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El deporte, entre los derechos humanos y los intereses económicos

Replicamos la columna “Democracia” publicada en el suplemento Cancha Llena del diario La Nación, escrita por Ezequiel Fernández Moores.

"Los Juegos Olímpicos de Invierno comenzarán en febrero, en Sochi, Rusia, en medio de polémicas por una legislación anti-gay".

“Los Juegos Olímpicos de Invierno comenzarán en febrero, en Sochi, Rusia, en medio de polémicas por una legislación anti-gay”.

El deporte elige la ruta del gas y del petróleo. Los Juegos Olímpicos de Invierno comenzarán en febrero, en Sochi, Rusia, en medio de polémicas por una legislación anti-gay. Rusia también será sede del Mundial de la FIFA en 2018. El de 2022 será en Qatar, una monarquía acusada de explotar laboralmente a inmigrantes. ¿No debería trazarse una línea que obligue a respetar puntos básicos en derechos humanos? La pregunta del periodista inglés suscita aplausos en la sala. “Hay mucha hipocresía con este tema”, recoge el guante Walter De Gregorio, director de Comunicación de la FIFA. Y sigue: “¿Dónde trazamos la línea? ¿Podría Estados Unidos ser sede con Guantánamo? ¿Y Europa, que no logra acordar una política para el problema de los inmigrantes que siguen muriendo en sus barcas? ¿Por qué está bien que [Barack] Obama viaje a China y no que el deporte celebre una competencia en China?”. Sonríe un representante ruso, mientras busca explicarme la polémica ley de su país que prohíbe propaganda gay ante menores: “¿No saben acaso los periodistas que en veintinueve estados de Estados Unidos existen todavía leyes que permiten despedir a un empleado por ser homosexual?”.

A Joseph Blatter no le preocupan seriamente los presos de Guantánamo o los inmigrantes de Lampedusa. Y el Comité Olímpico Internacional (COI) jamás será “un aliado en la lucha contra la opresión. Es como pedirle al escorpión que no pique”, ironiza el periodista Dave Zirin. Pero la FIFA y el COI, los dos máximos organismos del deporte mundial, corren por izquierda y sugieren que muchas de las protestas se deben a que Occidente no acepta haber perdido su hegemonía como sede de los grandes acontecimientos del deporte. “Las votaciones de las sedes -arriesga De Gregorio- son políticas, no técnicas.” Sucedió hace unos días en el Congreso Play the Game, en la ciudad danesa de Aarhus. La sala escucha atenta de qué modo fundamenta De Gregorio la polémica elección de Qatar 2022. “Un gobierno -dice De Gregorio- le pide a su miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA que vote por determinada sede en atención a los intereses de su país. ¿Acaso es ilegal cuidar los intereses del país? Claro que la gran política juega.” “El deporte -dijo también la semana pasada en la ONU el nuevo presidente alemán del COI, Thomas Bach– debe ser neutral, pero no apolítico porque incluye consideraciones políticas en sus decisiones.” Elegido en Buenos Aires con el apoyo del nuevo poder político y económico que irrumpe en el deporte, Bach celebró ante la ONU las “leyes universales” y la “ética global” que, según dijo, “hacen único” al deporte. Pide a los políticos que respeten entonces “la autonomía” de las organizaciones deportivas.

“La FIFA -replica el periodista Andrew Jennings– me mandó miles de cartas documento, pero jamás quiso ir a los tribunales. Son una bolsa de ladrones mentirosos a los que sólo les interesa el dinero. En Estados Unidos se puede protestar por Guantánamo. Pero si protestás por las leyes homofóbicas en Rusia o en Qatar, donde las mujeres ni siquiera pueden mostrar sus rostros, podés ir preso.” Jennings sabe mejor que nadie que “la autonomía del deporte” que reclama Bach encubrió históricamente graves casos de corrupción. Recuerda que fueron sus investigaciones las que obligaron a la FIFA a expulsar del Comité Ejecutivo al paraguayo Nicolás Leoz, al brasileño Ricardo Teixeira, al triniteño Jack Warner, al qatarí Mohamed bin Hamman y al estadounidense Chuck Blazer. Y avisa que Blatter está arrepentido y quiere quitarle a Qatar el Mundial 2022, presionado por una investigación de tres años que realiza el FBI, con documentos que suministró Daryan Warner. Hijo de Jack Warner, el expulsado ex presidente de la Concacaf, Daryan se convirtió en un “arrepentido” desde que fue detenido en Miami con cientos de miles de dólares en una valija. Jennings pregunta en voz alta a De Gregorio por qué la FIFA no publica el resultado de la investigación interna realizada por el ex fiscal Michael García, contratado por Blatter para establecer si se pagaron coimas en la doble votación de Rusia-Qatar. Rusia jamás dejó entrar a su país a García. Su nombre, afirma, aparece en la lista negra de Guantánamo.

