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“Mucha gente aún cree que uno es gay porque algo le anda mal”

Más allá de las apariencias. Los prejuicios contra la homosexualidad parecen cada vez menores. Y los derechos, más amplios. Pero el autor asegura que aún hay momentos complicados: amigos heteros, por ejemplo, que se incomodan si los ven con él a solas.

El director de cine Marco Berger reflexiona acerca de la complejidad de la sexualidad humana.

El director de cine Marco Berger reflexiona acerca de la complejidad de la sexualidad humana.

Por Marco Berger (Clarin)

1 Tengo cuatro años, no eran estos tiempos, estoy sentado en el piso en la casa de dos amiguitas que tienen solamente muñecas y juego con ellas. Mi mirada está clavada en el juego. Mis orejas escuchan la charla de los adultos que, como siempre, hablan y opinan delante de los niños como si estos no escucharan, ni entendieran. Es justamente durante este tiempo donde los sentidos están más vivos, más frescos, absorbiendo todo como esponjas. Huellas sobre cemento fresco que quedan y solidifican.

No puedo asegurar que me guste más jugar con esas muñecas y esas nenas, que con la gomera y con mi hermano. Me gustan las dos cosas. No me pregunto si me define. Sí me define lo que escucho. Algo está mal. Entiendo. Los adultos, esos seres que miramos como torres enormes, no están de acuerdo con que yo juegue con las muñecas. Lo recuerdo perfecto, creo que es la primera vez que entiendo que dentro de los varones hay una división; los que juegan a las muñecas y los que no. Al menos eso discuten. Creo entender, me plantan la primera semilla, que hay algo malo en mí, algo que no está bien. Suelto la muñeca y agarro un bebote. Una mujer, salvadora, explica que yo juego a ser el papá. Yo hubiera preferido seguir con la muñeca, hacerle trenzas, vestirla, ser bien maricón, bien en paz; pero agarro el bebote. Eso sí está bien. Sigo jugando, entiendo el mundo, al menos un poco más que antes.

2 Tengo trece años, ya sé de putos, trolos y maricones. Están ahí, por todos lados, no se los ve pero están. Están presentes cuando uno es miedoso o menos fuerte que otro o del equipo de fútbol contrario. Lógica matemática: los del otro equipo son siempre todos putos , ¿esto implica que todos son putos? Hoy lo vería como un mundo perfecto. Mirá qué piola. Pero tengo trece años.

La sexualidad ronda por mi cabeza, cada vez más.

Mi papá y mi hermano tienen Playboys, miles, de todos los colores, creo que si juntás dos un tiempo se reproducen. Mujeres desnudas a mi alrededor, sobran. Soy un jeque árabe. La tormenta del desierto se acerca a mi territorio. Es un día cualquiera, estoy solo y miro una película, una del montón.

El hecho más significativo de mi vida está por pasar y yo riéndome de tonterías. En medio de la historia, entre varias bromas, desnudan un varón y aparece él, señoras y señores con ustedes: el pito. Ya había visto miles, de mis mejores amigos, de otros en el club, de mi papá, de mi hermano, pero no era lo mismo. Esta ahí, en el televisor, donde nunca está y siempre se lo esconde y se lo oculta. Este no me es familiar, éste representa otra cosa y despierta un vendaval dentro de mí. Federico García Lorca dice en boca de Adela: He sido arrastrada por una maroma (cuerda gruesa). En otras palabras, mi pito se pone contento y derrama alegría. Como con todo exceso, después de la pasión descontrolada, viene la culpa. Soy eso. No elijo ser puto, me pasa. Nunca nadie se debe enterar de esto. Juro solemnemente llevármelo a la tumba, que el resto se entere es el peor de los infiernos. No exagero, busquen otras fuentes. Decido casarme, tener hijos y llevar una vida normal. Cumplo la promesa. Solo por un tiempo.

