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Por Irene Ocampo – (Rosario 12)

Feminismo lésbico

La frase tiene una referencia: la aporta la abogada feminista rosarina Susana Chiarotti en su ponencia “¿Somos las feministas una minoría significante?” incluida en el libro Los derechos de las mujeres en clave feminista. Experiencias del Cladem, que reúne una serie de textos y casos que intentan reflejar los veinte años de existencia de la red feminista latinoamericana. Con esa pregunta Chiarotti inicia una suerte de recorrido por las últimas décadas de acciones feministas en la región en la que actúa la organización que ayudó a formar y a la que pertence desde entonces.

Antes de encaminarse en ese balance, se detiene en una pregunta que siempre despierta mi interés, ya sea que quien se la formule sea una poeta, una artista o una activista, como es en este caso. ¿Quiénes somos las feministas o desde dónde hablamos quienes nos consideramos feministas?, dispara Chiarotti.

Y aunque en primera instancia su pregunta avanza por lo cuantitativo, el cuántas somos se lo responde desde la perspectiva de los Encuentros Nacionales de Mujeres. Es en ese marco en el cual determina que las feministas somos muy poquitas, se detiene en especial en el que se desarrolló en nuestra ciudad en 2004, que contó con una amplia participación de las mujeres piqueteras y que además marcó el inicio de la Campaña Nacional por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito.

Pensar la actuación de las feministas a razón de una o dos por taller, que tenían un promedio de entre 40 y 60 integrantes, remarca lo difícil que es no caer en la tentación de sentirse vanguardia iluminada, teniendo en cuenta lo significativa y multiplicadoras que son esas poquitas presencias en esos talleres numerosos. Y como bien resalta Susana, que para ser vanguardia hay que tener retaguardia, algo con lo que las feministas no contamos, apela entonces a la Escuela Situacionista, y en especial a Cornelius Castoriadis, tan presente en las prácticas de los ENM. A partir de pensar esas prácticas sin “representación que niegue a los sujetos, que crea poder separado”, es que llega al concepto de minoría significante elaborado por Serge Moscovici.

Asume entonces las características propias de los feminismos, en especial los latinoamericanos, como minorías activas, que constituyen grupos no anómicos, minoritarios pero con códigos, normas y objetivos comunes, que se enfrentan al poder. Las minorías activas marcan el conflicto con un discurso diferente, para ser significante. El discurso, su claridad y contundencia, son dos puntos a tener muy en cuenta, ya que para Chiarotti es importante que el discurso no se diluya, ni se suavice, porque entonces deja de apelar a que quien lo escucha, deje sus posiciones, o al menos se empiece a plantear dudas sobre sus seguridades frente a algunos temas. Ese discurso claro y las acciones que lo acompañaron lograron, por ejemplo, cambiar la legislación en cuanto a violencia contra las mujeres, o empezar a pensar en cambios en lo referido a los Derechos sexuales y reproductivos. Pero los derechos laborales y sociales, para Chiarotti están siendo olvidados por las agendas de las feministas. Y allí es cuando considera que es posible hablar de “la insoportable levedad del feminismo”.

¿Será posible pensarse como un grupo numeroso dentro de una minoría activa? Y de ser posible esta lectura, ¿cuál sería el papel que nos tocaría en esa dinámica política grupal a las lesbianas feministas? Si es que nos interesa pensar en dejar de aportar a esa levedad, que por momentos, y doy fe, es mucho menos metafórica de lo que parece y se siente en la tibieza o directamente en los silenciamientos, en las ausencias en luchas propias del colectivo lésbico.

¿Será que muchas de nuestras demandas se acercan a esa visión holística que Chiarotti reclama para los feminismos, y que es tan difícil de acomodar? El colectivo lésbico no reclama solamente para sí un reconocimiento en el campo de los derechos sexuales y reproductivos, sino el reconocimiento en los Programas de prevención y atención de la violencia contra las mujeres (el reciente asesinato en Córdoba de Natalia “Pepa” Gaitán lo renueva con trágica urgencia). En el campo de los Derechos sociales y culturales, esos en los que Susana marca con preocupación un retroceso de los reclamos de mayor justicia, y equidad.

¿O será que llegó el momento de sentarnos a pensar nuestro activismo como el de una minoría activa, pensarnos como grupo autónomo, y levantar la mirada, dentro de la rueda en la que nos solemos encontrar en los talleres de los Encuentros Nacionales de Mujeres y desde allí sí, pensar en cómo cambiar la insoportable levedad del feminismo lésbico?