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Ibañez llorado. Fort, Peña, Moura y Perlongher castigados

Por Laureano Manson (MDZ Online)

La partida del diseñador Jorge Ibañez, pone al descubierto a un país dispuesto a aceptar y llorar sólo a íconos gays inofensivos.

La partida del diseñador Jorge Ibañez, pone al descubierto a un país dispuesto a aceptar y llorar sólo a íconos gays inofensivos.

La enorme conmoción pública generada por la inesperada muerte de Jorge Ibañez se tradujo en una catarata de lágrimas vía Twitter, y sentidos testimonios frente a las cámaras. Un personaje carismático, laburador y, según sus allegados; sumamente bondadoso. En medio del desconcierto, un sector de la sociedad que suele vincular la muerte de integrantes de la comunidad gay a hechos violentos y pasionales, esta vez no pudo regodearse en su equívoco pre concepto. Y por sobre todo, se sintió a nivel general la desazón por la partida de un hombre joven y saludable. Llanto, incertidumbre, impotencia. Y algo más; que subyace en una sensibilidad nacional, que más allá de los progresos en cuanto a igualdad de derechos, no ha logrado homologar ni conciliar. No todo referente homosexual argentino está destinado a llevarse las mismas lágrimas.

Hay algo muy claro en este país: ciertos gays despiertan la simpatía de madres, abuelas, amigos y de la sociedad en general; y otros son mirados de costado o explícitamente despreciados. Hasta el argentino más conservador podría sentarse frente a la tele a ver un programa de entretenimiento de la mano de un conductor que, con su habitual torpeza y simpatía, le haga pasar un divertido e inocuo momento. Un animador, que siempre opere en modo “bobalicón” y nunca haga pública su salida del clóset, resulta siempre querible para el común de la gente. Cualquier homosexual de estas características, que se presente paradójicamente “asexuado”, y tienda a neutralizar su voluntad de jugar con la ironía o el humor negro; es automáticamente el tipo de gay que cualquier familia podría llevar sin problemas a un almuerzo dominguero, o a la cena de navideña.

Pareciera que aún hoy, parte de la aceptación en nuestra Argentina pasa por el lado de que no se sepa. O si se sabe, que no se diga. Ahí va también el actor con mayor prestigio de la escena nacional. Un señor que el año pasado se peleó con buena parte del elenco de una tira que protagonizó, y cuya chapa de actor supremo podría ser puesta en cuestionamiento por algunos si decidiera hablar sobre su sexualidad. En primera y última instancia, exponer la vida privada es decisión de cada uno, pero también es cierto que la omisión finalmente alimenta a ese cómodo “no se sabe/no se dice”; que atenta contra nuestra verdadera evolución como nación permisiva.

Florencia de la V.

Florencia de la V.

Todo se trata de estar lo más cerca posible de la norma, de la hétero norma claro. La única razón por la que un personaje como Flor de la V estuvo al mediodía en la pantalla de un canal familiar como Telefé es por su condición de mujer legítima, casada y con hijos. De otra manera, jamás hubiera accedido a ese espacio. Un círculo que encierra una extraña contradicción: una Florencia Trinidad que hizo todo lo posible por normalizarse, a punto tal de que sacrificó aquel ícono juguetón y contestatario que fue, para transformarse en una clase de señora parecida a la que siempre ejerció un marcado rechazo hacia ella.

Ricardo Fort.

Ricardo Fort.