3 Tengo dieciséis años, soy el soldado heterosexual más firme. En la primaria fui novio de todas. La primera heterosexualidad fue la mejor. Te ponés de novio y ya está. Es una especie de contrato de común acuerdo en donde vos y una nenita se convierten en pareja. No hay contacto físico, pero hay amor a borbotones, cartas y escenas de celos de otras compañeritas.

La segunda heterosexualidad es más compleja. Acá las mujeres, que ya no son nenitas, quieren besos y el fantasma del sexo persigue a los como yo , como el fantasma de la B a los antes bautizados putos. No sé si quiero eso. Un año antes, a los quince, había tenido mi primera novia formal, por así decirlo, y transábamos por horas en las esquinas, aunque ella tenía trece y el fantasma andaba lejos. El tener novia iluminaba mi heterosexualidad que seguía mentirosa sobre ruedas, sin nada por lo que preocuparme. Para los que no saben mucho de cine, los plot point son quiebres en la historia que desvían el curso natural de las cosas, o al menos así recuerdo haberlo aprendido. El segundo plot point de mi película acababa de cambiarse de colegio y entraba en mi vida. Yo desde los trece estaba obsesionado, en secreto, con los pelos de las piernas, las axilas, la barba, las nucas rapadas, la ropa deportiva y, más que nada, los bultos, la aglomeración de sexo escondida en los pantalones de compañeros, amigos, primos y vecinos. El deseo estaba orientado solo a lo carnal. Este nuevo personaje me despertaba un plus, cosa no muy menor, eso que no entendemos pero llamamos amor. No sólo me calientan sino que también me enamoran.

Ahora sí sé que soy gay, adentro mío no hay ninguna duda.

Nunca voy a ser puto. La promesa sigue firme pero algo cambia y me carcome.

4 Tengo dieciocho años, desde que me enamoré de ese compañero a hoy hubo mucha reflexión en soledad, muchas preguntas, muchos cuestionamientos y muchos futuros posibles. Sigo virgen. Las mujeres habían quedado en el pasado, pero la fama de heterosexual quedó instalada. Según los orientales tenemos siete chakras alineados desde la coronilla hasta el coxis. El chakra de la coronilla está asociado a lo espiritual y el chakra básico o anal, al sexo. Ambos chakras pedían ser penetrados por un varón. Necesitaba sexo y amor, pero ser puto seguía siendo algo terrible. El sexo llegó primero, de repente, oculto y con culpa. Muchas veces se asocia al gay con el submundo, la oscuridad, los baños y las apoyadas en trenes. Es muy fácil instalar esa idea desde un lugar de libertad donde uno puede pedirle el teléfono a las mujeres en la calle, puede besar a su novia en un banco de plaza y puede entrar a un albergue transitorio sin que lo miren mal o le expliquen que éste no es un lugar para eso. Yo, como muchos, tuve sexo oculto y con culpa, acomodándome a los posibilidades que el mundo me proponía. El amor llegó después, el secreto estaba instalado pero el amor encontraba su camino como agua entre las rocas y seguía su curso. Novios, histéricos, amantes. Dos vidas en paralelo. Mis amigos heterosexuales no sabían de mi otra vida, el problema no eran ellos, era yo y mi duda constante de vivir mi vida o vivir la vida que se espera de un varón cualquiera. Normal o puto. De todas maneras ya no pensaba tanto todo, había encontrado muchos como yo.

5 Tengo dieciocho años todavía, casi diecinueve. Mi mamá, desde un lugar muy inocente, me pregunta si me cuido cuando tengo relaciones con chicas. Le digo que sí. Era una verdad a medias; no desabrochaba corpiños, abría braguetas.

¿Acabo de escribir lo que escribí?

Es interesante porque con solo leerlo se puede uno acercar a la sensación del prejuicio propio. Abrir braguetas suena a algo sucio, prohibido y de mal gusto; sin embargo es simplemente hacer lo mismo que los otros varones, pero sobre el objeto de mi deseo. Nada más, ni nada menos. Vivir mi vida. Obviamente trato de ser efectista con el texto y provocar, pero más que nada es para iluminar lo instalado en el inconsciente de todos, inclusive en el mío.

