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A 36 años del golpe militar, 400 desaparecidos LGBT aún piden justicia

Por Gabriel Oviedo  – (SentidoG.com)

Valeria. Es travesti y estuvo detenida en el centro clandestino Pozo de Banfield

Persecuciones, asesinatos y desapariciones de personas lesbianas, gays y transexuales fueron parte de la realidad cotidiana de los años de la dictadura por lo que ahora las organizaciones LGBT apelan al testimonio de los sobrevivientes para intentar compilar las historias de sus compañeras y compañeros, de los cuales 400 están desaparecidos.
Con esa intención, el 10 de diciembre último se inauguró el Archivo de la Memoria de la Diversidad Sexual que ya recogió testimonios de 70 sobrevivientes.

Lo preside Valeria Ramírez, la primera transexual que denunció en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, su detención y violación en el centro clandestino Pozo de Banfield. “Estamos recogiendo testimonios de distintos lugares del país, armando una historia oral sobre las detenciones y desapariciones de compañeras”, dijo la dirigente

Durante la dictadura hubo 400 homosexuales, lesbianas, transexuales y transgénero desaparecidxs, pero sus casos no fueron registrados.  Es hora que la memoria salga del clóset y reivindique a esas 400 personas que permanecen desaparecidxs entre lxs desaparecidxs.

La historia de Valeria Ramírez vale la pena contarla porque Valeria es invisible. A 36 años del golpe del 24 de marzo de 1976, las víctimas LGBTTI de la dictadura continúan sin ser, sin estar. El informe Nunca Más que elaboró la Conadep no ha nombrado a una sola persona detenida o desaparecida a causa de su orientación sexual. El Estado argentino no ha otorgado aún ningún resarcimiento por el daño a desaparecidos LGBTTI, o a sus familiares. Según datos de varias organizaciones de derechos humanos, se estima que unos 400 LGBTTI fueron detenidxs durante la dictadura: muchos de ellxs torturadxs, violadxs, y hasta asesinadxs. Sin embargo no existen archivos que confirmen esos casos.

Ni Madres de Plaza de Mayo, ni Abuelas, ni la agrupación HIJOS ni otros organismos de derechos humanos han manifestado la orientación sexual como causa de la desaparición de alguno de sus familiares.

Valeria Ramírez es una lupa que agranda una parte pero sirve para entrarle al todo. Y el todo es el más sangriento golpe de Estado que sufrió el país en manos de una dictadura militar que dejó un saldo de unas 30.000 personas desaparecidas, muchas de ellas detenidas a causa de su orientación sexual.

La breve historia del Frente de Liberación Homosexual (FLH) y la aparición de las Brigadas de Moralidad de la Policía Federal que purgaban las calles de gays y travestis aplicando el represivo inciso 2º H –escándalo en la vía pública– de los nefastos edictos policiales echaron por tierra la visibilidad que el colectivo había ganado. También el macabro Plan Cóndor pretendía “acabar con los homosexuales”. En esos años, Valeria era una travesti que ejercía la prostitución en la zona de Llavallol. Ella estuvo dos veces en el centro clandestino de detención conocido como El Pozo de Banfield. Valeria tenía 22 años.

Hoy, treinta y seis años después, se anima a contar lo sucedido. “Recién ahora puedo hablar. Me siento un poco más protegida, y porque además, ¿a quién podía interesarle?”, se pregunta.

Con la mirada fija en el recuerdo imborrable, Valeria relata cómo fue llevada junto a otras siete compañeras que, como hoy, siguen esperando un reconocimiento del Estado por el daño causado.

“En ese momento no sabíamos lo que pasaba. Nos detenían por ser homosexuales y ejercer la prostitución. Pero no nos dejaban en las comisarías. Éramos llevadas a diferentes centros de detención. Estuve en un lugar llamado El Pozo de Banfield en dos oportunidades, la primera fueron cuatro días, y la segunda poco más de dos semanas. Y fue realmente horrible”, recuerda.

“En ese lapso, compartí mi detención con otras siete compañeras con las que trabajábamos juntas. Por lo que supe, las únicas que quedamos con vida fuimos sólo dos. Las demás aún continúan desaparecidas”, dice.

Fueron años difíciles, sobre todo por la campaña moralizadora que se ejercía desde el gobierno. Muchos gays militantes en partidos políticos, algunos de los cuales habían conformado el Frente de Liberación Homosexual (FLH), como el poeta Néstor Perlongher y Héctor Anabitarte, se exiliaron buscando la protección que aquí no encontraban. Otros escapaban los fines de semana a las islas del Tigre y organizaban reuniones para divertirse.

Según la investigación realizada por Osvaldo Bazán en su libro Historia de la homosexualidad en Argentina, durante los primeros meses de la dictadura algunos lugares todavía permitían homosexuales. Los boliches se encontraban en la periferia de la ciudad de Buenos Aires, y muchos de los que buscaban “acción” lo hacían en los baños públicos de las estaciones de trenes. Las redadas contra homosexuales, lesbianas, transexuales, transgénero, intersexuales y bisexuales se intensificaron, y muchos optaron por la clandestinidad o por emigrar.

Pero no todos pudieron escapar a la barbarie. Varias publicaciones recogen las palabras de un jefe de la División Moralidad de la Policía Federal en vísperas de celebrarse en la Argentina el Mundial de Fútbol, que ordenaba “espantar a los homosexuales de las calles para que no perturben a la gente decente”.