“Reformar la FIFA es como reformar el Vaticano y quizás ellos están un paso adelante.” Lo dice Mark Pieth mientras replica junto con De Gregorio algunas acusaciones de Jennings. Pieth, contratado por Blatter para dirigir la Comisión Independiente de Gobernabilidad (CIG), admite que la cultura de transparencia no importa a las organizaciones deportivas, pero critica a Suiza y a los patrocinadores, porque también ellos toleran la impunidad. Y lamenta que la FIFA no haya aceptado aún imponer topes de edad o de duraciones en los mandatos. No es lo único que sigue sin aceptar. La FIFA, observa a su lado el especialista Roger Pielke, sigue sin implementar 42 de las 59 reformas que le fueron recomendadas. “El problema -dice Pielke- no es Joseph Blatter. Él puede ser reemplazado mañana mismo por la Madre Teresa y la FIFA seguiría siendo gobernada por los mismos principios.” “Todos sabemos que el que venga -ironiza Pieth- no será exactamente la Madre Teresa.” De Gregorio destaca avances. Revela que la FIFA paga 70 millones de euros al año en impuestos en Suiza y celebra que, tras “el gran error” de designar simultáneamente a las sedes de Rusia 2018 y Qatar 2022, las votaciones, de ahora en más, dejarán de ser patrimonio de los 24 miembros del Comité Ejecutivo y se extenderán a los 209 miembros de la FIFA. “Exactamente al contrario de lo que decidió el COI, que dejó la votación a su Comité Ejecutivo porque entendió que en la Asamblea había más chances de corrupción”, observa Jens Andersen, director de Play the Game. “Sí -concede De Gregorio-, es un riesgo que se corre.”

Jennings ríe cuando De Gregorio afirma que el Mundial obligará a Qatar a democratizar sus leyes laborales. El inglés recuerda la denuncia reciente del diario The Guardian. “Los esclavos del Mundial de Qatar”, se tituló el artículo. Inmigrantes mayoritariamente nepalíes explotados para construir una docena de estadios y decenas de obras a un costo de 100.000 millones de dólares y de por lo menos 44 obreros muertos entre junio y agosto pasados. James Dorsey, especialista como pocos en Medio Oriente, insospechado de complicidad con el poder, advierte que algunos informes críticos tienen intereses políticos por el apoyo de Qatar a grupos islámicos. Y cuenta que, en realidad, la mayor visibilidad del Mundial, ya obligó a Qatar a flexibilizar su legislación laboral. De Gregorio da un giro al debate. Dice que todos preguntan sobre Rusia o Qatar, pero que la gran preocupación actual de la FIFA es Brasil 2014. Las protestas en las calles, las elecciones tres meses después del Mundial y el temor de que los partidos se jueguen en medio de soldados y fusiles ante amenazas de grupos radicales que buscarán infiltrarse en los estadios.

Igual que los expositores de Rusia, la presentación oficial de Brasil 2014 replica las críticas. Saint-Clair Milesi, director de Comunicaciones del Comité Organizador Local (COL) de Brasil 2014, asegura que los gastos serán mínimos y mayoritariamente privados, respecto de presupuestos para educación y salud. Niega elefantes blancos. Y cita encuestas que revelan apoyo popular al Mundial. “Es una sorpresa que usted diga que es brasileño, porque parece suizo, hubo millones que protestaron en las calles”, irrumpe Afonso Morais, asesor del ex jugador y actual diputado Romario. “Vivo en Río y la encuesta de Ibope dice que el 90 por ciento de los encuestados quiere más trasparencia, pero están a favor del Mundial”, replica Milesi. Tanta democracia acaso asuste a Blatter, que a los 77 años planea otra reelección, pero teme un Mundial caótico en Brasil. La fiesta de los estadios convivirá, tal vez, con protestas callejeras. Eso sí, el Mundial 2014 y los Juegos de Río 2016 no tendrán a João Havelange y a su sucesor Teixeira. Soñaban con la gloria y fueron echados por corruptos, sin que la presidenta Dilma Rousseff moviera un dedo para defenderlos. Rusia y Qatar ofrecen más garantías al negocio del deporte. Pero antes, habrá ruido en la joven democracia de Brasil.

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