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Gabriel Oviedo

Daniel Pacheco sobre la expresión queer, la desnudez y el poder de la cámara

Daniel Pacheco no llegó a la fotografía a través de un solo momento decisivo. Su identidad creativa se formó gradualmente, moldeada por el movimiento, la actuación y la constante negociación de visibilidad que conlleva crecer como queer. “Siempre supe que era expresivo”, dijo Pacheco. “Simplemente no sabía qué medio me aguantaría más tiempo”.

Criado en Puerto Rico, su primer contacto con la fotografía fue más funcional que artístico. Su madre trabajaba en un pequeño estudio de fotografía, ocupándose de retratos y bodas. Si bien en casa no se hacía hincapié en la creatividad, sí se hacía hincapié en el apoyo. “No eran artistas, pero nunca me hicieron sentir que tenía que esconderme”, dijo. “Como niño queer, eso importa más de lo que la gente cree”.

La danza se convirtió en su primer idioma. Enseñó disciplina, conciencia física y cómo ser visto. Después de la universidad siguió la actuación, lo que finalmente lo llevó a la ciudad de Nueva York a los 21 años. La fotografía existía en la periferia, algo que admiraba pero que aún no había reclamado como propio.

Aprender la vulnerabilidad desde el otro lado de la lente

Antes de ponerse detrás de la cámara, Pacheco pasó años delante de ella como modelo. Esa experiencia moldeó profundamente cómo entiende hoy la intimidad. Su primera sesión de desnudos, en particular, lo obligó a enfrentar la vergüenza y las expectativas. “Estaba aterrorizado”, dijo. “Pero algo se abrió. Dejé de ver mi cuerpo como un problema”.

Para Pacheco, la desnudez no era una cuestión de exhibicionismo, sino de propiedad. Como hombre queer, reclamar su cuerpo se convirtió en un acto de agencia. “Gran parte de la vida queer se trata de que te digan lo que es demasiado”, dijo. “Esa experiencia me enseñó que no tenía que encogerme”.

Esa lección ahora informa cada sesión que dirige. Prioriza la comodidad, el consentimiento y la comunicación. “Se puede saber inmediatamente cuando alguien no está completamente presente”, dijo. “Nunca quiero que alguien se sienta expuesto de una manera que no eligió”.

Deseo queer sin disculpas

La fotografía de Pacheco a menudo se ubica en la intersección de la intimidad y el erotismo, un espacio que todavía incomoda a muchos espectadores, especialmente cuando los sujetos son hombres queer. Se inspira en el erotismo gay clásico, pero se resiste a sus convenciones más rígidas o hipermasculinas. “Me interesa el deseo que se sienta humano, no performativo”, dijo.

En lugar de perseguir el impacto, sus imágenes se centran en la proximidad: la suavidad de la piel, la tranquila tensión entre los cuerpos, los momentos que se sienten privados incluso cuando se capturan. “La sexualidad no tiene que ser ruidosa para ser poderosa”, dijo Pacheco. “A veces es en la quietud”.

Ese enfoque desafía los tabúes persistentes en torno a la sexualidad masculina queer. “La gente se apresura a etiquetar la desnudez queer como explícita”, añadió. “Pero la intimidad no es inherentemente pornográfica. Se trata de contexto”.

Recuperando la creatividad después del modo de supervivencia

La presión financiera obligó a Pacheco a alejarse por completo de la fotografía. Después de mudarse a Las Vegas para reagruparse, vendió su equipo fotográfico y se centró en la estabilidad. “Estaba en modo de supervivencia”, dijo. “El arte parecía un lujo que no podía permitirme”.

La fotografía regresó en 2021 tras el confinamiento y el fin de una relación de larga duración. El momento no fue accidental. “Me estaba reconstruyendo”, dijo. “Volver a levantar la cámara fue como elegirme a mí mismo”.

Lo que comenzó como una salida personal rápidamente se convirtió en una práctica renovada. Fotografiar a amigos y colaboradores le permitió explorar la intimidad sin expectativas. “Me recordó por qué me encantó esto en primer lugar”, dijo.

Generar confianza a través de la colaboración

Hoy en día, la colaboración es el núcleo del trabajo de Pacheco. Cada sesión comienza con una conversación, no con una dirección. “Siempre pregunto a la gente qué les interesa y qué está prohibido”, dijo. La música ayuda a moldear el estado de ánimo, guiando a los sujetos hacia sus cuerpos en lugar de posar para la cámara.

Visualmente, las sombras y la luz natural se han convertido en elementos centrales, junto con escenarios exteriores que introducen vulnerabilidad de maneras inesperadas. “Estar afuera despoja las cosas”, dijo. “Hay menos control y eso me gusta”.

Como fotógrafo autodidacta, el síndrome del impostor persiste. “Todavía me comparo con artistas que admiro”, admitió. Pero las afirmaciones de colaboradores y espectadores brindan tranquilidad. “Cuando alguien me dice que se sintió visto, eso es todo”.

Mirando hacia un futuro más visible

Pacheco se está fijando metas para 2026 y más allá trabajando para publicar su primer libro de fotografía, un sueño que ha llevado en silencio durante años. “Siempre quise algo tangible”, dijo. “Algo que diga: ‘Yo estuve aquí y esto importó’”.

La vacilación no ha sido logística, ha sido emocional. “Creer que mereces ese espacio es difícil”, dijo. Aun así, se siente más cerca que nunca de hacerlo realidad.

Si tuviera la oportunidad de dedicarse a la fotografía a tiempo completo, no lo dudaría. Hasta entonces, continúa construyendo una obra basada en la confianza, el carácter queer y la intimidad sin complejos, fotograma a fotograma.

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