Sé que no está mal, pero esa huella, esa marca sobre cemento fresco queda ahí en algún lugar y para siempre. Está bueno a veces para entender las cosas ponerse en el lugar del otro. Cómo sería todo si yo fuera puto. Genial que el hijo del vecino sea gay, pero qué pasa si es el mío. Qué le hubiera pasado al lector si más atrás enumeraba mis obsesiones como tetas, calzas ajustadas, perfumes en el cuello, cinturas pequeñas, pezones duros y bombachas mojadas. Puede ser chabacano, pero no nos invade el síndrome del “está mal”. Vuelvo a mi madre. Nunca le había mentido. Podría decir que salí del closet más por una cuestión ética que por necesidad. Voy a vivir mi vida y no voy a empezar a mentir. Creo que asumí mi sexualidad muy temprano porque no le di muchas vueltas, apenas vi la oportunidad me tiré a la pileta. Después llegaron mi papá, mi hermano y mis amigos. Muchos tomaron distancia para asumirlo, muchos lo aceptaron y muchos ni se mosquearon, simplemente siempre lo supieron.

6 Tengo veinticuatro años y aparece eso que nunca pensé que llegaría. Deseo por mujeres. Ya me había enamorado de hombres, había dormido con ellos, los había llorado. Me mudo a Europa. Casi sin pensarlo hago la clásica del gay reprimido a la inversa. Es bastante común que mujeres y hombres heterosexuales den rienda suelta a su sexualidad reprimida en lugares inhóspitos donde nadie sabe quiénes son, total qué les importa que un par de gallegos los vean de la mano con un español o una española. Mi deseo se despierta y me dejo llevar, conozco a una chica, me acuesto con ella. Hermoso e inolvidable.

Repito con una noruega y me replanteo mucho las etiquetas sociales y el deseo instalado. Dentro del análisis pienso en la libertad que tengo al ser gay y lo preso que está el resto sin saberlo. Al menos los que siguen la corriente y navegan por el mundo que nos venden. Me pregunto: yo estuve con dos mujeres, ¿alguien dudaría de mi sexualidad? Sigo siendo el mismo puto de siempre, ¿pero quién se anima a meterse en las aguas del deseo? Yo deseo estar con mujeres y estoy, me saco las ganas. El heterosexual todavía no puede. El heterosexual que está con otro hombre, siempre que lo haga público, queda estigmatizado y su sexualidad quedará en duda para siempre. ¿Quién se atreve hoy a enfrentar ese deseo y concretarlo? Pocos. Cada vez que miro los tetas de una chica con deseo pienso en la tortura que debe ser para el heterosexual ese mismo juego al revés. Si a mí me pasa, entiendo que les puede pasar a todos. El heterosexual está condenado a negar ese deseo y lo peor es que se le plantea un problema que no existe. Cada tanto alguna chica me gusta y sigo siendo igual de gay que antes. El heterosexual también puede desear otro hombre sin necesidad de concretarlo o, por qué no, llevarlo a cabo y experimentar sin culpa. No es apología, lo juro.

7 Tengo treinta y cinco años, vivo en un país donde el Estado reconoce mi deseo, mucha gente lo acepta de corazón, mucha gente se la banca y mucha gente todavía tiene instalada la idea de que somos gays porque algo anda mal o por rebeldía. El mundo cambia pero algunos amigos todavía creen que me los quiero traer para mi molino. A algunos quiero.

Otros se incomodan al quedarse solos conmigo en un lugar público donde el mundo sabe que soy gay. Lo peor: hasta yo sigo teniendo prejuicios y me preocupo si la gente cree que mis mejores amigos heteros son mi pareja cuando nos ven juntos. No sería tan grave. Soy gay no porque lo elija sino porque me pasa. Soy feliz con lo que me pasa. A dejarse arrastrar por la maroma.

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