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HIV: Se cumplen 39 años de otra pandemia

Se cumplen 39 años de otra pandemia, con 80 millones de infectados, sin cura ni cuarentena. Las lecciones de la pandemia del HIV, cuando se inició deben ser valoradas. Análisis sobre la desobediencia civil y la mala memoria.

Por Hernán Stibanelli (Ambito)

Para el 5 de junio de 2020 habrán pasado 39 años desde que se inició otra pandemia, también a causa de un virus, y cuyos primeros casos estudiados derivaban de pacientes con diagnóstico de neumonía. En aquel momento, no hubo respuesta oficial, no hubo cuarentena, ningún jefe de Estado siquiera hizo mención de lo que estaba sucediendo, a pesar de que era obvio. Tampoco existió ningún esfuerzo económico verdaderamente significativo de forma coordinada por parte de los gobiernos. Varios cientos de miles fueron literalmente condenados por los propios sistemas de salud, que debían protegerlos y cuidarlos, y, en algunos casos, tratados inhumanamente y estigmatizados como convalecientes de tercera.

Transcurrieron al menos tres años para esbozar las primeras teorías sobre cómo se cursaba tal enfermedad. Luego, se desperdició más tiempo en batallas legales entre países, para dirimir quién había descubierto qué, y así alejar toda posibilidad de una verdadera cooperación mundial desde el comienzo. El mundo consideró que la prisa no valía la pena, por eso es que para ponerle un nombre a la enfermedad se tomaron cinco años y lo llamaron virus de la inmunodeficiencia humana (HIV).

Desde aquel entonces, según los registros oficiales, se infectaron aproximadamente 80 millones de personas: 40 millones murieron y 40 millones conviven con el virus. Todos los años se diagnostican poco menos de dos millones más. Poco más de la mitad lleva vidas total y absolutamente normales como cualquier persona que no tenga el virus, gracias a que reciben tratamiento de forma constante y sin interrupciones, logrando así que el virus en la sangre sea indetectable, razón por la cual, se vuelve intransmisible. La otra mitad no tiene la misma suerte.

Cuando aquella pandemia comenzó, solo algunos médicos y científicos, en forma aislada, decidieron abordar el tema. No había aplausos desde los balcones, más bien eran castigados. Para ser totalmente realistas, ningún país hizo esfuerzos significativos para la cura del HIV, aunque más recientemente hubo avances significativos en la mejora del tratamiento. Tampoco se montaron enormes campañas para concientizar sobre la transmisión del virus, ni proveer de camas ni de equipos para atender a los primeros afectados. Nadie declaró ninguna cuarentena y jamás se puso un solo peso de las economías en riesgo por estas personas.

Hoy, con las enormes diferencias etiológicas, algunos países intentan escribir la historia de una forma distinta, más humanista. En el pasado, algunos grupos veían con buenos ojos no hacer más esfuerzo que el de dejar a los infectados morir en nombre de una “normalidad” que solo existía en las ideas desveladas e inescrupulosas de unos pocos.

Algunos consideraron que la enfermedad era una clase de justicia divina; otros descartaban su existencia. La “supuesta normalidad” mató a muchos y continúa marginando a demasiados hasta la actualidad. Recientemente, tanto en Argentina como en España, un grupo de personas se manifestaron en nombre de la “libertad” abogando por una normalidad que no existe más. Sobre los manifestantes hay que ser muy claros, un grupo lo hicieron con consignas casi partidarias, mayormente argumentos inverosímiles y con alegatos conspiranoicos. Nadie con juicio cree que estos argumentos sean remotamente válidos, pero algunas personas cuentan con arrogancia suficiente para ejercer la brutalidad.

Otros ejercieron un reclamo lícito y comprensible, el cual debe ser entendido sin fanatismos. El abordaje integral continúa siendo imperioso y exige repensar las dificultades que implica una cuarentena prolongada. Atacar a un comerciante o a un pequeño empresario, que se manifiesta porque teme ir a la quiebra o quedarse sin sus ingresos, es absurdo. Por el contrario, más allá de las ideas que tengamos, exige una posición solidaria con ellos porque también son parte de los que padecen la coyuntura actual.

Por lo tanto, ejercer el derecho a manifestarse es bueno, lo cual no significa que todas las consignas sean válidas. Los slogans vacíos y la verborragia de algunos pocos a favor de la desobediencia civil, es simplemente una borrachera de indignidad e inconducta que da más pena que miedo, pero esconde algo que define a las sociedades, antes y ahora. Por alguna razón, cuando se trataba de pocos casos, esencialmente importados, había cierto nivel de consenso en las medidas. Si bien ese consenso todavía existe, cuando el virus empezó a atacar en los barrios populares, apareció la agenda de la desobediencia civil. Por lo tanto, en la cabeza de una parte de la sociedad, el sacrificio vale más la pena por unos que por otros enfermos.

De la misma manera, el estigma del HIV sigue manifestándose fuertemente hacia las personas que conviven con él; un porcentaje importante de la sociedad -por desconocimiento o por la mala información que posee- sigue discriminando, lo que imposibilita que la mayoría de las personas con VIH puedan visibilizarse como tal. Evitar retroceder casilleros es central para superar las pandemias.

Por si no queda claro, todo el mundo tiene derecho a manifestar su desacuerdo, pero incluso el “dejar hacer, dejar pasar” tiene sus propios límites, porque se reconoce que el rol central del Estado es proteger la vida de las personas. Si el ejercicio de la libertad pone en riesgo concreto y directo la vida de otras personas, entonces no es libertad, es coerción.

No se tiene memoria de otra oportunidad donde ciertos países hayan volcado tantos recursos en salvar, en proveer de cuidados y en buscar una cura para sostener la salud de su población. Al mismo tiempo, los damnificados en términos económicos, cuyo reclamo es válido, no tienen por qué mezclarse en bolsas que no le son propias.

Las lecciones de la pandemia del HIV, cuando se inició, hace 39 años, deben ser valoradas. Los dos virus existen: el HIV es tratable. Con adherencia al tratamiento, el virus es indetectable en la sangre y por consiguiente es intransmisible; el Covid-19 no tiene tratamiento indicado hasta el momento, tampoco tiene cura, y es potencialmente mortal para cierto grupo de personas. Esperemos que la fantasía de normalidad de algunos, con o sin razón en su reclamo, esta vez no implique poner en riesgo a los otros.

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