Vamos a los que ya no están con nosotros, y sus relaciones con ese sistema de normalización. Ricardo Fort atravesó durante su intensa y fugaz carrera artística múltiples momentos. Se sabía desde el principio que era gay, sin embargo el juego con sus chicas, chongos, autos de lujo y ostentación de la riqueza; generó una fuertísima dualidad en la gente que se debatió siempre entre el amor y el odio. Su muerte fue en gran parte producto de su propio desquiciado espectáculo. Tan coherente en ese caos que hasta su velorio estuvo vedado para quienes lo querían. Ricky fue un personaje desmesuradamente bizarro e incómodo. Hizo el programa más horrible, y a la vez irresistible, de la historia de la televisión argentina (Fort Night Show); en el que dejó legendarios momentos como el musical del Rey León. Fort avergonzó a “nuevos ricos” que se sintieron humillados frente a su personaje/espejo, fue también rechazado por buena parte de la comunidad gay por su inicial careteo heterosexual, y estableció un macabro juego de relaciones en el que siempre se desdibujaron las barreras entre el interés económico y el amor verdadero de quienes lo rodearon. Su muerte no lo volvió un mártir. Todo lo contrario, más allá de su cuestionado legado humano y artístico, se lo sigue castigando. Que su cuerpo lleve más de tres meses en la frialdad y soledad de una morgue, es un símbolo por demás elocuente de la negación del afecto y de la imposibilidad de un perdón.

Fernando Peña.

Fernando Peña.

El caso Fernando Peña fue un auténtico forúnculo nacional. Un personaje irrepetible. Un cuestionador nato. A casi cinco años de su muerte, poco se lo evoca en los medios. Más allá de la diferencia de estilos, y de la longitud de sus carreras, no es desmesurado decir que Peña estuvo a la altura de un Jorge Guinzburg, de quien se acaba de recordar su sexto aniversario de partida. Mordaz, políticamente incorrecto, y puto auto proclamado con todas las letras; Peña es hasta el momento el último de los provocadores de alto linaje intelectual de nuestra escena.

Si vamos más atrás en la despedida de íconos gays contestatarios nos encontramos con dos enormes: Federico Moura y Néstor Perlongher. Moura fue líder de una de las bandas nacionales más importantes de los ’80: Virus. Un frontman que se animó a jugar las cartas de la ambigüedad, no sólo en su estética, sino también en sus letras hedonistas y cargadas de referencias sensuales. Todo un desafío a una tradición rockera como la nuestra, que se mantuvo siempre lejos de esos parámetros. Su fallecimiento a fines de 1988, bajo el estigma que supuso el SIDA en aquellos años, le dio al gran Moura un adiós difuso. La banda, liderada desde aquel entonces por su hermano Marcelo, sigue hoy girando. En tanto que Federico, tuvo el año pasado un merecido homenaje a través de uno de los capítulos del programa Soy lo que soy, conducido por Sandra Mihanovich.

Federico Moura.

Federico Moura.

Y por último, el impresionante Néstor Perlongher, poeta neobarroco y ensayista. Una de las figuras claves en la ruptura de códigos de la poesía nacional. Trotskista, anarquista, y militante del Frente de Liberación Homosexual argentino. Detenido durante la última dictadura, y exiliado en Sao Paolo, murió de SIDA en noviembre de 1992. Escritor maldito cuyo legado comenzó a legitimarse años después de su muerte. Hace unos meses se reeditó Prosa Plebeya, un muy recomendable libro que reúne un puñado de ensayos escritos entre 1980 y 1992. La impresionante actualidad de estos textos que hablan sobre deseo, política, homosexualidad, taxi boys y personajes marginales, confirman el talento de un autor que fue todo un ovni en el panorama de nuestras letras. Uno de sus mayores actos de provocación fue su escandaloso cuento Evita vive, que presenta a una Eva Duarte que baja de los cielos espléndida, y que en lugar de repartir frazadas, trae ladrillos de marihuana. En 2008, el cineasta y dramaturgo Santiago Loza dirigió un inspirado documental con toques de experimentación, en el que referentes como Juan José Sebreli y Rodolfo Fogwill hablan sobre la inclasificable obra de Perlongher.

Néstor Perlongher.

Néstor Perlongher.

Por estos días, la sensibilidad mediática seguirá lamentando la despedida de Jorge Ibañez. Más allá de su talento, mucha gente llora a ese personaje que despertó una sonrisa desde un lugar inofensivo a través de la tele. En tiempos de tanto cinismo, esa amabilidad no es un mérito menor. Sin embargo, desde aquí, invitamos también a llorar a aquellos que nos atravesaron con sus contradicciones, ideas, poemas y canciones. Paladines de la incomodidad y la provocación, por ustedes van estas lágrimas.

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