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Ladrones travestis: La Princesa de Borbón

Por Facundo R. Soto – (SentidoG.com)

El entonces célebre español Luis Fernández, conocido como “La princesa de Borbón”, de “calzado admirable y pierna torneada”, luciendo varios modelos y traje.

En el 1900, Luis Fernández, convertido en “La Princesa de Borbón”, era tan sugerente y tentadora como misteriosa por sus rasgos de hombre y por momentos de torpes modales; llegando a ser evidente, para algunos, su condición de travesti, así como avasalladora en otros, sin dar lugar a la pregunta. De día y noche se la veía con un sombrero negro, que le servía tanto para seducir como para ocultar su cara cuando leía sospechas en los ojos ajenos. Solía envolverse en plumas rosas y violetas y usar calzado de varios números menores al suyo, porque se le destacaban los largos pies de canoa que tenía, como también trataba de ocultar sus otras extremidades. Los  movimientos eran tan femeninos que llegaban a la exageración.

Dotado de características típicas a las que suelen atribuírsele a las travestis, satisfacía a sus clientes mejor que nadie. Un tiempo más tarde, consiguió un puesto estable como bailarina en bares porteños y hasta salió de gira por Santiago de Chile, Montevideo y un ciudadano ilustre y adinerado dejó a su familia para hacerla bailar en Río de Janeiro.

Pero, con la codicia exacerbada, y sin límites morales ni éticos, con sus artilugios para conseguir más dinero, se hizo pasar por la hija de un millonario. La ayudó su amiga travesti “La bella Otero”, que trabajaba de mucama en una importante familia del centro mientras se acostaba con el señor de la familia. Ella la hospedó en un lujoso hotel. ¿Su objetivo? Hacer que un ministro millonario caiga en sus redes. Lo consiguió en una fiesta que se dio en el hotel. Después de las extorsiones planificadas y de sacarle todo la plata que pudo, intentó justificar su desaparición frente al enamorado Ministro diciéndole, por carta, que fue estafada por su administrador.

Pero ella no llegaba a aparecer, a pesar de los pedidos imperiosos del amante funcionario, que finalmente terminó notificando su desaparición a la policía. Después de mucha búsqueda, cuando la policía dio con su paradero, su amiga “La Bella Otero” se fue con todo la plata que les quedaba. El millonario, enojado, la embarcó a Chile, donde “La Princesa” seguiría tan desatada como en Buenos Aires. Enseguida supo a dónde encontrar la movida, y fue precisamente en los lugares más tapados y supuestamente menos esperados. Lo primero que hizo al llegar a Santiago fue contactarse con el clero. Lo que parece una película de Almodóvar sucedió a principios del 1900. Sedujo a un aristócrata, que al enterarse de su condición sexual puso en cuestionamiento la suya, y sin poder resolverla, terminó suicidándose. Pero como a “La Princesa Borbón” no le importaba nada, bailando en Club Social de La Rivera, en Uruguay, conoció al comisario del pueblo del que fue públicamente la amante.

Cuando se cansó de ser la mujer del comisario volvió a Buenos Aires. Intentó estafar al Congreso Nacional pidiéndole una pensión como viuda de un guerrero paraguayo que no existía. La solicitud no le fue otorgada porque se dieron cuenta de que el documento era falso, firmado por Carlos Guido y Spano. Pasó el resto de su vida yendo de noche a la recova de Leandro N. Alem, donde la conocía todo el mundo, y viviendo mejor que nadie gracias a los ahorros que había acumulado por sus estafas y extorciones. Parece que los cambios de identidad, en el 1900, eran más comunes de lo que hoy pensamos: Tenemos los registros de Juan Seya, que se hacía llamar “La Tana”, José Estévez “La Gallega”, Hipólito Vázquez “La Madrileña”, Eduardo Lieste “La Inglesa”, Arturo Magani “La Chilena”.

Antonio Gutiérrez Pombo “La rubia Petronila”, después de hacerse la noche en Avenida de Mayo seguía en los velatorios donde entraba cuando veía el brillo del oro y el dinero en el mortejo. Llorando abrazaba a la viuda y, como en “El jorobado de Notre Dame”, le sacaba la billetera, los pendientes y prendedores dorados con la mano que no la acariciaba la espalda.

Pusimos en relieve las condiciones del medio social y de la población criminal de la República Argentina, a fin de evidenciar sus características, pero lamentablemente estamos lejos de concluir eficazmente a solucionar el problema de la delincuencia en el país, tal como se lo proponía José Ingenieros en el libro de “Criminología” (Roberto Giafardo), publicado por la Policía Federal Argentina en 1934. Pero por lo menos nos acercamos al conocimiento de un lado no tan conocido de las travestis de principio de siglo en Buenos Aires.

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