Esa sensación de persecución está presente en la mente de Valeria. “Ser homosexual o transexual en esa época era muy difícil, éramos constantemente perseguidos por la policía. Teníamos que arreglar con los jefes, y aún así éramos arrebatadas por patrullas de otras zonas porque necesitaban justificar que el plan se estaba cumpliendo. Nos venían a buscar”, recuerda y compara esa situación con una realidad que todavía hoy viven personas GLTB (gays, lesbianas, travestis y bisexuales) en muchas provincias argentinas. “En el país están todavía en vigencia en muchos lugares los Códigos de Faltas que tienen más de 30 años. La ausencia de una Ley de Identidad de Género hace que aún existan figuras represivas y que estemos condenadas a la persecución y a la prostitución como medio de vida, sin poder salir. Para las personas trans aún no ha llegado la democracia”, se lamenta.

El calvario vivido como detenida no encuentra consuelo. “Padecí violaciones para poder acceder a la comida o ir al baño. Nunca sentí miedo de morir. Vi la tortura y tuve que callar para poder seguir. Nuestras vidas no valían nada. La segunda vez que recuperé la libertad, mi abogado me dijo que si quería seguir viviendo me fuera de esa zona.”

Hoy Valeria Ramírez, desde la sede de la Fundación Buenos Aires Sida donde se desempeña como voluntaria, pide que el Gobierno “deje de invisibilizar a todos los que vivimos una sexualidad diferente. Aún hoy no sabemos dónde están tantos compañeros de lucha y de militancia. Y esto es parte de nuestra historia, que espero no vuelva a repetirse, pero que necesitamos hacerla pública, sacarla de este armario que nos impuso la sociedad durante tanto tiempo”.

El retroceso de unos pocos

Marlene Wayar, activista trans sostiene que “aun hoy para algunos sectores de la comunidad hay techos de cristal para avanzar en cuestiones concretas como son los derechos sociales, políticos, económicos, culturales y recreativos. Uno de esos sectores es la comunidad Trans. En el principio de nuestra historia reciente como comunidad travesti, una vez reinstaladxs como país en el ordenamiento democrático, la lucha fue para quitarnos de encima a la policía, sus prácticas represivas, sus cobros por el derecho a transitar libremente, el abuso sexual y las torturas y malos tratos en calabozos. Esto es algo que ha ido cambiando de forma radial desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hacia el interior, donde estas prácticas persisten intermitentes o suavizadas, aun contrarias al ordenamiento jurídico en que nos enmarca la Constitución de la Nación. Hay que continuar en lucha.

Un duro reto fue instalar nuestra lucha de personas en situación de prostitución, como bien marca Valeria, dentro de los organismos de derechos humanos. En ello mucho le debemos a nuestra compañera Lohana Berkins, referente regional e internacional y a mi amiga personal Nadia Echazú. Porque nuestra experiencia más extendida es que no hemos sido resguardadas ni respaldadas por nuestras familias sanguíneas. No hay madres de Trans por los derechos humanos, instalar esto fue una tremenda lucha primero dentro de las organizaciones gaylésbicas, luego en el movimiento feminista y de mujeres y por último en los organismos de derechos humanos en general, la únicas madres que continúan firmes a nuestro lado son las Madres de Plaza de Mayo. Todo ello fue lo que terminó dando el éxito de derogar los códigos contravencionales de la ciudad de Buenos Aires y que luego se extendiera por el país derogándolos o dejándolos sin efecto por el uso, que no es lo ideal, pero en eso estamos todxs”.

Valeria se convierte hoy luego de años silenciada en el símbolo comunitario de la conciencia cívicoactivista Trans o así deberíamos entenderlo.

Valeria acudió en resguardo de otras chicas robadas de objetos personales y privadas de sus DNI –algo completamente ilegal–, la volvieron a detener junto a sus compañeras. “Tomate la lechita y te dejo salir”, les dijo uno de los oficiales y la historia vuelve atrás como si nada, como si la vida en situación de prostitución no fuese suficiente, como si nuestras muertas no valiesen nada.

Pero no es un giro atrás real, es una intentona brutal de unos cuantos en un país diferente que tiene a Lohana para comunicarse de modo directo, junto a Alex Freire, con una asesora de Nilda Garré, nuestra flamante ministra de Seguridad, que atiende, se preocupa y ocupa, dentro de un contexto serio de democratización de las fuerzas policiales que están minadas por aquellos mismos que nos golpearon antes, que desaparecieron personas, que gatillaron sobre jóvenes pobres, golpearon jubiladxs y que no quieren perder sus costumbres mafiosas y educan a las nuevas filas a imagen y semejanza.

Este nuevo país necesita más que antes de nosotras acompañando a Valeria y a las compañeras, desde donde podamos con solidaridad, con diálogo e interpelando al Estado, pero acompañado con todos nuestros cuerpos para no perder lo conquistado y que nuestro pasado y nuestras muertas hayan sido en vano.

Invisibles, sin nombre ni identidad, la historia argentina aún no logra sanar las heridas de un pasado que no se borra de la mente de aquellos que han sufrido en carne propia la crueldad sólo por tener una orientación sexual diferente de la establecida. Es hora que la memoria salga del clóset y reivindique a esas 400 personas que permanecen desaparecidxs entre los desaparecidxs. Treinta y tres años después, siguen pidiendo su Nunca Más.

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