuvieron una gran aceptación en las telenovelas. Existían, claro, pero sus historias de amor nunca llegaban a ser el centro de una trama; mucho menos, a desplazar al romance entre el galán y la heroína heterosexual. Pero algo viene cambiando afuera, en la vida real, para que esa tolerancia se haya derramado en una novela de televisión abierta que ya genera fanatismos. Es lo que pasa con “Farsantes”, la tira que protagonizan Julio Chávez y Benjamín Vicuña, donde las barreras de género parecen haber empezado a diluírse: lo que captura ahora no es una historia morbosa de amor gay, sino una historia de amor, a secas.

“Farsantes” no está en el prime time tradicional, a la hora de la familia sentada a la mesa: arranca cerca de las 23 y sin embargo ya es el segundo programa más visto de la televisión. Y ese fervor popular ocurrió el lunes, el día en que ellos –Guillermo y Pedro– se besaron por primera vez. En Twitter –según la medición de Social Monitor–, el hashtag #Farsantes tuvo picos de 2.500 comentarios por minuto: hombres y mujeres pidiendo que se besaran, por favor, ya. La televisión retransmitió el beso todo el día posterior, fue tapa de revistas, obsesión en Facebook y el capítulo fue visto casi 60.000 veces más en la web.

¿Qué cambió, entonces, para que creciera la aceptación de las relaciones gay y para que haya tantos espectadores pidiendo más de un romance entre dos hombres? “La revolución femenina fue el motor para que se elasticen los bordes, no sólo en lo que respecta a los derechos de la mujer. Al diluírse los márgenes –que delimitaban qué está bien, qué está mal–, hay menos expectativa de esos ‘formatos correctos’ y se habilitan formas sexuales diferentes”, explica la psicóloga y sexóloga especializada en género, Adriana Arias. “El mandato sociocultural que exige ser heterosexual porque ésa es la base de la familia y de la sociedad se fue corriendo y, como consecuencia, empezó a haber menos censura, menos condena social y más integración de lo que antes el mandato mostraba como lo enfermo”.

Después, llegó la hora de los papeles: y en 2010 Argentina hizo punta en América Latina con la ley de matrimonio gay. “El cambio profundo tiene que ver con la mayor visibilidad, que fue muy empujada por la ley”, dice Esteban Paulón, presidente de la Federación Argentina LGBT. “La ley funciona, no sólo en términos de derechos concretos, sino como un legitimador de una práctica que no tenía aval legal pero tampoco simbólico. Es por eso que se incrementó la visibilidad en cada casa, en cada grupo de amigos, en cada familia”. Eso –sigue– sumado “a la mayor visibilidad de las referencias positivas: famosos y artistas, incluso hétero, empoderando a gays a salir del clóset abrieron un nuevo plafón social para esa tolerancia”.

Es que, mientras las leyes se iban adaptando –ya hay 15 países en el mundo que permiten que las parejas gays se casen– la salida del clóset de algunos famosos dieron otro empujón: en 2010, Ricky Martin contó que era homosexual y tuvo, luego, dos hijos por vientre de alquiler. En abril de este año, la cantante brasilera Daniela Mercury (tiene 5 hijos) dejó a su segundo marido y se casó con una periodista. En el mismo mes, el jugador de la NBA Jason Collins escribió en una revista: “Soy un pivote de la NBA de 34 años, soy negro y soy gay”. Y hace dos semanas, el protagonista de la serie “Prison Break”, Wentworth Miller, contó al mundo lo mismo.

“La sociedad cambió la ley y la ley cambió a la sociedad. Maduramos como ciudadanos como para reconocer la igualdad de derechos para todas las parejas y eso se convirtió en una herramienta para un cambio cultural que ya está ocurriendo”, opina María Rachid, miembro de la Mesa Nacional por la Igualdad. “La gente, además, se dio cuenta de que todos los desastres vaticinados por sus oponentes no ocurrieron”.

Esa mayor aceptación fue tal vez lo que permitió a la tevé correrse de uno de los pocos estereotipos de gay que mostraba: el de la mariquita de ropa ajustada, el peluquero, el afeminado sensible, el escandaloso, híper sexual y promiscuo. Sobre eso, César Cigliutti, referente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), dice: “A mí no me ofende que se muestre a un gay como una mariquita, yo lo soy. Hay gays mariquitas y gays más viriles, hay lesbianas machonas y otras más femeninas: no hay un solo gay posible. Lo malo del molde es cuando está asociado a algo negativo”. Se refiere a que “la mariquita” suele mostrarse, por ejemplo, como alguien cobarde. El martes, después de #el beso –otro hashtag que hizo estallar las redes sociales– la CHA sacó un comunicado: celebraban la “visibilización de un acto de amor”.

En “Farsantes”, entonces, la clave del cambio no parece ser qué tipo de gay muestran sino lo que les pasa. “Es que, cuando no concretan no es por histeriqueo vacío, sino por los miedos: miedo al impacto que puede tener en sus familias hacer visible lo que les pasa, a lastimar a un hijo o a una esposa. Es lo que se pone en juego cuando uno es más grande, menos idealista y piensa más en las consecuencias de jugarse por lo que siente”, dice Paulón.

Carolina Aguirre, una de las guionistas de Farsantes, habla de eso: “Queríamos narrar como si este tipo de historias se vinieran contando hace mucho en la tele, por eso enseguida despejamos el factor gay. No queríamos usar la tensión de ser descubiertos: preferíamos ir hacia otro lado más verdadero y sensible. Farsantes es, ante todo, una historia de amor. Segundo, una historia gay. Pero en ese orden”.

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